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  MEDIOS Y COMUNICACION

Pablo Castillo sostiene que las prácticas sociales y culturales están atravesadas por los nuevos paradigmas de comunicación. Sin embargo, en plena era de la información no fue posible anticipar un acontecimiento como “la plaza” que despidió a Néstor Kirchner.

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Los finales de los ochenta y principios de los noventa vinieron acompañados no solamente de una reconversión del Estado, los flujos financieros y las recetas del Fondo, sino que también asistimos a los efectos que la Revolución Científico-Técnica producía sobre las construcciones de identidades y territorios.

Las modalidades en que se configuraban las prácticas sociales y culturales estaban atravesadas por los nuevos paradigmas comunicacionales. Los términos en que los saberes y las experiencias populares se expresaban y se legitimaban eran puestos en cuestión por los diferentes lineamientos que imponía el proceso globalizador.

Los grandes acontecimientos adquieren su punto de inflexión y naturalización a través de una suerte de combinación desigual y asimétrica entre imágenes individuales y colectivas. Las patas en la fuente de Juan Molina, en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945, o el “Era el subsuelo de la Patria sublevada”, en la definición de Scalabrini, funcionaban como registros articulados (el singular y el general) inscriptos en una misma coordenada. Después, la capacidad polisémica de gestos, actos, silencios, reinterpretaciones terminarían configurando la escena y la proveerían de entidad y proyección histórica.

El imaginario del progreso y de la movilidad social ascendente, expresión simbólica fuerte del modelo nacional y popular, que había entrado en crisis principalmente a partir de los noventa, aunque seguramente los orígenes de esa crisis deban ser rastreados en el golpe militar de 1976, empiezan a ser recuperados como un valor, pero también como una ilusión cada vez más determinante, por amplios sectores, en los últimos siete años.

El peronismo ya no tiene la capacidad para expresar (si alguna vez la tuvo) a la totalidad de lo popular, pero sí parece estar en condiciones de demostrar que en el proceso de implementación y gestión de políticas públicas se producen o se puede ayudar a producir una articulación –a veces imperceptible– entre nuevos y viejos actores sociales con diferentes despliegues de la subjetividad.

La Plaza que despidió a Néstor Kirchner no era la del ’45. Tampoco la del ’52 con Evita. Menos la de Perón en 1974. Porque, entre otras cosas, ni la Argentina ni nosotros somos los mismos. Igualmente, dar cuenta de esas diferencias supone un tratamiento desde otros lugares que trascienden a este texto.

En todo caso, hay dos preguntas que nos parece pertinente hacernos desde acá.

En primer lugar, ¿por qué esa heterogeneidad social, de personas, grupos etarios, colectivos sociales, políticos, culturales, podían compartir solidariamente un mismo espacio público expresando su dolor, su tristeza infinita, pero también su esperanza?

En segundo lugar, ¿por qué en la era de la información, de la noticia al instante, de la transparencia de los hechos, no se pudo conceptualizar que determinados colectivos –muchos de ellos minoritarios– habían encontrado eco a sus demandas, quizás impensadamente, en ciertas decisiones del Gobierno?

Estas preguntas no están planteadas desde la inocencia ni desde el desconocimiento del peso que tienen los multimedios corporativos para formatear los modos en que ordenan hegemónicamente las prioridades de los temas que eligen comunicar, pero la presencia espontánea de miles de jóvenes –muchos de ellos pertenecientes a la clase media urbana– debería llevarnos a reflexionar sobre lo que esa foto expresa en términos comunicacionales y culturales y que no estaba presente en toda su dimensión en ninguna de las hojas de ruta previa, en propios y extraños.

La construcción de una nueva ciudadanía o ciudadanía ampliada especialmente en nuestros países periféricos, desiguales y latinoamericanos constituyen una serie de preocupaciones que viene desvelando, ya desde hace algunos años, a importantes teóricos del campo comunicacional y de otras disciplinas. Si hay alguna enseñanza que dejó la plaza en estas Otras 48 horas es que no hay posibilidad de hablar de ciudadanía –tensionando las connotaciones liberales que aún el término conlleva– sin hacer referencia a sujetos concretos que la encarnen ni colectivos reales que la expresen.

* Psicólogo. Magister en Planificación y Gestión de la Comunicación UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-156616-2010-11-10.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

¿Dónde está lo real? ¿Dónde lo virtual? Interroga Pablo Castillo a propósito de debates recientes sobre los medios de comunicación y su lugar de mediación.

