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Ya no es nuevo. Las modernas tecnologías aplicadas al campo de la comunicación y la información determinan un paisaje mediático caracterizado por la convergencia de soportes. Sin embargo, este escenario está dando lugar al surgimiento de novedosos proyectos de narrativa transmedial, una estrategia que utiliza varias plataformas para alcanzar al público con su relato y que trasciende el concepto de multimedia. Este último término suele aplicarse a la adaptación de un mismo contenido a diversos soportes, tales como libros, películas, series de televisión o videojuegos, a los que cualquier persona se puede asomar en forma independiente.

El transmedia, en cambio, procura construir una experiencia inmersiva que se ve favorecida porque el motivo central del relato alcanza extensiones en plataformas diferentes a la original, las cuales se ofrecen como múltiples puntos de entrada, añaden algo más a la historia y generan un ámbito narrativo envolvente.

Matrix y tantísimas otras películas de presupuestos fastuosos se ramifican en juegos de video, series animadas, historietas, páginas web, blogs y episodios concebidos para las pantallas de TV, ordenadores o teléfonos móviles que, además, obtienen amplia repercusión en foros y redes sociales.

El aspecto interesante es que el usuario puede decidir hasta dónde quiere llegar en la “lectura” del texto, expandiendo o limitando sus movimientos entre medios diversos. Los exegetas del modelo también remarcan la posibilidad que se abre al público para “participar” en la creación, aunque esa alternativa resulta difícil de verificar.

Además de los aportes sistemáticos que formulan el estadounidense Henry Jenkins o nuestro compatriota Carlos Scolari, la red ofrece numerosas entradas que informan sobre la evolución de un fenómeno en el que la historia está en todas partes y no aparece limitada por la hora y media de duración de una película o las 24 páginas de una historieta.

Dado que no se trata de reiterar contenidos en cada soporte, la narrativa transmedia pretende poner las mejores posibilidades de cada uno de ellos al servicio del crecimiento de la historia. De este modo, las diferentes plataformas pueden servir para captar la atención de distintas comunidades de fans.

En algunos de los medios partícipes pueden aparecer nuevos personajes; otros ofrecerán historias secundarias y otros más presentarán mundos paralelos. La planeación del proyecto narrativo transmedia puede graduar niveles de complejidad en función de los públicos que acceden a una u otra ventana.

Muchos guionistas y fabuladores diversos deben estar de parabienes, ya que la emergencia de este escenario de complementariedades mediáticas habilita nuevas alternativas laborales. Por otra parte, el modelo demanda una construcción coral de los relatos, algo que sin dudas puede contribuir a enriquecerlos.

Queda por ver si el hegemónico cariz comercial con que el transmedia se presenta es capaz de habilitar espacios en términos de su aplicación educativa y si puede contribuir al desarrollo humano de quienes, hasta aquí, por lo general elige definir como “consumidores”.

Las nuevas tecnologías ya llevan varios años actuando para transformar nuestros modos de trabajar, divertirnos, aprender y hasta pensar, con un impacto aún no debidamente mensurado sobre nuestra capacidad de concentración o dispersión y la constancia o volatilidad de nuestra atención.

Nunca como hoy la humanidad tuvo tantas posibilidades de acceso a la ficción. El dato se vuelve relevante pues el discurso narrativo ofrece una forma de conocimiento y comprensión distinta a la puramente teórico-discursiva. Las historias son territorio fértil para el desarrollo de concepciones e interpretaciones menos dogmáticas acerca del mundo y de la humanidad. El relato es imprescindible porque convoca a la imaginación y agudiza nuestra sensibilidad.

En el flanco académico aparece el desafío de aportar al conocimiento de un público que busca acceder a experiencias mediante la navegación e interacción entre medios. Comprender el comportamiento de las personas que conviven bajo la égida cada vez más manifiesta de un ecosistema convergente de medios resulta fundamental en un momento en que sus hábitos están siendo reformateados por ese complejo entramado de soportes que no sólo multiplica el número de mensajes, sino que también modifica los modos en que éstos son recibidos.

* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-164253-2011-03-16.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Ricardo Haye debate sobre emergencia de propuestas y emprendimientos periodísticos y lo que éstos significan con apertura al debate conceptual y político.

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Allá por los ’70, casi todas las manifestaciones callejeras de La Plata tenían la misma de-sembocadura. La protesta de estudiantes y/o trabajadores solía terminar frente al edificio del diario El Día, en diagonal 80. Cansados de reponer los cristales de sus amplias vitrinas, sacudidos por alguna pedrada artera, los propietarios tomaron un día la decisión de bajar las persianas metálicas y continuar manufacturando el periódico sin contacto visual con la calle. Todo un símbolo, pletórico de significados. Y las movilizaciones continuaron. Cualquiera que fuese su motivación, la consigna que las uniformaba era el canto de-saforado de “El Día miente”.

Con los años aprendió uno que esa pintura aldeana se había universalizado, a fuerza de repetirse en muchas otras ciudades y ante tantos otros periódicos. Nuestro ecosistema de medios era entonces más chiquito. Más que discernir entre “medios” y “medios poderosos”, en la mayoría de los casos sólo podíamos referirnos a los del segundo tipo, que eran los que había.

Observar aquellos hechos a cuatro décadas de distancia pone en los ojos unas gotas de indulgencia por la rusticidad de la confrontación. Sólo gritos destemplados (y alguna de aquellas piedras ladinas) procuraban ofrecer resistencia al virulento poder de fuego de las letras de molde. No existían las redes sociales capaces de multiplicar mensajes de denuncia como el que hace un mes permitió exponer un caso de censura del diario Río Negro ¡contra uno de sus propios accionistas!

En una manifestación de cierto refinamiento, la sociedad dejó de estampar graffiti en las paredes de las empresas periodísticas para hacer circular mensajes en idéntico sentido a través de las pantallas de miles de ordenadores. Pero sería un error suponer que la actualización epocal se agota en la que hace viable la modernización tecnológica. Existe también un espíritu de época renovado, más abierto a un debate conceptual cuya geografía se dilata y cuyos actores se multiplican.

La emergencia de nuevos emprendimientos periodísticos, como este diario que usted tiene en sus manos, y de otros soportes, como este diario que usted lee a través de Internet, robustecieron el flanco débil de quienes deseaban acceder a otras enunciaciones.

Mucho más nuevos aún, otros diarios y periódicos han venido a sumar su aporte a una diversificación discursiva necesaria y nutriente. Y en radios y canales de televisión también se expande un vocerío que tiende a equilibrar la presencia de discursos.

Tal vez por una curiosa paradoja del mercado, una radio que muchos manifestantes setentistas no vacilarían en calificar de “mentirosa” no ha podido suprimir de su horario central de emisión una de las pocas brechas por las que ingresa oxígeno a su programación. En ese sentido, el espacio que diariamente conduce Víctor Hugo luce con brillo propio una estructura muy preocupada por el ensanchamiento de la agenda temática, la impecable formulación estilística y la respetuosa consideración hacia el interlocutor ausente que se desprende de su cuidada producción previa.

Algunas emisoras permanecen férreamente sujetas a cosmovisiones hegemónicas y sus correspondientes intereses en la conceptualización. Pero otras amanecen con vocación de profundizar la experiencia del ágora, aunque sea desde la actual virtualidad de aquel antiguo espacio público griego.

En la televisión el ciclo que ha causado mayor impacto social en los últimos veinte años ha sido 6,7,8. Incluso con sus limitaciones y ofuscaciones, esta propuesta de la televisión pública habilitó un escenario de intenso debate. “Es periodismo militante”, apostrofan sus críticos. Sí, probablemente tanto como las presuntas tribunas de doctrina desde las que –hace demasiado tiempo ya– se imparten las claves de la hora. La diferencia es que no ha servido de usina a dictaduras sangrientas, no conspiró ni alentó sediciones y no proclamó afanes destituyentes.

