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  PANORAMA POLITICO


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Ojo que la campaña distrae al ojo. Porque la magra interna de los disidentes del PJ que terminó con un papelón interruptus entre Duhalde y Rodríguez Saá es como la mano del mago que apunta a donde las cosas no pasan. A pesar del ruido, ha sido una interna que no dejará marca. Con menos ruido, esta semana se produjeron discusiones de fondo que casi pasaron inadvertidos por una especie de naturalización, ya no de lo aberrante, sino de lo que ha costado muchos años de maduración para conseguir y que, cuando se lo alcanza, se lo digiere casi sin acusar recibo.

Más que el ambiente político preelectoral, el clima de época será consignado por algunos hechos prácticamente desapercibidos, empezando por la incorporación de la figura de la desaparición forzada de personas al Código Penal. No generó debate, casi no hubo oposición y la coyuntura no se vio conmovida por uno de sus momentos más trascendentes.

Cuando las Madres de Plaza de Mayo comenzaron sus luchas, la figura delictiva de la desaparición forzada de personas ni figuraba en las cabezas de los legistas más avanzados. Ni siquiera existía cuando empezaron los juicios a los ex comandantes durante la presidencia de Raúl Alfonsín, apenas salidos de la dictadura. Las Madres de Plaza de Mayo y en general los organismos de derechos humanos de la Argentina tuvieron un gran protagonismo en la incorporación de esta figura en la legislación internacional que empezaba a diseñar lo que ya se asume como parte de una justicia universal. Laura Bonaparte, una Madre de Plaza de Mayo que en los años ’78 y ’79 había sido veedora de Amnistía Internacional en las guerras de El Salvador y Guatemala, insistía, carta tras carta, a las Naciones Unidas para que se declarara la desaparición forzada de personas como delito de lesa humanidad. Era la vía para incorporar ese crimen, cuya modalidad se había extendido en la Argentina, a lo que comenzaba a despuntar como el territorio todavía difuso de la justicia universal. En los juicios a los ex comandantes, los fiscales tuvieron que elegir preferiblemente los casos donde habían aparecido los cuerpos. Es decir, no se juzgaba tanto las desapariciones en sí sino los asesinatos. Y esa ausencia en la configuración de ese delito en el Código Penal también fue una de las principales razones para que un grupo de jóvenes estudiantes de Medicina y Antropología creara el Equipo Argentino de Antropología Forense, que hoy asesora a las Naciones Unidas y ha logrado reconocimiento internacional.

También fue aprobada una modificación a la ley de quiebras para que los trabajadores de las empresas quebrantadas tengan un lugar de preferencia entre los acreedores y estén habilitados para adquirirlas y mantenerlas funcionando. En los años ’90 cerraron decenas de fábricas, algunas de ellas mantenidas en actividad por sus trabajadores. En 2002, cuando el proceso de quiebras se había multiplicado por la crisis y florecían en forma espontánea las empresas recuperadas, el diputado socialista Héctor Polino presentó un proyecto similar que fue cajoneado sin piedad pese a que más de diez mil familias dependían de la norma. El tema ni siquiera había podido ser discutido durante el gobierno de la Alianza, del que formaba parte también el socialismo.

La propuesta de Polino era recibida en el ambiente político como subversiva. Finalmente, esta semana fue aprobada por unanimidad. Resulta increíble que una norma que despertó tanta oposición en el momento en que más se la necesitaba, ahora sea aprobada como si fuera un saludo a la bandera. En el camino quedaron miles de trabajadores que no pudieron defender sus empresas porque la legislación vieja les negaba ese derecho solamente por una cuestión cultural de clase, con legisladores y empresarios ridículamente obnubilados por la pesadilla de que se pudiera disparar una plaga de ocupaciones o por el temor a que los obreros demostraran eficiencia en un lugar que no les corresponde, en un orden social que visualizan estructurado en castas. Las dos normas se aprobaron sin dolor, sin señoras llorando en las sacristías ni exorcismos de obispos exaltados. Los militares hubieran matado por cualquiera de las dos. Y luego los prejuicios y los miedos fantásmicos clasistas impidieron durante muchos años que se plantearan. La aprobación sin sobresaltos de las dos leyes en el Congreso constituyó, sin que la misma sociedad lo advirtiera, una marca de su maduración, una señal democrática de construcción de ciudadanía en los últimos años.

