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  MEDIOS Y COMUNICACION

Campeonato mundial. Días de fútbol. La victoria y la derrota. Diego y su equipo. Los periodistas, los jugadores, el espectáculo. Tampoco estos temas escapan a la consideración posible desde diferentes perspectivas de la comunicación. Pablo Castillo lo analiza, en torno de la figura de Maradona, pero entendiendo al fútbol como constructor de narrativas y articulador de identidades. Daniel Fabián desde la relación entre periodistas y jugadores y la imposición a estos últimos de ser también comunicadores.

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La imagen de Maradona en la conferencia de prensa en Ciudad del Cabo después del partido con Alemania hablaba por sí misma. La desventura reactualizaba fantasmas que se pensaban que estaban desactivados en medio de la euforia y las ilusiones de los últimos veinte días. Ni siquiera había espacio ni voluntad para recrear cierto espíritu provocativo, al estilo del Angel Gris: “Humildes en la victoria para ser soberbios en la derrota”...

“Tristeza nao tem fim”, sentenciarían los brasileños. Durante más de veinte años, leímos a través del 10 los modos en que se configuraban y se frustraban proyectos personales, sectoriales y colectivos. A veces interpelando a un barrio. Otras, a la Nación y al mundo. Escenario privilegiado donde se procesaban, disputaban y renegociaban los multidiscursivos sentidos de lo que se entendía por la Patria.

La academia seguramente nos explicará cómo se conforma y se legitima una “comunidad afectiva” a través de la combinación de una carga emocional, una dimensión simbólica y una afirmación identitaria. Los estudios sociales no podrán encontrar respuestas a por qué nos entraron en los primeros dos minutos con una pelota parada o los sufrimientos que debimos soportar, por tener un mediocampo descompensado.

El rito siempre tensa y estructura el lazo social: “resuelve el conflicto o comprueba su imposibilidad”, explicaba Víctor Turner.

Cuando era chico veía por la tele en blanco y negro una película de 1948, que se llamaba Pelota de trapo. La repetían al menos una vez por mes. Casi al terminar, el protagonista, el crack, que personificaba Armando Bo, sufría una afección cardíaca. Esto provocaba que su amigo y descubridor –una especie de representante moderno– buscara impedirle que jugase el tiempo suplementario de un partido decisorio contra Brasil por la Copa Su- damericana. Ante esta situación, el personaje de Bo, mirando la bandera argentina que flameaba en el campo de juego le decía: “Hay muchas formas de dar la vida por la Patria. Y ésta es una de ellas”. De más está decir que en esa época el cine argentino estaba lejos de las influencias francesas y la película tuvo (como debía ser) un final feliz.

En la vida real esto no siempre fue así. Tucho Méndez, héroe mítico del Sudamericano ganado en Chile en 1945, con apenas 22 años (uno menos que Messi), terminó sus días como empleado de la cuadrilla municipal de las Piletas de Núñez, en lo que hoy se conoce como Parque Norte. René Houseman, el loco, ex campeón del mundo, el que se fue ofendido de Excursionistas porque allí le dijeron que los villeros no podían llegar a Primera, deambula sin un peso por la vida.

Maradona fue el último que pudo material y simbólicamente pelearle a esa crónica anunciada. Y quizá nos acostumbró a que siempre es posible reinventarse. Las historias post Sudáfrica ya no volverán a recorrer esos carriles, casi mitológicos. La desterritorialización, la reformulación de los estados nacionales a la luz de la globalización y de la mundialización parecen bloques argumentales determinantes. Los destellos en la cancha de Fuerte Apache suenan conmovedores pero definitivamente insuficientes.

Tal vez, podemos conformarnos diciendo que todos esos personajes fueron tributarios o herederos –en uno u otro sentido– de un país más inclusivo, donde el ascenso social funcionaba como lógica simbólica en la percepción y en los sueños de amplios sectores populares.

Que si la Argentina decide definitivamente seguir construyendo su destino en esa dirección habrá tiempo para nuevos –aunque distintos– héroes que expresen, comuniquen, los anhelos de las mayorías... Y seguramente habrá más alegrías que tristezas, y no solamente los domingos.

Tal vez, sea así. Sin embargo, uno siempre espera, casi religiosamente, que esa doble dimensión que tiene el fútbol como constructor de narrativas nacionales y simultáneamente como núcleo articulador de identidades locales, nos restituya, una vez más, resituado, al Diego de las calles de Fiorito...