¿Cuál sería la contraindicación de que un grupo de ciudadanas y ciudadanos emitan sus opiniones acerca de los comportamientos comunicativos de medios que –largamente– han demostrado ser poderosos factores de poder? “Es justamente por eso: no informa, opina”, se desgañitan otros. Y estaría mal que el canal público cerrara las compuertas a las noticias, pero en tanto no lo haga es positivo que también proponga lugares para la opinión y la interpretación. El periodismo no es un campo habilitado sólo para que las noticias potreen en exclusividad; su ejercicio también involucra el análisis y la ponderación de los hechos, la enunciación de juicios de valor, la inclusión de la subjetividad (cuya enunciación probablemente constituya el único auténtico acto de objetividad del que podríamos presumir).

¿Por qué escandaliza más un juicio hecho público por Barone y compañía que barbaridades como aquella de “las cholas bolivianas paren hijos colgándose de los árboles”, vomitada por el conductor de un ciclo radiofónico que es líder de audiencia? ¿Por qué un añoso locutor de otra emisora privada puede asociar natural (impunemente) el sustantivo “indígena” y el adjetivo “incivilizado” sin que se arme el revuelo que corresponde? ¿Por qué a tantas personas de bien que se indignan con las letras socarronas de Barragán no les perturba ni un poquito que un diario de Bahía Blanca despida a un genocida con un editorial panegírico? ¿Por qué es aceptable la risa aquiescente con que Carrió saludó la cachetada de Camaño y, en cambio, es estigmatizado el apoyo de Sandra Russo a Milagro Sala?

¿Será que lo que en realidad molesta es que crezcan las posibilidades de contraponer estas realidades? ¿El desasosiego de los crispados no será producto de la mayor visibilidad que la sociedad alcanza cuando se fracturan los discursos de pretensión hegemónica?

Seguramente 6,7,8 no es el programa más inteligente que pueda hacerse. Es probable incluso que ni siquiera sea un buen programa. Pero ayuda a dinamizar el pensamiento, tanto de quienes comulgan con él como de aquellos que lo cuestionan.

Los interrogantes que estos sucedáneos del ágora griega contribuyen a plantear tornan remotos los recuerdos que inician este artículo. Porque más allá de cierto romanticismo asociado a lo que fue (o, quizá, se quiera creer que fue) una épica de juventud, lo cierto es que, acompañados por medios plurales, comprometidos y cada día más vigorosos, siempre estaremos mejor que gritando en medio de la calle.

* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-157841-2010-12-01.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Ricardo Haye sostiene que el arte fantástico, como ejercicio de la libertad creadora, convoca al público de una manera inédita, diferente, generando otros modos de comprender la realidad y convirtiendo en aceptaciones lo que de otro modo serían rechazos. Este es además el tema central de las “Jornadas sobre lo fantástico en los artefactos culturales”, que se realizarán en la Universidad Nacional del Comahue.

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Cuando mi padre quería desacreditar algo que veía en la televisión, solía apostrofar: “es pura fantasía”. En la conciencia de muchos sigue latiendo el concepto de que lo fantástico no entraña nada bueno. Algunos pensadores muy serios lo descalifican presentándolo como un producto de mera evasión, entre cuyos rasgos más salientes no dudan en situar la falta de compromiso.

Sin embargo, entre los repliegues fantásticos de su discurso muchos artefactos culturales han colado oblicuas, sugestivas y potentes referencias a la realidad.