Pero de la misma manera en que hace no tanto tiempo esas dos propuestas tuvieron tanta resistencia, esta semana se planteó una fuerte oposición a un decreto del Poder Ejecutivo que anuló disposiciones de los años ’90 que privilegiaban a las grandes empresas. La norma antigua surgida durante la fiesta de la deuda externa y la demonización de lo público limitaba las posibilidades del Estado de ejercer sus legítimos derechos a la hora de fijar su participación en los directorios. Un decreto presidencial modificó esa norma y provocó una avalancha de cuestionamientos en algunos sectores de la oposición.

Pese al batifondo que armaron los partidos opositores junto a la gran prensa y al gremialismo empresario, la Bolsa ni se inmutó y hasta subieron las acciones de empresas involucradas en la decisión. El candidato oficial a presidente del radicalismo, Ricardo Alfonsín, que no veía con antipatía la decisión presidencial, se vio en la obligación de marcar la raya como dirigente de la oposición política. Explicó con verba inflamada que la medida era buena pero que le provocaba inquietud con este gobierno, porque –dijo en tono Le Carré– los directores nombrados por la Anses actuarían como espías al servicio de las empresas amigas del oficialismo.

En la legislación anterior, el Estado mantenía su plata en una empresa privada y no tenía derechos. En cambio, si el inversor era un particular, sí tenía derecho a integrar el directorio. El decreto presidencial igualó ante la ley la inversión pública y la privada y subsanó una discriminación derivada de un ideologismo neoliberal extremo. Por lo tanto, el Estado tiene derecho a integrar los directorios en un porcentaje equivalente a su inversión.

Hubo grititos y disparates, acusaciones al gobierno por “chavista” y hasta por hacer “pibismo”, porque varios de los nuevos directores designados son economistas jóvenes. El decreto presidencial modifica una desigualdad, pero en los hechos no altera el sistema de decisiones en ninguna de las empresas. Y el temor al espionaje resulta, si se quiere, candoroso, porque ya existen directores designados por la Anses en la mayoría de esas empresas, a los que a lo sumo se les agregarán uno o dos. Las expresiones de rechazo dieron más la impresión de buscar el halago a dos grandes corporaciones, Clarín y Techint, enfrentadas políticamente con el Gobierno, que han resistido por la vía judicial la incorporación de esos directores.

La regulación de las prepagas de salud es otro debate de fondo que pone a prueba los prejuicios antigremiales que la sociedad ha ido acumulando desde los años ’90, inducidos y amplificados por la gran prensa. A ello se une un pensamiento de medio pelo que confunde a propósito las luchas por la democratización gremial con el ataque a la idea de solidaridad comunitaria que sostiene a toda la organización gremial. Acotar esa discusión al “poder corporativo”, a la “caja” de los gremios o a la cara de Hugo Moyano es evadir el fondo de una discusión apasionante que hace a la construcción de un modelo de sociedad solidaria en contraste con el modelo individualista de los ’90.

La desregulación de las obras sociales gremiales que se produjo en esos años fue la culminación de un proceso de deterioro que había comenzado en los años de la dictadura a partir de la abrupta disminución de afiliados en los grandes gremios de la industria, cuyas obras sociales no tenían nada que envidiarles a las más caras de las actuales prepagas, con la diferencia de que eran más democráticas. En los ’90, la informalidad y el desempleo debilitaron al extremo a las obras sociales y en ese momento el gobierno menemista les dio la estocada definitiva con la desregulación y el surgimiento de las prepagas privadas. El debate no se reduce a volver atrás a un esquema que quizás ya no se encuadre con las nuevas realidades, sino que plantea paralelismos y divergencias entre una medicina puramente comercial y otra que tiene un sentido más social, más comunitario y solidario. Se trata de un debate que se relaciona profundamente con el tipo de sociedad en la que se quiere vivir.

