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  SEGUNDA NOCHE DEL BICENTENARIO MUSICAL

La avenida 9 de Julio fue una alegre peatonal con una multitud inmensa bailando. La segunda noche de festejo fue alegre, múltiple y emocional.

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“Los pueblos deprimidos no vencen.” Una de las tantas frases lema de Arturo Jauretche se proyecta en letras azules desde la fachada del escenario principal hacia el sur. En la misma dirección que irradia la luz, un reguero de cabezas se pierde en un infinito para el ojo humano. El paisaje humano de la peatonal 9 de Julio, como si estuviera escuchando al descubridor del medio pelo, rebasa de gente alegre. Efusiva. Sonriente. Sorprendida... Casi no se puede transitar. Acaba de tocar Vox Dei cuatro temas (“Génesis” y “Las Guerras”, entre ellos) y esa pizca de rock criollo, transpirado solo de batería marca Rubén Basoalto incluido, le deja el piso caliente a Víctor Heredia. “Qué maravilloso coro, el de las voces de la conciencia colectiva de este país”, dice el cantautor, no bien concluye con la bella “Ojos de cielo”. Está clareando el momento cenit de la segunda noche –anoche– de la Fiesta del Bicentenario. El reloj pisa las 9, las banderas flamean y todo lo que venía amagando en el crepúsculo, la Serenata de las 50 arpas paraguayas que regaló su “Carreta Guy” al pueblo argentino, por caso, cierra concreto: un redondo festival de música latinoamericana girando en torno de una más –ni más ni menos importante– de todas sus regiones.

En otras palabras, una idea de unión continental –a través de la música, claro– que se parece más al viejo sueño de los libertadores que al chiquitaje que, en gran parte de esta joven historia, se cargó los destinos del país. Se podría decir también –siempre hay una política de la memoria, al cabo– que más a la idea de Patria Grande del primer Perón y del gran Discépolo, que a la quintita de patio trasero que defendieron a tiro sucio Aramburu, Massera o Alsogaray. O, corriendo un siglo atrás, más a la proclama americanista de Felipe Varela que al país chico de Mitre y Rivadavia. El aire que se respira, el clímax, liga con esa sensación de primavera en medio de un otoño pleno de gris y garúa. Con un sentimiento nacional, pero no el chabacano de la derecha exclusivista, ni el solapado en banderitas que se entregó tantas veces, manso e interesado, a los caprichos de la metrópoli civilizadora. Hay, como en algún momento del ’45, del ’83 o del ’73, una percepción de libertad y conjunción. De abrazo fuerte con los pueblos de al lado. Una reivindicación de la barbarie, entendida en términos jauretchanos.

“Americano crece a la luz del sol”, repite Heredia, como poseído por la misma impronta. Y no tarda más que finalizar su segunda canción cuando presenta a Los Jaivas, uno de los grupos más emblemáticos y maravillosos del folklore sinfónico que ha dado el continente. La cantidad de gente, abajo, se torna incalculable y aparecen banderas chilenas pegadas a las argentinas. No es data menor. Así recibe la 9 de Julio al grupo que acaba de cumplir 47 años y que, pese a la gran cantidad de cambios –estéticos y de formación– conserva su sello variopinto en ritmos. El sonido épico del piano de Claudio Parra –uno de sus fundadores– se entrelaza con reminiscencias de tarkas y ocarinas para que suene un inoxidable himno de batalla con brisas litoraleñas: “Pregón para iluminarse”. Le sigue “Alturas del Machu Picchu”, el texto de Pablo Neruda que los chilenos musicalizaron para la obra homónima de principios de los ’80. La pieza es intensa en su musicalidad y no hace más que, con sus variaciones –épicas o rítmicas– tenderle un abrazo simbólico a la hondura americana. “Un abrazo fraternal de Chile”, lanza Mario Mutis, el otro pionero, y la plaza se funde en un abrazo cerrado.