* Psicólogo. Magister en Planificación y Gestión de la Comunicación UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-148999-2010-07-07.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

La posibilidad del debate sobre una nueva ley de servicios audiovisuales de comunicación reinstala preguntas sobre la comunicación popular y su papel en relación con la construcción social. También sobre la articulación entre comunicación popular y movimientos sociales.

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La tensión entre la comunicación popular y los movimientos sociales termina configurándose en las coordenadas del mapa ideológico, la mayoría de las veces como malentendido. Los análisis de los procesos de implementación de las políticas sociales, desde el punto de vista de la gestión comunicacional, aparecen –en no pocos razonamientos– desagregados de los procesos de vinculación entre la construcción del Estado y la sociedad civil.

Es necesario, pues, precisar lo público y su nuevo lugar en la cadena de significantes sociales considerando al menos dos efectos de supresión: 1) el creciente desdibujamiento de las fronteras políticas de los Estados-nación y, 2) la disminución de las fronteras en que históricamente la dimensión pública funcionaba separada de la privada.

Sin embargo, esta redefinición que interpela todas las construcciones en el campo de la comunicación popular de los últimos años es insuficiente para explicar el nuevo cuadro de situación que adquiere visibilidad en la Argentina, y en especial en los grandes centros urbanos, a partir del 2001-2002.

Una mirada sobre la necesaria articulación entre comunicación popular y movimientos sociales deberá dar cuenta también de tres elementos que se constituyen formando parte –consciente o inconscientemente– de esta narrativa: a) la crisis de representatividad, b) la irrupción de actores desiguales y heterogéneos y c) la incipiente configuración de una nueva percepción del Estado en una doble vía: tanto como actor inteligente que busca superar los esquemas de fragmentación y anulación, heredados de los noventa, como también entendiendo lo estatal como terreno de conflicto y disputa material y simbólica con otros actores y sectores internos y externos.

Un balance de los puntos de acuerdo y ruptura entre la comunicación popular y los movimientos sociales en la Argentina no puede examinarse por fuera de los contextos histórico-sociales y políticos en los cuales esas prácticas se inscribían.

La posibilidad de contrastar hoy –desde la lógica de la comunicación popular– la producción de los movimientos sociales como actores (reales o potenciales) que merecen ser puestos en cuestión, supone también hacerse cargo, en algún punto, de la cuestión massmediática de la política.

No vamos a entrar en un debate sobre los modos en que las nuevas tecnologías impactan en la construcción de los procesos globales, ni cómo se articulan con las demandas de sujetos relevantes, más allá de las formas en que éstos se conformen. Pero, independientemente de cuál fuera nuestro punto de partida, la pérdida de la centralidad de los grandes metarrelatos como lugares de identificación y construcción colectiva, terminan configurando las líneas principales de un escenario en donde lo que prevalece es la labilidad e inestabilidad de los discursos.

Esta cuestión coloca a la comunicación popular en un escenario contradictorio y hasta, en cierta forma, novedoso. Sin embargo, esta instancia, lejos de abolir al espacio barrial-territorial propiamente dicho –como aún sostienen todavía algunas investigaciones– lo rearticula desde los límites de una dimensión más amplia y específica, operando en un sentido catalizador entre las condiciones materiales de existencia y la formulación del vínculo que los sujetos establecen con ellas.

El tema se ha complejizado. Hablar sobre la comunicación popular, el papel de las nuevas tecnologías y la crisis de saberes supone también preguntarse por el lugar que las ciencias sociales y el “mundo académico” le otorgan al relevamiento de estas premisas.

Por lo tanto, si además de despojarnos de la mirada funcionalista de estigmatizar a la tele como “la caja boba” también somos capaces de revisar ciertos vicios iluministas que aún permanecen en algunos desarrollos de la comunicación popular, estaremos en condiciones más favorables para analizar la circulación de sujetos interpelados por modelos culturales específicos.

Sin embargo, no partimos de cero. Como suele suceder, siempre hay una historia que nos marca: la rica producción local y latinoamericana es una buena base de sustentación para procesar en términos colectivos, los desafíos de estos nuevos y mejores tiempos.

* Magister en Planificación de Procesos Comunicacionales UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-121291-2009-03-11.html