Una parte del escenario estuvo en esas cuatro discusiones sobre derechos humanos, derechos sociales, el rol del Estado y la salud como un derecho, proyectando la imagen de un gran país que define su destino. Otra parte del escenario se centró en el proceso electoral donde también se mezclan ladrillo y cartón, peleítas con disputas. Y no hay contraposición ni se descalifican entre sí. Una lleva a la otra. Pero la segunda, la electoral, solamente tiene sentido por la primera, que es el proyecto.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166380-2011-04-16.html

  PANORAMA POLITICO


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Además de anunciar ganadores, todos los escenarios que puede generar la política siempre incluyen alertas, muestran resquicios o esconden resortes inesperados que los candidatos tienen que explorar antes de darse por vencidos. A siete meses de las elecciones, han sido algunos de los partidos de la oposición los que han declarado imbatible a Cristina Kirchner. Si el Gobierno hubiera reaccionado con el mismo desaliento hace un año, seguramente hubiera tenido más argumentos para bajar los brazos.

En las estadísticas menos favorables para ella, la Presidenta está entre el 37 y el 40 por ciento de los votos. No es una cifra tan demoledora si no fuera que la acompañan dos guarismos que sí le dan mucha ventaja. Tiene muy baja imagen negativa, lo que la ayudaría en una segunda vuelta. Y está muy lejos, a más de 20 puntos, de sus oponentes.

Es un escenario difícil para la oposición, pero no aplastante. Y menos en una materia como la política, que tiene una dinámica muy fluida y, sobre todo, cuando todavía faltan siete meses para un desenlace. Sin embargo, en la oposición aparecen signos de desaliento. Algunos consejeros empezaron a susurrarle a sus candidatos que se bajen de la contienda presidencial para buscar opciones más factibles. Fue el caso estas semanas de Mauricio Macri y de Pino Solanas. Entre sus filas empezaron a correr los rumores de que abandonarían las candidaturas presidenciales para competir en el distrito porteño, donde las encuestas les dan mejor.

Ambos tienen el mismo problema, que es la ausencia de una estructura nacional, lo que disminuye sus chances. Claro que al bajarse de una contienda nacional abandonan la herramienta más fuerte para construirla. Si se bajan los dos, dejan a la UCR como cabeza de la oposición. Para el partido de Pino Solanas sería también cederle a la UCR el espacio de oposición de centroizquierda. Es decir que bajándose la estaría ayudando igual que si fuera en una alianza, porque una parte importante de los votos que recibiría en la Capital Federal irían al candidato presidencial del radicalismo.

Pero la consecuencia más llamativa de este escenario, en principio desfavorable para la oposición, ha sido el anuncio del vilipendiado vicepresidente Julio Cleto Cobos de que no competirá. Si algo se le ha criticado ha sido su resistencia a renunciar a cualquier cosa. No renuncia como vicepresidente de un gobierno que ya no integra, pero renuncia como candidato que nunca llegó a ser.

La demolición de la imagen de Cobos ha sido un fenómeno impresionante en los últimos meses y constituye una fábula con moraleja que encanta al kirchnerismo y a los radicales. El hombre que abandonó el oficialismo para convertirse en el referente de la movilización más potente de la oposición, el político mimado en masa por las capas medias en el momento de mayor furia opositora, el que a pesar de su cambio de posición se negó a ceder el importante lugar al que había sido llevado por el oficialismo, se diluyó en la intrascendencia en poco menos de un año.

Un aliento cálido ha recorrido este escenario y habrá soplado en sus oídos el jueves, cuando se bajó de la competencia electoral. Es probable que haya sido la gran carcajada de Néstor Kirchner. El ex presidente había tomado la designación de Cobos en la vicepresidencia como una gran metida de pata personal. Cuando fue la derrota del Gobierno por la 125, Cobos resplandecía en el podio central de los ganadores y Néstor Kirchner comenzaba un trabajoso camino para recuperar el espacio perdido.

Era un escenario amargo para el oficialismo. Mucho más complejo y desahuciante que el actual para la oposición. Nadie daba ninguna chance al Gobierno de recuperarse de esa derrota. Una campaña mediática amplificaba además el triunfalismo de la oposición y hacía aparecer al Gobierno como un pequeño grupo en retirada, a pesar de que había movilizado cientos de miles de personas y que solamente había perdido por un voto en el Senado. Por haber sido titular de ese voto en contra del gobierno que integraba, Cobos se convirtió, en cambio, en el gran actor de ese espectáculo. Así, la oposición pasó a tener su héroe inesperado.