Colombia entra a la fiesta, casi a las 11, con una genuina representante de los sonidos afroamericanos, que hace sacudir a la masa: Toto La Momposina, una negra simpática y movediza, que suelda tierra y cuerpo en sintonía con la dirección general. “La música que nosotros hacemos es la identidad de una región que se llama Colombia, pero también la de indios y negros, la de nuestros ancestros”, dice ella, encendida, tras tocar “La candela viva” y “El pescador”, entre otros temas. La escena quedaba a punto caramelo para el convide mayor: León Gieco como anfitrión, y tres invitados más que tienen por costumbre esquivar fronteras: Jaime Roos, la esponja sonora de la Banda Oriental; Gilberto Gil, fiel catalizador de las expresiones musicales brasileñas, y Pablo Milanés, desde Cuba, pisando estas calles nuevamente. Al cierre de esta edición, y con las narices de los invitados olfateando el telón, arrancaba León –rockero– con “Malas condiciones”, seguía con “La mamá de Jimmy”, se ponía profundo con “La memoria”, “De igual a igual” y una frase de las suyas hecha canción rondaba los corazones: “Dos siglos de sombra y luz” que, dado lo vivido, corría su péndulo hacia la claridad solar.

Si es preciso agregar algo... intención consumada: todo está guardado en la memoria.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-146229-2010-05-23.html

  EL PRIMER RECITAL REPASO LA HISTORIA DE UN GENERO QUE ES LOCAL POR DERECHO PROPIO

Con Litto Nebbia como maestro de ceremonia, los hitos del rock nacional hicieron vibrar a las miles de personas que siguieron el primer recital del Bicentenario. Estuvieron Gieco, Páez, Cantilo, Los Auténticos Decadentes y siguen las firmas.

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Acaba de hablar Cristina y el reloj grande de la 9 de Julio marca 18 grados, a las ocho menos cuarto. La garúa amenaza pero no cumple. Ignacio Copani, uno de los artistas-vermouth de la primera noche de los festejos del Bicentenario nombra a Pinochet (“Ya lo cremaron, un aplauso para el asador”), y la frase final del escueto discurso de la Presidenta da en el centro neurálgico de lo que vendrá: “La patria se construye todos los días, y con todos”, dice, y miles la aplauden. Inclusión: ¿Cómo desprender al rock argentino de esta patria que se hace todos los días?, ¿cómo excluir a un género que, de forastero y renegado, fue ganando una localía cabal esquivando los palos y las tijeras de Onganía? Que ha cumplido sus 40 años y pervive en el imaginario como si fuera desde siempre. Breve prefacio de lo que fue, ayer, el primero de los grandes acontecimientos que se llevarán a cabo durante los festejos. Y qué mejor que yendo a su origen: en el escenario principal del paseo que une el Obelisco con el viejo edificio enclavado en el medio de la Avenida, Litto Nebbia –“el que tiró la primera señal”, según Emilio Del Guercio– se plantó como maestro de ceremonia, como centro y parte del viejo y querido rock argentino, y unió.

Fue, durante dos horas –minutos antes de que, al cierre de esta edición, tocaran bandas más contemporáneas como Estelares o Las Pelotas–, un desfile de músicos que han pisado en verdadero durante momentos hostiles, clausurantes. Que han hecho la historia, cuando la historia era otra. Cuando la escribían los que ganaban, y los que perdían, vivían. Nebbia, Del Guercio –aquel gran bajista de Almendra y Aquelarre–, Rodolfo García, Miguel Cantilo. Silvina Garré, Ricardo Soulé, León Gieco, Fito Páez... Todos, cruzados o solos, en banda o prendidos a la soledad de una guitarra, pusieron la historia en su centro y conmovieron, desde allí, a las miles y miles de personas que trashumaban por la sorpresiva peatonal. El primero, claro, fue Nebbia y su grupo (La Luz) con una de Los Gatos, de esas que saben todos (“Viento, dile a la lluvia”) y otra de Litto: “Quien quiere oír que oiga”, tema clave para pensar y sentir el ser nacional, del popular. Canción central para la hora: “Cuando no recordamos lo que nos pasa / nos puede suceder la misma cosa / Son esas mismas cosas que nos marginan / nos matan la memoria, nos queman las ideas, nos quitan las palabras...”.

A La Luz y su mentor le sucedió Gonzalo Aloras, flamante guitarrista del grupo, con un sentido homenaje en solitario a Charly García (“Yo no quiero volverme tan loco”) y, tras un gustito de Nebbia con “Yo vivo en esta Ciudad” y una versión de balada al piano admitida con respeto, los músicos empezaron a fluir. Miguel Cantilo, primero, con las dos versiones que grabó en el compilado Una celebración del rock argentino: “Credulidad”, obra de una gran pluma ausente en la noche (Luis Alberto Spinetta), y “No te rindas, Malena”, un tema de Roque Narvaja, que el cantautor definió como un tratado de sociología. Que se puede ver, también, como una metáfora de lucha entre la hipocresía y la libertad. “Su padre le ha contado que es mejor aparentar / que lo importante es la fama, el qué dirán y triunfar, siempre, a cualquier precio / triunfar sin contar los muertos”, cantó Miguel y las Madres, agradecidas.