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La confusión sobre dónde comienza lo real y termina lo virtual es más un problema de articulación que de límites objetivos. Y esto es válido tanto para pensar la situación de los sujetos con los medios de comunicación masivos concentrados, como para analizar la sensación que cada uno de nosotros experimenta cada día frente a su computadora y con todo lo que allí se despliega: desde el Facebook hasta la videoconferencia, desde el chat hasta el sexo virtual.

Los comunicadores diremos que en todo caso de lo que se trata es de dilucidar el tipo de mediaciones que se ponen en juego en esos actos. En qué lugar lo tecnológico funciona como soporte de determinadas prácticas, facilitando la visibilidad a ciertos discursos y ocultando o invisibilizando otros.

Sin embargo, ese razonamiento al que a primera vista estaríamos tentados en suscribir tranquiliza, pero no desmonta totalmente el malentendido.

Sigue habiendo allí un guiño a seguir pensando la tecnología como un lugar privilegiado para la producción de sentidos, que no nos termina de convencer. Y, en eso de considerarnos tributarios de la teoría crítica en términos conceptuales pero funcionalistas desde las prácticas, los comunicadores también tenemos una larga experiencia.

Tal vez, si entendemos lo tecnológico como un actor, al que habrá que prestarle atención pero que adquirirá un sentido u otro inscripto en una cadena de significantes culturales, nunca como dato suelto, descontextualizado, aislado, sin intencionalidad, estaremos más cerca de aproximarnos a interpelar los nuevos encuadres que nos proponen. Quizás, con menos de novedosos que lo que nosotros mismos imaginamos o les otorgamos prematuramente.

Desde esta perspectiva, la referencia presidencial a diferenciar el país real del virtual debe ser leída e interpelada desde las coordenadas que le dan sentido político a la frase; más allá de dar cuenta de otras aproximaciones posibles a la construcción de los distintos imaginarios que la sostienen. Y en este punto, la disputa conflictiva del poder y los modos en que los sujetos perciben esa tensión es una dimensión fundamental del problema. Con su descripción fenomenológica solamente no alcanza.

Si no, que lo diga Freud. “No saben que les traemos la peste” es una de las expresiones más resonantes y polisémicas que habitan el mundo psi. Refiere a los efectos que tuvo la popularización del psicoanálisis en tierras estadounidenses y habría sido dicha por el padre del psicoanálisis a Jung en medio de un viaje que hicieron juntos en 1909, a ese país.

Como sostiene Elisabeth Roudinesco, parece que el psiquiatra suizo, no se sabe bien porque extraño sortilegio, reservó esa parte de su conversación con Freud para compartirla solamente con Lacan. Quien, a su vez, cuarenta y cinco años después en una conferencia dictada en Viena, decidió hacerla pública.

Que luego Jung no mencione esa cita en sus memorias o que ninguno de los tantos historiadores que el movimiento psicoanalítico supo congregar a lo largo de su fecundo y productivo recorrido haya registrado ese momento ¿tiene alguna importancia?

¿Cómo deben leerse lo real y lo virtual en ese episodio? ¿Cómo juegan lo dicho y lo no dicho, lo cierto y lo incierto en la configuración de una determinada posición? En los últimos días, hubo cuestionamientos –desde universos ideológicos disímiles, entre propios y extraños– sobre la legitimidad de la convocatoria a Plaza de Mayo realizada desde el Facebook por televidentes de un programa de la tele, 6 en el 7 a las 8, que paradójicamente va de lunes a jueves a las 9 y los domingos cuando el fútbol para todos lo permite.

Cualquiera que partiera del sentido común debería desconfiar de un programa que te miente ya desde el título. Pero como esa mentira se sostiene desde una verdad irrefutable, y sobre todo esperanzadora –el éxito de la propuesta hizo que los programadores del canal la pusieran en el prime time– esas modificaciones fueron naturalizadas. Ni siquiera sus más acérrimos críticos se detuvieron en ese aspecto.

¿Dónde está lo real? ¿Dónde lo virtual? ¿Dónde se conforman las intersecciones y las paralelas? ¿En lo institucional? ¿En las palabras de la mandataria? ¿En los recodos que deja lo tecnológico? ¿En los intercambios conversacionales? ¿En la periferia de los discursos? ¿En la centralidad de la Plaza?

* Psicólogo. Magíster en Planificación de Procesos Comunicacionales UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-143387-2010-04-07.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Pablo Castillo recupera elementos de la memoria cultural y televisiva de la Argentina para plantear que la incursión de Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand y Susana Giménez en el debate sobre la manera de gestionar lo público es el emergente de una disputa entre modelos culturales, sociales y éticos.

