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  OPINION


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Qué alivio, cuánta reparación de dolores guardados podía haber en una ley. En menos, en una pequeña modificación de lo que entonces dijo la ley sin reparar siquiera en la existencia de otras verdades de carne y hueso.

El matrimonio ya está. Ahora es historia. Y qué alivio para los músculos: por fin ya no es estrictamente necesario hablar de amor. Ni ser más buenos que el Quaker, ni tener mucho afecto para dar, ni haberse muerto sin poder dejarles la herencia al compañero o a la “amiga” de toda la vida. Ya no se exigen mártires de la perfección para acceder a una institución que nos repugna y nos atrae como tantos recuerdos de la infancia, como tantas asignaturas pendientes entre las hadas y las arcas.

Qué alivio para quienes no saben cómo educar al interés superior de sus niños por fuera de la homofobia, ya que el peso de la ley irá haciendo lo suyo.

El matrimonio ya está. Qué justo. Ya no es estrictamente necesario cargarse sobre los hombros toda la felicidad y la armonía que ahora resulta que la familia daba en su seno, ni la eficiencia de una educación ni la dupla de imágenes paternas y maternas.

El matrimonio ya está y el que quiere, y consigue su candidatx por supuesto, lo agarra y se lo lleva, se lo queda o lo cambia por otro. Como se ve en las películas y como el dios cotidiano nos manda: para toda la vida y para lo poco que dure. Para no sentirse solo, un pobre paria del éxito afectivo, para decirle al mundo que hemos cazado a alguien, que nos dejamos cazar, para multiplicar ganancias o solventar los gastos, para ponerse las plumas de fiesta, por el morboso placer de armar la lista de invitados, de regalos, de obligaciones. Por conveniencia, por calentura, por pena, por error. Para no casarse ni loco, para eso está.

Qué alivio para los espectadores. Ya no es necesario prometerle a la Señora Mirtha que se dejará el abuso sexual de niños reservado exclusivamente a curas y padres de familia bien machotes, ni esperar a que científicos de una universidad americana hagan los cálculos sobre cuánto beneficia a la inteligencia y sexto sentido tener un par de madres lesbianas, o a la eficacia administrativa, tener un par de papás.

Qué alivio y qué pena. No es estrictamente necesario elegir entre Pepe o la calle. La calle es un problema que sigue sin resolverse y el matrimonio nunca estuvo entre las instituciones preocupadas en el tema. Tal vez en Navidad y en algunos villancicos, en alguna remake de Oliver Twist para ver en casa y en familia. El matrimonio está y nadie les quita lo bailado a Pepe ni a quien pueda sortear todos los escollos que implica la adopción en la Argentina de hoy.

Como cuando al final de los cuentos de hadas aparecen las perdices, por fin desde el 14 de julio en Argentina, ya no es estrictamente necesario hablar de amor. Qué buena noticia para los imperfectos de este mundo: va siendo posible ser tan desviado como el resto, tan egoísta, tan torpe, tan incapaz, tan superficial de querer tener un hijo porque sí, porque lo mandan el mercado, la tradición familiar, la moral capitalista. Y por amor, quién se niega al amor. Pero no el amor obligado a batirse en duelo mitológico con el demonio que resucitó desde las vetustas clases de catequesis gracias a esta Iglesia tan vintage, tan corta de imaginación.

Por amor, claro que sí, que dice su nombre cuando le dan ganas de decirlo y se calla cuando le pregunten cómo hará para que sus hijos salgan normales.

Cuánto alivio, cuánta reparación de dolores guardados puede haber en una pequeña modificación. Cuánto amor.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149630-2010-07-16.html

  OPINION


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Ser sobreviviente otorga un sino mesiánico, superioridad regalada, gloria efímera, pero gloria al fin. Aunque a su vez, convengamos, el sobreviviente tiene algo de impostor, es el que estuvo a punto de morir pero no lo hizo. Porque no pudo, no le alcanzó. Quién lo sabe. Como sea, ser sobreviviente es condición inevitable si usted, como yo, estuvo en México la semana pasada. En el Distrito Federal, para más pánico.