A Cantilo le sucedió Antonio Birabent, con un tributo a papá Moris (“Muchacho”) y a Birabent, Del Guercio que encendió la mecha de Almendra, junto a García y Nebbia, con una emotiva visita a “Hoy todo el hielo en la ciudad”, en un carril acústico onda Crosby, Stills & Nash. “Estas son simples canciones, no revoluciones. Son miles de latidos, que nos mantienen unidos”, dijo Del Guercio a la multitud, antes de activar, solo con su guitarra, el hermoso himno de batalla de Aquelarre que fustigó al golpe de Pinochet: “Violencia en el parque”. Silvina Garré, promediando el homenaje, le puso a la noche la cuota de seducción, con el cuerpo y con la voz. La misma que, décadas atrás, conmovió a la generación de Malvinas con “Era en abril”, ahora se reinstaló mediante otro inoxidable de Almendra (“Plegarias para un niño dormido”) y una versión medio bossa de “Solo se trata de vivir”. Ricardo Soulé, pegado, reflotó dos canciones del viejo y querido Vox Dei con la sola compañía de Iván, su hijo menor (“Ritmo y blues con armónica”, y el coreadísimo “Presente”) y fue parte, tras consumarlas, de uno de los momentos más calientes de la noche. Litto, jugado, tiró los primeros acordes de “Fuera de la Ley”, y la calle se transformó en un infierno de rock sin límites. Una de las primeras canciones del movimiento en romper con las reglas –en todo sentido– y una zapada imponente. Tan inolvidable, tal vez, como cuando irrumpió Gieco para hacer, según sus palabras, la canción más hermosa del mundo –“El rey lloró”, de Los Gatos– o como cuando se juntaron todos al final –Fito Páez incluido– para volver al principio con “La Balsa”, la barca de madera que agitó la primera ola. Y todavía sigue en el mar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/146143-46919-2010-05-22.html

  CINCUENTA AñOS DE LA MUERTE DE RAUL SCALABRINI ORTIZ

Gran observador, Scalabrini Ortiz desentrañó al ser nacional. Militó en Forja y adscribió al primer peronismo. Apoyó y criticó a Frondizi.

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“Eramos brizna de multitud y el alma de todos nos redimía. La sustancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente.” Se la tenía guardada, Scalabrini. Cuando las masas trabajadoras irrumpieron en la plaza el 17 de octubre de 1945 fue pionero, entre los pocos –pero lúcidos– pensadores que husmeaban en el movimiento popular, en interpretar el sentido profundo de las patas en la fuente: él ya las venía metiendo hace tiempo. Catorce años atrás, al menos, cuando sacaba chapa de gran observador de la realidad humana de su pago con un libro medular: El hombre que está solo y espera. Scalabrini dio en el blanco. No inventó el arquetipo del ser nacional en base a abstracciones o idealismos; a “teorizaciones vacías”, como decía él. Lo sacó de la realidad. Lo observó, sentado en el café, fumando, y lo tradujo al papel con su pluma aguerrida. Es el hombre que intuye, que se burla de los intelectuales, y que espera, aunque no lo sepa, una conjunción de conciencias “similares a la de él” que lo saque de la soledad. Esos “nadie sin nada” que en los ’30 pululaban por bares y fondas, y que después, cuando todo encontró su cauce, emergió bajo otros rostros, “de las Usinas de Puerto Norte, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas, de los pantanos de Gerli y Avellaneda”. A esto, el escritor llamó el subsuelo de la patria sublevado.