Para el kirchnerismo y los radicales, Cobos resume la figura de la deslealtad. Es probable que el vicepresidente no se haya dado cuenta de que la semilla de esa imagen se iba a convertir en su principal problema. No solamente por la desconfianza lógica que generan los repetidos cambios de posición en un político, sino porque no se preocupó en lograr que esos cambios proyectaran la densidad de una decisión de última instancia, de algo que no se puede hacer todos los días. Por el contrario, dio la sensación, incluso a sus seguidores, de que tomaba siempre el camino más fácil y hasta con cierta frivolidad.

Entre ese Cobos, el prócer republicano y candidato insuperable, al actual, que no tiene porcentaje ni para aspirar a conducir su provincia, hay un trayecto mal caminado, una caída dramática donde comenzó a primar la imagen del hombre desleal sobre la del que supuestamente se sacrificó por una cuestión de principios, como él mismo alega. El que había salido de la 125 era, para la oposición, ese hombre que se sacrificaba por los principios. En cambio, el que pierde imagen es el desleal que prefirió el bando de los que ganaban.

Cobijado por el guiño del discurso granmediático, solamente al comienzo Cobos se preocupó por el doble filo de su voto no positivo. Después se olvidó. Fueron pocos los que le echaron en cara su cambio de posición, pero todos pusieron en tela de juicio que no hubiera renunciado al gobierno contra el que había votado. La renuncia hubiera sido la expiación en su propio relato dramático, la explicación de que no sólo lo había hecho por abandonar un barco que los medios daban por hundido.

En aquel momento, las encuestas que lo colocaban como el eventual candidato mejor ubicado de la oposición también le decían que su ventaja sobre los demás provenía del hecho de ser vicepresidente, como si la épica de su oposición estuviera en su pertenencia al Gobierno. Y le advertían que si renunciaba, perdería esa ventaja y pasaría a ser uno más. Resulta paradójico que, sin haber renunciado, esté peor que si lo hubiera hecho.

La renuncia hubiera disipado el efecto de deslealtad de su voto. Lo hubiera colocado en el llano, sin ventaja sobre sus competidores, pero con un saldo a favor y con un trayecto para ascender. No renunció, y le pasó lo contrario: descendió y su imagen quedó con un saldo negativo. Muchos de los que ahora lo desprecian, no le pidieron en aquel momento que renunciara, porque también especularon con los réditos de la vicepresidencia. Pero el radicalismo opositor le exigió siempre la renuncia para reincorporarlo.

Para su imagen ya no tiene importancia si renuncia o no porque difícilmente se recupere, aunque en política ni siquiera la muerte es definitiva. Cuando fueron las exequias de Kirchner, la inesperada multitud vituperó a Cobos. En forma espontánea, los jóvenes que asistían a Plaza de Mayo colocaron su figura como la antítesis de la de Kirchner.

Cuando fue la derrota del Gobierno con la 125, Kirchner buscó aparecer como el principal perdedor para amortiguar el efecto sobre la Presidenta. Y ese lugar se corroboró en las elecciones que perdió en el 2009. En ese caso, para ayudar a su esposa buscó el camino más difícil para él. Cobos, en cambio, era la sonrisa brillante del barrio norte porteño. En esa polaridad sus destinos quedaron unidos: cuando asciende Kirchner, Cobos va para abajo y es difícil disputar política con el recuerdo de un hombre.

Cobos renunció enojado a su candidatura. Le hubiera gustado no hacerlo. La semana anterior había coqueteado con el ex presidente Eduardo Duhalde que, a su vez, también lo hace con Macri. En política no importa si las coincidencias son casuales; si existen, plantean un camino interesante para recorrer. Los amagues de Macri o de algunos columnistas por la unidad de toda la oposición son fuegos artificiales, pero es innegable que, a pesar del desaliento, hay una inclinación a confluir por sectores.

Aunque sólo falten siete meses para las elecciones, no puede decirse que haya un escenario definitivo y sería un error de la oposición y el oficialismo tomar decisiones definitivas como la de Cobos por una coyuntura que todavía es de disputa.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165894-2011-04-09.html

  OPINION


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“Apoyé a Menem como lo hizo todo el peronismo. Y apoyé las privatizaciones de los noventa como lo hicieron todo el peronismo y también los medios de comunicación”, dijo en el 2003 el secretario general de la Unión Ferroviaria, José Pedraza, que en ese momento se apresuraba a expresar su respaldo a Néstor Kirchner. Son declaraciones que sirven ahora para entender la decadencia de su gremio y arrojan luz sobre la importancia de un proceso legal transparente.