Existen miles de ejemplos en los que las entrelíneas resultaron más elocuentes que un texto explícito. Tomemos uno. Era la mitad del siglo XX y mientras la industria audiovisual norteamericana pagaba las consecuencias de la Guerra Fría con una mortificante restricción de sus agendas temáticas, el talentoso Rod Serling se dedicó a sacudir conciencias a través de una serie que se volvería objeto de culto La dimensión desconocida. Frente al control de contenidos dispuesto por el macartismo, ese producto televisivo semanal de treinta minutos dejó en evidencia que la censura es estéril ante la inteligencia. Serling había descubierto que podía perforar la mordaza y exponer libremente sus pensamientos si los ponía en boca de personajes de fantasía, colocados en contextos y situaciones imaginarios. Si la realidad es inabordable –parece haber pensado–, la alcanzaremos a través de la fantasía. En el trayecto fue ocupándose de asuntos tan reales como los prejuicios, los miedos, los totalitarismos, la intolerancia. Y lo hizo desde la misma (aparente) erosión de la realidad. La ecuación de La dimensión desconocida sostenía que las cosas que no pueden ser dichas por un republicano o un demócrata bien pueden ser expresadas por un marciano.

En la teleserie de Serling hubo capítulos pertenecientes al género fantástico y otros que adscribían a la ciencia ficción. No son categorías similares, como lo han señalado varios autores, de Todorov hacia aquí. Tampoco lo son los relatos maravillosos, sobrenaturales o extraños, por mencionar parte de una tipología que, sin que se nos escapen las diferencias, compendiamos bajo la nomenclatura general de “fantástico”.

En el ejercicio de la libertad creadora, el arte fantástico sugiere otros mundos, cambia las respuestas que daría la realidad y pone al público ante la situación de que, aun cuando acabe rechazando la propuesta, se sienta convidado a considerarla aunque sea fugazmente.

Hace ya más de cuarenta años, cuando escribía El espíritu del tiempo, Edgar Morin sostenía que el sincretismo debía ser el punto de unión entre información y ficción. Esa conciliación, planteaba el teórico francés, no debía olvidar ni a la ciencia ni a la poesía o el cine, y debía enraizarse siempre en una exigencia de inteligencia y sensibilidad.

Nada mejor que la fantasía para obtener esa armónica integración y posibilitarnos el disfrute estético. Pero también para desarrollar nuestra imaginación y combatir los dogmas observando la realidad bajo otro prisma.

Este ideario preside la convocatoria a las Jornadas sobre lo fantástico en los artefactos culturales, que se llevarán a cabo del 7 al 9 de octubre próximos en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue. En análisis se encontrarán productos audiovisuales, sonoros, gráficos, literarios, plásticos y de la historieta, entre otros. Los interesados pueden obtener más información en el sitio www.fantasiayartefactos.blogspot.com

* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-153557-2010-09-22.html

Ricardo Haye, Roberto Samar y Alejandro Aymú aportan tres miradas complementarias sobre el escenario actual de los medios en la Argentina, la responsabilidad social de los periodistas, la instalación de los temas de agenda, los debates sobre la libertad de expresión y la vinculación de todo ello con la ciudadanía.

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Sobre libertades y alternatividad

Desde General Roca, Río Negro

A veces conviene explicitar lo obvio: el reclamo de libertad de expresión no puede circunscribirse a los periodistas. Es un derecho que les asiste a los profesionales de la comunicación, pero también a cualquier ciudadano de a pie. Una vez entendido eso, cuesta comprender la pertinacia con que se reclaman medidas que obturen el pronunciamiento de las personas.

Existen miles de argentinos que sienten repugnancia por el comportamiento de algunos poderosos medios decididos a potenciar su condición de agentes de poder. Y resulta anacrónico querer prohibirles la manifestación de su sentimiento.

Sin embargo, un grupo de periodistas ataviados con el ropaje de la fama concurrieron al Congreso de la Nación con el propósito de exigir que se “fijen límites institucionales a las agresiones” que dicen estar sufriendo.

En primer lugar, habría que detallar la índole de las presuntas agresiones, que parecen consistir –apenas– en el ejercicio de su libertad de expresión por una parte de la ciudadanía.