Se podría ensayar una multiplicidad de entres para presentar el legado de un hombre que murió hace exactamente 50 años, pero su mirada sobre el 17 de octubre más ese urgente tratado de sociología, enlazados, se convirtieron en centro y disparador útiles para desentrañar los vericuetos de un ser nacional huidizo, que muchos directamente negaron, niegan. Scalabrini no. El lo detectó en Corrientes y Esmeralda. En pleno centro de la Buenos Aires universal y lo conectó con el resto del país. No era el porteño idealizado del tango ni el cajetilla fanfarrón, ni el deseable por los ultramontanos-católicos-nacionalistas de entonces. Era un pasajero en trance, contumaz en su soledad, pero unido al espíritu de la tierra junto a todos los que eran como él. Por el café, el cigarrillo, la charla. Un nigromante del destino que escondía, tras su mirada tosca, la impotencia que le producían la frialdad y el individualismo de un capitalismo herido por la crisis del ’29, pero, aun así, hegemónico. Un ser multígeno cuya identidad inevitablemente unificaba la cosmopolita Buenos Aires: el de todos los puntos cardinales que encontraba su sino en cada esquina.

Hoy, época de resignificaciones políticas y recuperos de una identidad apabullada, Raúl Scalabrini Ortiz emerge entonces como un gigante de espaldas anchas donde treparse y mirar más allá. Primero detectó esa metafísica existencial, la del hombre que está solo, y después la nutrió de un sentido material. La orientó basado en dudas que podían, por supuesto, ser las del común: “¿Cómo es posible que en un país como la Argentina, productor de carnes y cereales, haya hambre?”, fue, por ejemplo, una de las preguntas matrices que dieron pie a su prolífica producción posterior. Muchas delineadas en los cuadernos de Forja, la agrupación radical disidente en la que militó junto a Jauretche y Dellepiane, entre otros. Política británica en el Río de la Plata (1936), obra en la que empieza de cero, luego de sentar las bases existenciales del ser (“Todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas que nos impusieron, falsas las perspectivas mundiales que nos presentan”); El petróleo argentino (1938); Historia del Ferrocarril Central Córdoba (1938); Historia del Primer Empréstito (1939). A través de folletos libres –Los ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional, 1939–, de la revista Servir –“Historia de los Ferrocarriles”, 1938– o del fundamental Política británica en el Río de la Plata, editado en 1940.

“Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera. Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario”, escribió en uno de ellos. Muestra cabal de su rol como impulsor –de los más convencidos y convincentes– del pensamiento nacional. Cumplía con todos los requisitos para serlo: hablaba de la prensa de la época como órgano del dominio imperialista; entre el eje y los aliados se quedaba con Argentina; había participado de la rebelión yrigoyenista contra Justo en 1933; conocía a Perón –incluso fue quien le sugirió que nacionalizara los ferrocarriles–, pero nunca aceptó cargos políticos; era amigo de Jauretche, Del Mazo y Manzi; era un certero crítico de la sociedad burguesa –desde cuyas entrañas salían los más conspicuos miembros de la intelligentzia–; denunció a la oligarquía y a sus personeros intelectuales; fue el partícipe principal del giro revolucionario que el país dio en 1945 y en 1955, automáticamente, se opuso a la Revolución Libertadora.

Raúl Scalabrini Ortiz había nacido el 14 de febrero de 1898 en Corrientes. Su padre, Pedro Scalabrini, era naturalista y director del museo de Paraná. Cursó Ciencias Exactas –llegó a agrimensor–, bebió de Macedonio Fernández y se introdujo de lleno en la interna entre los grupos literarios de Boedo y Florida. En 1923, antes de trocar política y economía por poesía, publicó La Manga, un libro de cuentos. Luego incursionó en el periodismo. Escribió en El Mundo, Señales, La Gaceta del Sur, Noticias Gráficas, Reconquista, El Líder, De Frente y Qué, desde donde apoyó primero y atacó luego a Arturo Frondizi por sus “concesiones petroleras”. Fue, sin más, un auténtico maldito y, como tal, dejó efectos y enseñanzas. Dijo cierta vez: “No se trata de optar entre Perón y el Arcángel San Gabriel. Se trata de optar entre Perón y Federico Pinedo”, como si estuviera presagiando, una vez más, el presente. Este presente.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-125822-2009-05-30.html

  LEON GIECO CERRO EL FESTIVAL DE LA CANCION SOCIAL

La Asociación de Madres de Plaza de Mayo realizó cuatro jornadas de Pasión y Lucha en la ex ESMA para recordar los 33 años del golpe. El recital con el que culminó el evento juntó unas diez mil personas en repudio a los represores.