Durante la década de los años ’20, ’30 y ’40, la Unión Ferroviaria jy La Fraternidad fueron los sindicatos de mayor peso en el movimiento obrero, muy influidos por los socialistas. Cuando se creó la primera CGT, en 1930, tenía 124 mil afiliados, 90 mil de los cuales eran ferroviarios. En esa época, las decisiones que tomaban los ferroviarios afectaban al resto de los trabajadores, tanto cuando decidían medidas de fuerza como al firmar convenios salariales. En los ’50, ya mayoritariamente peronistas, fueron desplazados, no porque decayeran, sino porque a la luz del proceso de industrialización del país creció con mucho impulso el sector de los obreros metalúrgicos.

A fines de los ’80, los metalúrgicos se cayeron y fueron reemplazados otra vez por un gremio del transporte, pero ya no el ferroviario, sino el de camioneros. A diferencia de los ’50, esta vez la conducción gremial había sido partícipe en ese proceso de decadencia. Lo reconoce Pedraza cuando recuerda su apoyo a las privatizaciones, que incluyeron, previamente, el despido de más de 90 mil obreros.

Ahora el convenio testigo es el de los camioneros, que acaban de acordar un 24 por ciento de aumento salarial escalonado. Sin embargo, la dirección de la Unión Ferroviaria –que tiene a sus dos directivos más importantes encarcelados en el juicio por el asesinato de Mariano Ferreyra– disparó la paritaria de su sector, y en general la del transporte, al reclamar el 35 por ciento de aumento.

La relación entre Pedraza y el gobierno ha sido irregular. De aquel apoyo del 2003, Pedraza pasó a una especie de acompañamiento incómodo aunque nunca se mostró como opositor. Que la Justicia haya podido actuar en zonas sensibles del poder gremial constituye una novedad auspiciosa. De la misma manera lo es que el Gobierno se haya solidarizado con la familia de la víctima y no intervenga en el proceso legal a pesar de saber que sufrirá presiones desestabilizadoras como en la discusión paritaria. Ambas actitudes abren puertas y oxigenan la calidad institucional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/165660-52916-2011-04-06.html

  PANORAMA POLITICO


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La visita de Chávez y el piquete que impidió la distribución de Clarín el domingo se combinaron para mostrar la forma en que la lectura equívoca de dos hechos tiene como consecuencia escandaletes como burbujas de jabón. En las realidades virtuales que van conformando los discursos mediáticos, dos más dos pueden ser menos veinticuatro o cuarenta y dos. La realidad se convierte en una materia plástica de verdades a medias, complicidades, implícitos, sugerencias, pequeñas o grandes mentiras ultrarrepetidas y falsos axiomas sobre los cuales se construyen, a su vez, verdades que a esta altura ya son indiscutibles.

Tanto han embromado desde la derecha, y también desde algunos sectores progresistas y de izquierda, con que Chávez es un dictador, que resulta absurdamente difícil intercalarle a esa afirmación algunas dudas que se asientan en hechos objetivos. En la complicada realidad venezolana, los medios tratan de asimilar la figura de Chávez a la del clásico dictador latinoamericano, y éste a su vez se desclasifica permanentemente de ese lugar. Por ejemplo: si hay algo que tendrían que reconocerle a Chávez es que siempre ganó las elecciones en forma democrática y que soporta estoicamente la guerra sucia de una prensa mayoritariamente opositora. Esta prensa y sus periodistas claman todo el tiempo por la falta de libertad de prensa cuando ellos mismos son el testimonio opuesto de lo que denuncian. En esos dos aspectos, el mandatario venezolano tiene un hándicap envidiable. Se podrá discutir que esos dos factores por sí solos no implican la existencia de un sistema democrático pleno o se podrá disentir con sus políticas, pero cualquiera que visite Venezuela escuchará, verá y leerá el relato groseramente opositor más que el oficialista en los medios masivos.