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En los principios de los setenta andaba por los quince años y vivía en Mataderos. La mayoría de mis amigos no conocían Flores, que quedaba a sólo quince minutos de colectivo. La revista Pelo tampoco llegaba a los kioscos del barrio. Sí se la podía conseguir en Rivadavia y Culpina, a tres cuadras de mi colegio secundario.

El rock nacional todavía era para una minoría y en el barrio se escuchaba principalmente a Sandro, algo de Palito Ortega o Favio y poco de música extranjera. Quizás algo de Elvis o Los Beatles. Los barrios no sólo mostraban topologías definidas, sino que alambraban con bastante éxito los tipos de consumos culturales que prevalecían en su interior.

Si bien la llegada de la democracia y el espíritu del ’73 homogeneizó algunas prácticas sociales y culturales, los lugares de circulación de esos jóvenes no se modificaron sustancialmente. Las prácticas deportivas en clubes como el José Hernández, Nueva Chicago o el Liberal o sus bailes de Carnaval permanecieron inalterables.

Diez años después, aun con un peso más decisivo de los medios masivos –en particular de la tele, todavía sin el refugio del cable–, los programas locales con mayor audiencia de esa época seguían interpelando a públicos específicos. Lejos de la hibridación posterior.

El humor de Olmedo, Juan Carlos Altavista y los mismos hermanos Sofovich no coinci-dían con los gustos de la clase media urbana y muchas veces esa distinción cultural se podía percibir en los modos en que se distribuían los potenciales televidentes los programadores de los cuatro canales de aire. Los públicos en general no colisionaban. Había uno para No toca botón, Polémica en el bar o el Venga a bailar de Velazco Ferrero y otro para Botica de tango, Situación límite o Compromiso. Quizás las telenovelas funcionaban como campo transicional, pero esto forma parte de otra discusión, donde habría que introducir la temática de género y que trascienden los límites de estas reflexiones.

En ese escenario, a fines de 1989, aparece Marcelo Tinelli con un programa que inicialmente surgió como de informes de distintos deportes y que, ante la falta de audiencia y presupuesto, terminó trastocándose en comentarios de bloopers de eventos deportivos. Lo demás es historia conocida. Ese mismo recorrido podríamos hacer con Susana Giménez que, después del modelaje y de ser parte de las películas picarescas de los setenta y primeros años de los ochenta, a fines de esa década comienza en ATC con el primer programa de Hola Susana.

Distinto es el caso de Mirtha Legrand, actriz que alcanza su popularidad en el prestigioso cine argentino de los cuarenta y que después de comenzar en 1968 con los “Almuerzos” en Canal 9, dirigido principalmente a recorrer los campos de la farándula, en los últimos años se ha desempeñado jugando el papel de fiscal de la política y de los políticos.

Es cierto que en los cambios socioculturales, económicos y comunicacionales de los noventa estos personajes encontraron un terreno propicio para consolidar su visibilidad y sintonía con las nuevas coordenadas que proponía el menemismo, pero también hay mucho de mérito propio en sus permanencias por tantas décadas.

Por eso, ahora que en los últimos tiempos sus voces dejaron de percibirse sólo como un efecto del diseño de los modos de la comunicación masiva de los noventa y aparecen con reclamos a los modos en que se gestiona lo público se vuelve difícil, desde lo estrictamente político, encontrar respuestas que logren interpelarlos en sus registros específicos.

Esta limitación, padecida muchas veces por el gobierno actual, que no siempre encuentra los vehículos comunicacionales más adecuados para sostener sus puntos de vista, forma parte del bagaje de las herencias aún no desatadas.

Desde el advenimiento de la democracia en 1983, todos los dirigentes y muchos de los cuadros más lúcidos de los partidos populares creyeron que la única forma de establecer una relación con los principales multimedios era negociando en el terreno de ellos. Así ayudaron a que desde los poderes multimediáticos se vaya configurando una representación de los políticos como clase, preservándose para ellos el lugar de la defensa de la libertad de prensa y ocultando los intereses económicos que se ponían en juego a través de esas relaciones que establecían –muchas veces subrepticiamente– con los distintos gobiernos de turno.