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“Vale la pena vivir para ver esta lucha.” Contundente, León Gieco sintetizó un sentir colectivo: el que se vivió ayer en la ex ESMA cuando le tocó cerrar, junto al grupo Arbolito, el Festival de la Canción Social organizado por el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos), dirigido por Teresa Parodi, y la agrupación de artistas Talastilla. Diez mil personas, frente a él, rindieron el mejor homenaje posible a los que allí, en ese antro de la tortura y la muerte, perdieron la vida por lo mismo que ahora Gieco quiere vivir para ver: la lucha.

En ese momento llegaban a su culminación las Cuatro Jornadas de Pasión y Lucha con que la Asociación de Madres de Plaza de Mayo recordó el 33 aniversario del Golpe. “La ESMA es el lugar más emblemático que tiene el país para decirles (a los represores) que les ganamos –explicó Hebe de Bonafini, titular de la Asociación–. Estamos acá porque sentimos que esto es propiedad de nuestros hijos y de nosotras. Es algo que nunca imaginamos que iba a pasar.”

Luz en la ESMA... así fue ayer. Luz y sonido, aunque la conjunción no fuera igual, en intensidad, a la que irradiaba el escenario principal del Quilmes Rock a unas cuadras nomás, sobre Libertador. Un austero escenario, pequeño, con luces parecidas a aquellas que iluminaban las peñas en los clubes de barrio. Y con un sentimiento parecido. Desde el corazón.

El final del festival, la cuarta jornada, estuvo signada por una presencia multitudinaria –que al momento de subir Gieco llegaba al cordón de la Avenida Libertador– y las actuaciones del trovador Sergio Lobo, El Portón, Arbolito y el crédito de Cañada de Rosquín, que llevó a parte de los chicos de Mundo Alas –protagonistas de su película que se entrenará formalmente mañana– y con ellos entregó un recital también austero, también emotivo. Muy emotivo. “La colina de la vida” y “El fantasma de Canterville”, junto a Alejandro, uno de los actores; la bellísima “Canto en la rama”, de Leda Valladares; y esa que todos querían escuchar: “La Memoria”, por la urgencia de la hora. Por tiempo y espacio. Desde el borde del escenario hasta el final del larguísimo y terrible pasillo que comunicaba a los ‘dueños’ del Liceo militar con el afuera, miles de gargantas se hicieron una sola... “Fue cuando callaron las iglesias / fue cuando el fútbol se lo comió todo / que los padres palotinos y Angelelli / dejaron su sangre en el lodo”.

Unos trepados a los árboles inmensos; otros sobre el cordón de la larga calle interna, tomando mate o comiendo un sandwich casero; en las veredas o sobre las turbias ventanas que ahogaban gritos. Ya no. “América con almas destruidas / los chicos que mata el escuadrón / suplicio de Mugica por las villas / dignidad de Rodolfo Walsh”, y los brazos levantados en V. Gieco llegó al cenit al hurgar en la memoria colectiva. Pero también en el presente. El tono político, ayer, no estuvo dado solamente por el festival en sí –su aura, su propósito–, ni por las banderas de la Juventud Universitaria Peronista o de “La Cooke” elevadas entre el público, sino también por otra urgencia de la hora. “Las causas a los represores están muy lentas –denunció con razón Hebe Bonafini–. Hay muy pocos detenidos, sólo 49 de miles de acusados. Lo que pasa es que hay muchos jueces de la dictadura que no quieren que los condenemos y cajonean las causas”.

“La película –Mundo Alas– es como un bálsamo espiritual ante los campesinos que cortan las rutas o esos que piden la pena de muerte”, definió León. Hebe, antes de que Arbolito suba a escena, también resaltó que “hay que poner el cuerpo y la cabeza en esta lucha”, y el grito no se hizo esperar: “Hay que saltar, el que no salta es gorila y liberal”. Y siguió: “Los que están al borde de las rutas son los mismos que pidieron las dictaduras... ¡que se presenten a ver si los votan! No les vamos a permitir entrar por la ventana al gobierno. Es la primera vez que se nos permite discutir qué país queremos. Miren cómo los grandes medios manijean el tema la inseguridad. ¡Hay que apagar la televisión!”, pidió, y el histórico “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”, estalló entre los inmensos pabellones.