Cuando el martes la Facultad de Periodismo de La Plata distinguió a Chávez, hubo una avalancha de titulares en los grandes medios locales. Un periodista que ahora parece agendado en los programas del grupo Clarín, en TN y Canal 13, llegó a comentar con absoluta ignorancia que “un programa como éste no lo podrían hacer en Venezuela”. Hay más programas “como ése” en Venezuela que ninguna otra cosa. No es necesario mentir para hacer oposición desde el periodismo.

En medio de la ruidosa campaña mediática opositora en Venezuela, en la que es imposible discernir entre verdad o mentira por el tono de diatriba y odio, Chávez no le renovó la licencia a RCTV, la televisora que había apoyado el golpe de Estado. Venció la licencia y Chávez no se la renovó, lo cual está contemplado no solamente en la Constitución venezolana sino en los pliegos de concesión en todo el mundo.

Tanto es así que, por ejemplo, en 2005, en Madrid, España, se cerraron 21 emisoras locales de televisión y 33 radios que emitían ilegalmente. Nadie denunció que podría tratarse de un ataque a la libertad de prensa. Las emisoras clausuradas habían quebrantado los requisitos legales para funcionar. En el caso de las 34 emisoras que cerró Chávez, la historia es similar, pero aquí, obviamente, se trata de un “ataque a la libertad de prensa”. La historia real es que se formó una comisión para averiguar el estado de las concesiones y actualizar su situación. Varias radios ignoraron la convocatoria de la comisión, la que había descubierto numerosas irregularidades, tales como la existencia de concesionarios fallecidos cuya licencia era utilizada por otras personas, la no renovación de los trámites administrativos obligatorios o simplemente la ausencia de la autorización para transmitir. Se les dio un plazo para normalizar su situación y las que no lo hicieron (34 entre más de 200) perdieron sus licencias. Chávez puede ser criticado por muchas cosas, pero no por ésta ni por sus performances comiciales.

La polemizada distinción a Chávez se entregó el martes. En la madrugada del domingo un grupo de trabajadores gráficos realizó un piquete gremial que impidió la distribución de la edición del domingo de Clarín. La medida gremial más discutible que pueden realizar los trabajadores de prensa es impedir la salida del medio en que trabajan porque en algún punto también se están afectando a sí mismos. Por lo general se trata de un recurso de última instancia. Cuando se plantea en las asambleas gremiales siempre genera largas discusiones. Pero cualquiera relacionado con el trabajo en los medios o en cualquier otro rubro, sabe que en un conflicto gremial está latente la posibilidad de una medida de ese tipo. Y Clarín sobrelleva con esos trabajadores un largo conflicto que ya pasó por infinidad de instancias institucionales y legales.

El episodio que trabó la salida de su edición del domingo se encuadró en esa larga historia, pero la empresa prefirió denunciarlo en el marco de la guerra que declaró al Gobierno. Así trató de convertir un hecho de características gremiales en un ataque a la libertad de expresión organizado por el oficialismo. Se fogoneó la idea de una patota kirchnerista atacando la salida de un diario crítico, como si además fuera algo de todos los días, lo cual encajaba como un chiste con el premio de la Facultad de Periodismo de La Plata a Chávez, por impulsar la prensa popular.

Las dos situaciones, la de Chávez y la del piquete, se asentaban en dos imágenes falsas y se utilizaron para crear otro fantasma: dos gobiernos emparentados por el avasallamiento a los medios. Si Chávez ataca a los medios y el Gobierno recibe a Chávez y lo premia por su política de prensa, entonces el Gobierno sería sospechoso también de tener la misma mirada autoritaria hacia los medios, lo cual confirmaría que fue el Gobierno el que organizó el ataque a Clarín.

La situación argentina no está atada a lo que sucede en Caracas aunque coincidan en muchas cosas. Son gobiernos que surgieron como oposición a las políticas neoliberales de los años ’90, pero que están insertos en procesos particulares, independientes y con características propias según los procesos históricos, económicos, políticos y culturales de cada uno. Aun así, lo real es que en Venezuela la libertad de expresión está vigente, lo que se puede verificar fácilmente porque la mayoría de los medios son opositores muy duros y por lo tanto Chávez no puede ser tan ogro como lo pintan, por lo menos en ese aspecto. Pero por su pelea con Estados Unidos, los medios internacionales han convertido al venezolano en el más malo en todos los aspectos y dan la sensación de que nadie en Venezuela podría decir o publicar nada en su contra.