Pero luego cabe reflexionar respecto de los “límites institucionales” requeridos. Sería provechoso que alguno de los peticionantes aclarase si lo que demanda es la reposición de la figura de calumnias e injurias, esta vez a favor propio y en contra de quienes razonan distinto.

El otro reclamo de ese selecto grupo es el de que se realicen tareas de inteligencia para descubrir quién pagó los afiches anónimos que cuestionaron el desempeño de algunos periodistas.

Que sean precisamente profesionales de la información los que demandan acciones de “inteligencia interior” produce una profunda perturbación. Quizá si se les preguntara, alguno de ellos querría proponer al Fino Palacios para que conduzca la tarea.

Estos hechos documentan una complejidad epocal tal vez inédita desde el derrumbe de la última dictadura.

Hace unos 25 años, cuando empezábamos a acostumbrarnos a vivir de manera democrática, el término “alternativa” cobró importancia por su función calificadora del sustantivo “comunicación”. El mayor déficit de la palabra era que siempre terminaba definiéndose por oposición. Aludía a lo “otro”, a lo que, siendo diferente, resultaba necesario. Pero su dilucidación, muchas veces adolecía de firmezas.

Frente a la formidable acción corporativa de grupos concentrados que trabajan en pos del discurso único y hegemónico, tal vez no fuera mala idea desempolvar aquella expresión y darse a la tarea de llenarla de sentidos. Porque sólo la presencia de pensamientos alternativos posibilitará que se enriquezcan el escenario social y nuestro paisaje mental.

* Periodista, docente e investigador. Universidad Nacional del Comahue.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-145529-2010-05-12.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Ricardo Haye expone las características básicas del nuevo paisaje mediático y ofrece preguntas para reflexionar sobre el escenario, su evolución y acerca de las prácticas de los comunicadores profesionales.

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Las sociedades modernas consagraron muchas energías al propósito de disolver las distancias. En ese sentido, el pasado siglo fue pródigo en desarrollos que contribuyeron a ello y al impulso de las comunicaciones. Insaciable, la humanidad explora ahora cómo hacer realidad algo que vimos en numerosos textos audiovisuales: la teletransportación de objetos y personas. Cuando lo consiga, habrá puesto el último clavo en el ataúd de las distancias. Paralelamente, la comunicación concilió esa voluntad de acercamiento con la vocación de alcanzar a grupos cada vez más numerosos de personas, por lo que sus medios conquistaron la condición de “masivos”.

El primer propósito conserva plena vigencia y goza de excelente salud. Los satélites, Internet y las nuevas tecnologías ayudaron a generar la ilusión de que todo está más cerca. El segundo, en cambio, tiende a volverse cada vez más inaccesible por imperio del mismo desarrollo tecnológico que favorece al primero.

Hasta aproximadamente la década de 1980 crecimos arropados por cuatro o cinco canales de televisión y alrededor de una docena de emisoras de radio, cuota que era significativamente menor en ciudades pequeñas alejadas de los grandes centros urbanos. Las señales podían presumir entonces de ser factores sociales de agrupamiento. En nuestros días, por el contrario, el incremento exponencial de las fuentes emisoras provoca un fuerte proceso de atomización de las audiencias. Internet y los nuevos sistemas de radio-televisión, aéreos o por vínculo físico, expanden el menú de mensajes audiovisuales y determinan que la oferta adquiera proporciones torrenciales.

En los momentos de ocio, cualquier individuo con acceso a estas posibilidades enfrenta la disyuntiva de escoger entre la sintonía de casi cien canales de TV, consagrarse a elegir entre las cuarenta o cincuenta emisoras que su aparato convencional de radio es capaz de registrar con buena calidad en sus bandas de modulación de amplitud y de frecuencia, o zambullirse en la Red a ver qué descubre en YouTube o en los millones de textos sonoros y audiovisuales alojados allí por organizaciones mediáticas y podcasters individuales.