Después subió Arbolito. Luz y también fiesta en la ESMA. La muy buena banda de folklore rock brindó un recital despierta cuerpos. Mucho baile, ritmos latinoamericanos y banderas de los pueblos originarios flameando, cerca de las hojas. “Junto a la Madres, estuvo siempre un luchador”, dijo Ezequiel Jusid, sobre Osvaldo Bayer, y el grupo lo evocó a través de su canción homenaje: “Osvaldo” (“Cuantas cosas / que se saben por vos”). Otro Osvaldo –pero con w en lugar de v– homenajeado fue Guayasamín, el pintor ecuatoriano muerto en 1999. A través de una pantalla chica, casi artesanal, los organizadores retransmitieron un documental en el que Fidel Castro lo define como un gladiador de la dignidad humana. El evento fue transmitido en vivo por AM 530 –la radio de las Madres– y también propuso una muestra de pinturas elaboradas por los docentes de plástica del ECuNHi. “Todos somos los 30 mil y los 30 mil somos todos”, reprodujo ante el micrófono Pedro Lanteri, director de la emisora y ocasional presentador, en una noche estrellada y como fue dicho, “de lucha y pasión”. El postre fue dulzón: Gieco se copó con Arbolito, el cope fue recíproco y ambos, él y ellos, hicieron que el 33º aniversario del golpe militar se transformara en una alegre canción de esperanza hacia el futuro.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/122081-38979-2009-03-25.html

TERESA PARODI, IGNACIO COPANI Y SERGIO LOBO

Horacio Fontova, el Cuarteto Cedrón, León Gieco, Raly Barrionuevo, Arbolito y Alejandro del Prado, entre otros, motorizarán el encuentro: “Hay una batalla cultural que tenemos que dar”, señalan tres de sus participantes.

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24 de marzo de 1976: Ignacio Copani reconoce que lo vivió bajo una inconciencia total. “Tenía 16 años y dije qué bueno, no hay clases.” No así su padre, un peronista que traía en la mochila aquel hiriente viva el cáncer con que el gorila tipo de los cincuenta festejó la muerte de Eva Perón, y varias huellas más en el alma. “Una vez me llamó Chiche Gelblung para preguntarme lo mismo: ‘¿Qué sentiste ese día?’: esperaba que le dijera ‘fue un alivio’, pero en mi casa no. Fue de mucha tristeza y expectativa por lo que se venía. Mi viejo nos anticipó que iba a ser terrible.” Teresa Parodi, con un par de años y golpes más encima, lo vio antes. Ella tenía 27 cuando una vecina irrumpió en su casa de Corrientes: “Teresa, murió Perón... ¿y ahora qué va a ser de nosotros? Para mí el golpe empezó ahí, el 1º de julio de 1974. Sentí una sensación tremenda de vacío... digamos que lo intuí más que saberlo. Había que ponerse a hacer cosas, urgente: empezó en vorágine y terminó en horror. El círculo cerró y quedamos en un estado de indefensión absoluta”, rememora. Sergio Lobo tenía 8 y vivía en San Gregorio, un pequeño pueblo de Santa Fe donde aún estaba fresco el recuerdo de los principios de expropiación que el primer peronismo había impulsado sobre tierras ociosas, cuyos dueños habían abandonado y vivían en Inglaterra. “Vi llorar a mi viejo escuchando la radio”, evoca. “Sonaba la marcha militar y él lloraba. Fue de las pocas veces que lo vi así, mientras otra parte del pueblo festejaba, igual que en el ’55.”

Como fuere, los tres tienen ese día impregnado en su mochila emocional. Por eso, treinta y tres años después, lucen expectantes ante lo que será el Primer Festival de la Canción Social, una iniciativa gratuita organizada por el ECuNHi (Encuentro Cultural Nuestros Hijos) y la agrupación cultural Talastilla, que se traduce en cuatro días de música –desde hoy y hasta el martes– donde antes hubo horror: la ESMA (Libertador al 8400). Ellos, más una nutrida grilla que incluye, entre otros, a Horacio Fontova, el Cuarteto Cedrón, León Gieco, Raly Barrionuevo, Arbolito y Alejandro del Prado (ver programación aparte), serán parte de una conmemoración que, se huele en el aire, tendrá una alta carga emocional, cultural, histórica y política. “Empezamos a llamar a los músicos y tuvimos la suerte de que todos entiendan, como nosotros, que en la canción social existe un vacío que hay que llenar. Es una canción que refleja, que recorta, que es herramienta para la gente que lucha y se organiza a partir de sus dificultades. Acá nadie cobra un peso, e incluso hubo gente que casi se ofendió porque no la invitaron. Todos quieren estar, y ésta es una muy buena señal”, asegura Lobo, quien, además de su rol organizador, participará como músico.