Partí con la intención de conocer una ciudad que ya al llegar me dio la estampa monumental de un primer mundo engañoso devoto de la Virgen de Guadalupe a ojos cerrados. Al segundo día me dio un popurrí de frutas caribeñas, unos tacos menos “picositos” de lo que esperaba, un mezcal con su correspondiente gusanito, y al cuarto día me dio 40 grados de fiebre. La de Comala y la de Juan Rulfo, pensé entre cholula, turística y enajenada. Al día siguiente me dio dolor de garganta, dolor de cabeza, una sensación de inapetencia que en cuanto me decidí a probar algo supe que se había convertido en una auténtica anorexia. Tres días más sin comer hasta que se sumó el desgano pulmonar que me impidió trepar las escalinatas imperiales del Museo de Arte Moderno para ver de cerca los murales consabidos. Morir aquí como Leon Trotski, a traición. Morir fragmentada como Frida, por la revolución, por la conquista. Así de patéticos pueden ser los delirios aztecas de alguien que está a punto de convertirse en sobreviviente. Las personas que no suelen acudir al médico cuando están de viaje o los que no lo hacen nunca por añoranza de un Dr. House que no ha nacido, no entran en las estadísticas. Algunas se mueren. Algunas sobreviven. Además, en México, la semana pasada no había estadísticas. Los únicos cerdos eran los políticos y los diarios locales se deshacían en arengas para que la gente acudiera a votar en las próximas elecciones. Por el bien de la democracia. En México el voto no es obligatorio y no es Susana Giménez quien propugna la pena de muerte sino el Partido Verde, que ha empapelado la ciudad avalando este modo de limpiar secuestradores...

No lo soñé. El malestar se fue progresivamente y como ardorosa despedida la ciudad se abrió la última noche con su despliegue de mariachis atrevidos en la plaza Garibaldi. Quedó para el viaje en avión una tos perruna y un dolor en la espalda que aún me trae recuerdos. ¿La fiebre porcina? La fiebre porcina vino después, por televisión y a los dos días de estar acá. No sólo coincidía a la perfección la lista de los síntomas de los noticieros sino que se agregaba el dato de que los enfermos morían a los 10 días de iniciado el mal. “Me faltan dos días,” pensé en un pico hipocondríaco. “Y en estos dos días que pasaron estuve con muchos seres queridos, inocentes argentinos que no viajaron y que seguirán mis pasos al otro mundo”, pensé en un pico de altruismo. Ambos picos me llevaron al Muñiz, adonde la misma televisión aconsejaba acudir ante la duda.

Decir en la guardia que venía de México me agenció, por parte de la enfermera a cargo, la culpa universal. “Fuera de acá, vaya a Zoonosis”, dijo mientras se cubría la boca con un barbijo improvisado con la manga. En un cuartito pequeño acosado por incontables palomas que por lo visto, bien lectoras, saben lo que significa zoonosis, me uní al grupo de “los del dengue”. Las caras pálidas que esperaban los resultados de sus correspondientes análisis, pensaba yo, estaban siendo sometidas ahora a una segunda calamidad, yo misma. El dengue no se contagia de persona a persona, la gripe porcina sí, me dije, pero no en voz alta, por temor a ser expulsada otra vez del paraíso. “Por ahora espere acá”, dijo un doctor que no pareció inmutarse ante mi presencia. Mis compañeros del dengue me distrajeron un buen rato comentando el precio exorbitante que han alcanzado los sapos. Se están vendiendo a 10 pesos gracias a su fama de devoradores de mosquitos. Una señora que acababa de comprar una docena pensaba hacerse una lagunita improvisada en el jardín. Por suerte la disuadieron. Los sapos no son ranas, le aclararon. Durante las dos horas que estuve esperando allí, casi todos mis compañeros salieron airosos con su resultado: positivo. ¿Por qué tan contenta? Me animé cuando vi salir a la última señora. Porque con este papel ahora puedo ir a los medios y reclamar que vengan a fumigar a la villa. En Soldati no fumigan, dicen que vienen y no. Van a las partes más chetas nomás. Ahora vamos a armar una bien gorda con este papel. Ya van a ver. La despedí sin decidir abrir la boca por miedo a empeorar las cosas, aunque me prometí hacer algo por ella en estos dos días que me quedaran de vida. Decirlo en una nota, por ejemplo. “Vengo de México”, le largué a un médico que pasaba diciendo que en un rato iba a llegar el primer caso de influenza porcina, desde el aeropuerto y en ambulancia. Me mandó a la guardia, donde la enfermera del principio me entregó un barbijo. Antes de que llegara el primer caso famoso, un médico especialista se acercó a hablarme. Si no tiene fiebre ahora, no tiene la fiebre porcina. Contagia mientras está con el cuadro, ahora ya no. Si la tuvo, ya no la tiene. No podemos hacer análisis para averiguarlo porque no daría nada ahora. Es tarde. No se enferma el que quiere ni se muere todo el que se enferma, me dijo sacándose el barbijo como quien se quita el sombrero ante un sobreviviente. O ante un impostor.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-124275-2009-05-03.html