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  UN MODELO SADEANO


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La práctica sadomasoquista es la narrativización de un masoquismo que puede haberse desarrollado como una necesidad de la evolución. El masoquismo como una solución a las secuencias disfuncionales de la maduración humana se repetiría como una elección disfuncional: una elección, esta vez, de extinción más que de supervivencia. Debe reconocerse aquí la ejemplaridad marginal y escandalosa del Marqués de Sade: en Las 120 jornadas de Sodoma, se aproxima a sugerir que no es que tengamos sexo con otros porque ellos nos excitan: la excitación es la consecuencia del sexo, más bien que su motivo. Porque es, esencialmente, una respuesta en el libertino a la agitación que él produce en el cuerpo del otro. Así, en los divertidos términos fisiológicos con que Sade resume las ideas del Duque: “El se dio cuenta de que a una violenta conmoción infligida sobre cualquier tipo de adversario se responde con un estremecimiento en nuestro propio sistema nervioso; el efecto de esta vibración, al despertar el espíritu animal que fluye por estas concavidades nerviosas, obliga a ejercer presión sobre los nervios erectores y a producir, en acuerdo con esta perturbación, lo que se llama una sensación lúbrica”.

El enlace perdido aquí parecería ser el medio de transporte desde la “conmoción” del otro hacia la “vibración” del libertino. Pero ésta sólo puede ser la percepción agitada de la primera. La “vibración” que produce signos reconocibles de excitación sexual es el espectáculo de la conmoción de la otra persona. La excitación sexual debe ser representada antes de que pueda ser sentida, o, más exactamente, es la representación de una conmoción alienada. El sadismo sería una consecuencia lógica de esta perspectiva de la sexualidad. Si la estimulación erótica depende de la conmoción percibida o fantaseada en los otros, se vuelve razonable poner a los otros en un estado de máxima conmoción. Además, opera lo que podría llamarse la lógica del pecho acariciado (ver texto principal): aún más claramente que en la mujer que busca, más que liberarse, incrementar la tensión de la excitación que le produce la mano sobre el pecho, tenemos aquí una ilustración del ritmo acelerado de réplica inherente a la sexualidad. En Sade, las vibraciones provocadoras de erección del libertino se incrementan en proporción directa a la intensificación visible del sufrimiento de su víctima.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/164776-52689-2011-03-24.html

  FUNDACION DE LA CULTURA


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En una nota al pie de El malestar en la cultura, Freud ofrece lo que él llama una conjetura “al parecer fantástica”, basada en material psicoanalítico, acerca del origen de uno de los “primeros actos culturales”, la conquista humana del fuego. El hombre primitivo fue capaz de “llevarse el fuego consigo y someterlo a su servicio” cuando renunció al placer de apagar la llama del fuego orinando sobre ella.

Freud escribe que no hay dudas acerca de “la concepción fálica de la llama serpentina y enhiesta”. Orinar sobre el fuego “representó una lucha placentera con un falo ajeno”, un goce de la potencia masculina en contienda homosexual. En otras palabras, la precondición de la civilización habría sido, no exactamente la renuncia a la homosexualidad, sino la renuncia a algo así como “un acto sexual realizado con un hombre”, una forma de homosexualidad simbólica en la cual un poder competitivo fálico era experimentado como placer sexual. “También cabe señalar cuán regularmente las experiencias analíticas confirman el parentesco entre la ambición, el fuego y el erotismo uretral”. Pero lo verdaderamente notable es que, dadas estas conexiones, la única conclusión que se puede extraer de ellas es que la civilización depende de la renuncia a la ambición. “El primer hombre que renunció a este placer (de apagar las llamas orinando sobre ellas), respetando el fuego, pudo llevárselo consigo y someterlo a su servicio. Al amortiguar así el fuego de su propia excitación sexual, logró dominar la fuerza elemental de la llama.”

Se propone aquí una distinción en extremo interesante, aunque no desplegada, entre una agresividad destructivamente competitiva hacia el fuego y la apropiación por “domesticación” o “sometimiento” del fuego. La civilización sería el resultado de una relación no fálica con lo fálico (o, más precisamente, una “de-falicización” de la relación del hombre con el mundo). Pero así es exactamente como Freud define la relación de la mujer con el fuego: “Además, se habría encomendado a la mujer el cuidado del fuego aprisionado en el hogar, pues su constitución anatómica le impide ceder a la placentera tentación de extinguirlo”. Una feliz carencia, podríamos decir, hace de la mujer la guardiana natural de “esta grandiosa conquista cultural”. Un logro alcanzado por los hombres sólo a través de una dolorosa renuncia. Así el fuego se convierte en una conquista cultural cuando es de-simbolizado, cuando, ya no fantaseado como una excitante amenaza fálica, es percibido como un fenómeno natural.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/164776-52690-2011-03-24.html