Más allá de lo puntual, Parodi proyecta la patriada musical como el posible inicio de un nuevo movimiento de la canción social en Argentina. “En lugares así puede pasar que resurjan los movimientos y la cosa de ghetto quede de lado”, sostiene. Es el espacio cultural que la Fundación Madres de Plaza de Mayo activa –bajo la dirección de la cantautora– donde antes funcionaba uno de los tantos pabellones de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Es un sitio emblemático, por todo lo que implica y significa, para salvaguardar la cultura de la gente. Para impulsar el under desde todas las disciplinas artísticas. La carga de la ESMA sigue estando alrededor, pero nosotros le pusimos luz.” Sigue Lobo: “Cuando Talastilla se define, habla de celebrar la lucha, la cuestión nacional y la gente que dejó su vida en esto. Nos parece que el 24 de marzo es muy emblemático en este sentido, porque ese día empezó un camino muy oscuro para la gente que luchaba desde el arte, desde las organizaciones sociales o políticas. Es muy difícil, por estos pagos, hablar de la canción vinculada con la política o con lo social. Siempre, desde el poder, hay un discurso que dice que el arte es puro.”

–Aunque a veces no parezca...

Sergio Lobo: –Es que esto va encadenado con el tema de la destrucción de los grandes paradigmas, de los grandes ejes. En otras generaciones, había ideales a los que todos adherían en mayor o menor medida... lo de las tribus es tremendo; la canción se ha atomizado.

Teresa Parodi: –Y qué importante es recuperar el valor de la canción, un espacio clave para contar las cosas que nos pasan.

–En tiempos también difíciles: Usted y Copani han tenido varios problemas por contar lo que les pasa en las canciones o desde un lugar de compromiso.

Ignacio Copani: –Con “Cacerolas de teflón” tuve miles de caricias y algunos empujones. No me gusta victimizarme porque muchas veces había tenido problemas, pero me pone triste, me desestabiliza como persona cuando veo que hay violencia. Hay un espacio que está muy agresivo con todo lo que tenga que ver con las expectativas de transformación de este país. El miércoles escuchaba el discurso del rabino Bergman y realmente no podía creer la carga de odio que tenía. Y ese tonito de que me van a enseñar a votar, también puedo escucharlo como que me van a enseñar a componer o a cantar. Me preocupa cómo va a ser la campaña para las próximas elecciones.

T. P.: –A mí me amenazaron en Santa Fe. Fui a tocar y me encontré con que la gente estaba convocada a retirarse, pero nadie se fue. Estábamos con el tema del conflicto por la 125, que los medios instalaron tan alevosamente, con esa ridiculez de campo-Gobierno... una antinomia difícil de aceptar. ¿Qué es el campo?: el campo no es solamente la Mesa de Enlace. Yo, ese día, canté para los sin tierra, para gente que no sé cómo es considerada por los de la Mesa de Enlace. Los sin tierra son muchos en Argentina y tienen una organización fortísima. Uno siempre ha colaborado con gente que luchó por defender sus pequeños campos cuando se los querían rematar. Fue muy loco que, de repente, yo me encontrara siendo enemiga de esa gente que acompañé toda la vida. Fue el resultado de una campaña perversa.

–¿Hubo violencia física?

I. C.: –Una vez me pegó una mujer en un restaurante. Se levantó y me pegó, de una. Yo, si me encuentro con alguien con quien no comparto su ideología, no le pegaría ni lo insultaría. No sé, no es mi enemigo, en todo caso un adversario ocasional. Mi enemigo es Astiz, con ésos sí que no tengo nada que discutir ni armonizar. Igual, que aparezcas en foros de Internet señalado de tener una casa de tres palos verdes, o “acusado” de que Néstor Kirchner te dicta las letras de las canciones, también es violencia.

T. P.: –Siempre hubo sectores en este país que, de una u otra manera, pidieron golpes militares. La marcha por la inseguridad fue algo demasiado estruendoso y de mal gusto. Es como si estuviesen pidiendo un golpe, de otra manera.