Pero en el horizonte se avizoran ya las opciones que habilitará el sistema de emisión digital al multiplicar por cuatro o cinco las señales actualmente operativas.

Frente a ese escenario, surgen los interrogantes: ¿Cómo abastecer de contenidos a semejante caudal de soportes? ¿Cómo encontrar o escoger aquellos contenidos que resulten más útiles y atractivos?

La primera pregunta contiene la duda acerca de si cada medio habrá de presentarse ante su audiencia con productos propios y originales o asumirá un carácter parasitario. Planteado en otros términos: la cuestión reactualiza el debate acerca de si serán medios genuinamente productores o simplemente reproductores.

También cabe allí la incertidumbre acerca de quiénes producirán los contenidos que permitan la continuidad de cada servicio. ¿Se habilitarán nuevas fuentes laborales o primará el tradicional concepto empresario de obtener la máxima rentabilidad con el mínimo esfuerzo? ¿Cómo se regularán las tareas de los comunicadores para que no se vean expuestos a la sobreexplotación? ¿Estará contemplada en sus salarios la réplica de sus productos en más de un medio?

El segundo punto interpela a las audiencias. Si hoy es complejo localizar los textos que cada uno busca o necesita, en el futuro la tarea resultará aún más ardua. Cabe suponer que los programas informáticos de búsqueda adquirirán mayor protagonismo, pero siempre con un amplio margen de duda acerca de su confiabilidad y exhaustividad. ¿Habrá nuevas formas de filtrado o gate-keepers en los que pueda depositarse confianza? Es dable pensar que de los propios usuarios surgirán formas de difusión más o menos sistemáticas que intentarán volver cosmos el caos textual que se avecina. ¿Serán suficientes?

Dejamos aparte un tercer interrogante acerca de cuál será el aspecto futuro de los medios, dado el reformateo que soportan y que está modificando sus especificidades de modo significativo.

Una organización vigorosa como Radio Nederland está dando pasos decisivos para convertirse en agencia productora de contenidos. La determinación viene avalada por números: en América latina son 1500 las estaciones que retransmiten algunos de sus productos. Pero, además, sus propuestas están desbordando el carácter exclusivamente sonoro de sus textos. Los periodistas de la emisora internacional holandesa vienen incorporando a sus productos imágenes fijas y en movimiento. Esos mensajes alcanzan a los oyentes cada vez menos a través de las emisiones en onda corta y cada día más mediante las retransmisiones satelitales y por intermedio del sitio web de la radio matriz.

Procesos parecidos se registran en los portales de radios argentinas, donde se conjugan las capacidades instaladas de distintos medios que responden a la misma estructura de propiedad. Pero incluso aquellas radios que carecen de familia televisiva o gráfica también comienzan a cargar en sus sitios web material escrito, infográfico, fotográfico o de video. Con las excepciones del caso, parece que el concepto multimedial aún no está debidamente incorporado a las prácticas profesionales.

Tampoco queda claro cuál será el comportamiento de estos medios en los próximos años, cuando la reconfiguración en marcha establezca cuotas de audiencia quizá más volubles y seguramente más pequeñas. Tal vez entonces crezca la necesidad de segmentación de audiencias y especialización temática para cada medio, algo a lo que se vienen resistiendo las estructuras tradicionalistas que definen grillas de programación en las radios argentinas.

Finalmente queda el espacio para la preocupación sustancial respecto de la calidad de los contenidos que, ya en el actual paisaje mediático, se ve fuertemente condicionada por hábitos tan arraigados como inconstancia de la mirada, superficialidad de planteos, espontaneísmo que disfraza la falta de producción previa, tendencia a la fragmentación conceptual, ausencia de contextualización, descuido estilístico y demás características que favorecen la configuración de un pensamiento leve y huérfano de compromisos.

* Docente-Investigador. Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Nacional del Comahue.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-141287-2010-03-03.html