La nueva ley de medios les otorga visibilidad, casi dramática, a estas cuestiones, pero no garantiza por sí misma inscribirlas en un nuevo relato que construya otras premisas y significaciones. Por eso, cuando se intenta responder a los modos en que –desde la lógica televisiva– aparecen capciosamente entremezclados lo singular, lo particular y lo general en imágenes y discursos, casi siempre se olvida que ésta no es una batalla binaria. Ni los campos enfrentados son únicos y homogéneos. Por lo tanto, de lo que se trata, sin que esto suponga legitimar lecturas o prácticas culturales existentes, es de disputar también el sentido de la naturalización de los acontecimientos. Pero para esto es necesario entender –si se quiere tener alguna chance de triunfo– que esta confrontación es comunicacional pero, principalmente, es una disputa profunda y colectiva de modelos culturales, sociales y éticos.

* Psicólogo. Magíster en Planificación de Procesos Comunicacionales.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-135891-2009-11-25.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Dos reflexiones que vinculan la vida cotidiana, la historia de todos los días, con la comunicación y con el poder. Pablo Castillo sostiene que con el nuevo rumbo que toman las transmisiones del fútbol por televisión se pone en juego la distribución del poder y la democratización de la palabra. Desde Colombia, Omar Rincón se sirve de varias situaciones para explicar que los medios invitan a reír, a suspirar, nunca a pensar.

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Una jugada imprevista. Un error de cálculo. Una salida en falso. Un cambio mal realizado. La soberbia de un técnico que se percibe poderoso y sin rivales de fuste a la vista. Pueden cambiar la historia. Te podrán dominar todo el partido. Te meterán con prepotencia contra tu arco, pero siempre tendrás al menos una oportunidad para sobrevivir.

Esa parece ser la consigna. Independientemente de pergaminos previos, estadísticas mentirosas, equipos millonarios u otras inequidades sociales o futboleras que rozan la injusticia, como Caniggia contra Brasil en el Mundial de Italia ’90. Sólo se trata de estar atentos y de aprovechar la ocasión llegado el caso.

Sin embargo, la incidencia cada vez mayor del poder económico, la naturalización de la mercantilización de las relaciones sociales en nuestras vidas cotidianas, juntamente con la disminución del papel del Estado y el crecimiento exponencial de la industria del espectáculo futbolístico parecen cuestionar los argumentos de aquellos que seguimos sosteniendo el peso sustancial de lo lúdico, de esa “dinámica de lo impensado”, como decía Dante Panzeri, por sobre los intereses hiperprofesionalizados de dirigentes, intermediarios, representantes y multimedios.

Es cierto, los hinchas tampoco somos inocentes. Nos hemos convertido en una audiencia superentrenada en decodificar gestos, omisiones deliberadas o circunstanciales, de lobbies prematuros, de buenos y malos periodistas. Sabemos, por ejemplo, que Martín es Palermo, que el Kun es Agüero, o que el Tigre no es un animal, sino el técnico del último campeón del Clausura 2009.

La centralidad del fútbol para nuestra cultura siempre se configuró como tensión entre las disputas de saberes y valoraciones que aludían a jerarquías diferentes. Y en todo caso, le debemos a los Fontanarrosa, los Galeano o los Dolina el reemplazo de esos órdenes cerrados, binarios, irreconciliables por otros más permeables, menos taxativos, donde las prácticas sociales y las identidades colectivas podrían empezar a transitar la recuperación de la visibilidad que les habían sido negadas o retaceadas por las categorías iluministas o tecnocráticas.

La posibilidad de que el fútbol de Primera División pueda ser trasmitido por la televisión abierta reconfigura un escenario más propicio para discutir antes de fin de año una nueva ley de medios audiovisuales. Es más, muchos de los actores que han militado fervientemente para que esto ocurra todavía no han comprendido en toda su dimensión este cambio.

A principios de año, el telebeam terminó corriendo la misma suerte que la AFJP que lo auspiciaba. Paradójicamente, la garantía de seguridad y confiabilidad que ambos prometían no les alcanzó para evitar que fueran reemplazados. Uno por el trackvision y la otra por la Anses.

Fútbol de Primera no necesariamente debe seguir el mismo camino. Es lo que sentimos muchos de sus críticos pero apasionados televidentes. Es más, debería regresar a su mejor perfil. Volver a sus orígenes. Hacer un programa periodístico, donde los goles o la tecnología aporten al debate y no terminen configurando y clausurando todas las coordenadas. Y menos confiscando los goles hasta las 22 del domingo o sacando sus periodistas ventajas para las notas sobre otros colegas o medios porque juegan para el equipo de los dueños de la pelota.

En estos actos también se ponen en juego nuevas formas de distribución del poder y de democratización de las palabras.

* Psicólogo. Magister en Comunicación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-130608-2009-08-26.html