I. C.: –Por suerte, creo que si Teresa difundía un recital suyo solo repartiendo volantes, llevaba más gente. Igual, tengo todo el respeto para los que asistieron al acto con las pancartas de sus familiares. Uno, ante la desesperación, se quiere colar en cualquier lado para hacer su reclamo. Pero la utilización del acto fue perversa. Ver un cura de mi propia fe diciendo que acá cualquier delincuente te mata por 20 mangos me parece terrible... me hubiese gustado que convocara a una marcha contra la pobreza o contra la exclusión. Los discursos fueron de baja categoría intelectual, incluso.

–Al menos expresan lo que se intenta explotar en el imaginario, una ingeniería de la manipulación que cada vez se pone más sofisticada.

T. P.: –Te instalan los temas y te hacen la agenda. La tuya y la de tu gobierno.

S. L.: –Hay una batalla cultural que hay que dar. Existe el Pepsi Rock, existen mil festivales y nosotros tenemos que dar la batalla con nuestros recursos.

T. P.: –Obvio. El papel del rock, como movimiento de resistencia, fue importantísimo en muchos momentos de nuestra historia.

I. C.: –Yo creo que hay poca autoexigencia. Hoy no hay Giecos de 20 años ni Fitos ni Teresas. Los chicos que aman el rock and roll con algo de contenido ya tienen más de 40.

–¿Coincide, Teresa?

–Yo creo que dentro del folklore sí hay quienes tomaron un compromiso con una estética y una ética, más allá de lo social. Que siguen la huella de los grandes autores. Pero es cierto, lo que siento es que todo el mundo que agarra una guitarra se cree músico, cuando antes, para serlo, tenías que demostrarlo seriamente, trabajar mucho tiempo para aparecer. Vos heredabas un patrimonio cultural alucinante... no sé: Tejada Gómez, Lima Quintana, el Cuchi Leguizamón, Jaime Dávalos, y te enfrentabas con un gran respeto a tus propias composiciones. A mí me costó mucho decir arriba de un escenario “esta canción es mía”... la avalaba la gente y recién mucho después lo decía. Ahora, las compañías instan a los chicos a grabar un disco, compongan o no. Esto es lo que más daño nos hace, porque después te encontrás con enormes canciones que quedan en el olvido.

S. L.: –Es que la posmodernidad trajo esa cosa de que todos pueden realizar y producir, independientemente de la capacidad que tenga.

I. C.: –Yo creo que faltan vías de comunicación... digo, el artista siempre está cerca de la desazón cuando no tiene la chance de que lo que escuchen. Tengo un montón de compañeros de mi edad que han quedado en el camino, y se dedican a otra cosa. Incluso, hemos llegado a un punto en que los discos de Silvio Rodríguez y Serrat pasan de largo... mucha gente no los conoce.

–¿Todo es así?

I. C.: –No. Por suerte, Alejandro Del Prado grabó un disco hermoso y hay una camada uruguaya que sabe respetar el linaje de sus antecesores. No sé. Allá, los uruguayos alimentaron ese kiosco, nunca se olvidaron de las murgas, del Teatro de Verano. Tabaré Cardozo y el Alemán son dos grandes promesas cumplidas.

T. P.: –Yo creo que aquí se está dando, pero a otro nivel, en las escuelas de música. Es un movimiento de otro tipo, pero con el mismo compromiso y la misma preocupación. Tal vez, la diferencia esté en el trabajo del lenguaje, del texto hablado. Esto impide que se armen movimientos tipo “nuevo cancionero de tal”, que es lo que queremos movilizar con este festival.

I. C.: –Y desde un lugar... ¿cómo explicarlo?: yo no creo que esté cometiendo un acto de arrojo cuando hago una canción. Siempre digo que valientes fueron Víctor Jara o Rodolfo Walsh, ellos se jugaron en un contexto muy bravo. Lo expresó muy bien Pablo Milanés: “Pobre del cantor de nuestros estos días/ que no arriesgue su cuerda por no arriesgar su vida”, porque era un momento en que la canción social ponía en peligro tu vida. Y la ternura, ¿no?: durante mi exilio en México, yo escuchaba mucho a Daniel Viglietti. Me hacía comprender por qué estaba allí y escuchaba sus canciones con esa ternura, algo que no pueden generar las canciones con otras ideas. Todavía hoy, escuchar una vieja canción de Paco Ibáñez me hace poner en situación: yo no estoy acá para ver qué onda. Tengo un compromiso.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13250-2009-03-21.html