El contraste entre la realidad y esta imagen es tan fuerte que sorprende el grado de credibilidad que logran pese a ello. Y el objetivo implícito, por supuesto, no es dar cuenta de una realidad, sino aislar al proceso político venezolano. Para los demás gobiernos tiene un costo externo e interno recibirlo y mantener relaciones amistosas con él. En otro momento internacional, esa difamación hubiera sido más efectiva. Sin embargo, la potencia de esa imagen negativa mediática es amplificada por los grandes medios locales y alcanza para proyectar otra falsa imagen en Argentina. Como si el galardón otorgado a Chávez se convirtiera en una especie de certificación de la responsabilidad oficial en el conflicto de Clarín.

El debate planteado de esa manera, entre dos realidades que no tienen puntos en común, es casi imposible. Así, el discurso mediático tiene que ser inapelable y hasta pendenciero, como el tono de algunos de los periodistas “independientes” locales que tratan de ganar popularidad de esa manera. Cualquier posible concesión al intercambio de ideas, al debate abierto, desbarata esa construcción y por eso el debate es prácticamente imposible.

Una característica muy fuerte de esta época en que los medios tomaron una importancia tan grande, y que en el caso de Sudamérica además se han convertido en la principal oposición política a los gobiernos progresistas, es que la discusión de contenidos –sobre si una medida es correcta o no– pasa a un segundo plano y adquiere preponderancia el análisis del discurso. Como si estuviéramos en un universo engañoso donde todos parecen querer lo mismo, aunque en realidad haya muchos intereses contrapuestos y prioridades diferentes que no se exponen con claridad.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165419-2011-04-02.html

  PANORAMA POLITICO


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La explosión de regímenes autocráticos y pleistocénicos en el mundo árabe suministró algunas ideas a los analistas de la oposición. El impacto de esos remezones hizo que la equivalencia, sugerida entre líneas, con el gobierno argentino fuera una tentación demasiado fuerte para evadirla. Hubo un debate sobre las supuestas ambiciones de eternizarse al estilo Mubarak, discursos sobre megacorrupciones al estilo del mandamás tunecino o sobre el fanatismo de jóvenes izquierdistas que estimulan poses mesiánicas al estilo Khadafi. El foco de estas elucubraciones, advertencias y velados desprecios está puesto sobre la nueva generación que se incorpora a la militancia. Es uno de los fenómenos más renovadores de la política en los últimos años y por lo tanto el nuevo blanco para aniquilar. Cuanto más se manifieste, mayor será el esfuerzo para devaluarlo y demostrar que cualquier expresión de la utopía termina en cinismo, corrupción o autoritarismo. Los jóvenes tienen que pensar y actuar como viejos desahuciados en una sociedad desahuciada.

Es un momento particular para estos analistas, sin que haya un candidato que los entusiasme, ni siquiera los que ellos respaldan, y dando por perdidas las próximas elecciones presidenciales. Como el novio desairado que azuza la caricatura de su competidor-ganador, quieren mostrar los reflejos equívocos de la crisis nordafricana como un pariente cercano de lo que pasa –y podría pasar en el futuro– en la Argentina.

Se habla de las relaciones con Khadafi, iniciadas por Perón en los ’70, sostenidas por López Rega y recientemente realimentadas por la visita de Cristina Fernández a Libia en una gira por el mundo árabe. Con los Kirchner, habría odaliscas, jeques y vientos del desierto en los jardines de Olivos. El parangón tiene su chiste. Alguien comentó también que esa figura de los esposos alternándose eternamente tenía tufillo a café turco.

Perón inició en los ’70 la relación con Khadafi, porque fue en esa época que surgió el político libio. Con excepción de López Rega, Carlos Menem y Leopoldo Galtieri, las relaciones de los gobiernos argentinos con el libio se mantuvieron en lo diplomático y comercial. En el último viaje presidencial por la región, los discursos y actitudes fueron similares en todos los países que se visitaron, desde Turquía hasta los emiratos del Golfo. El último khadafista reconocido en Argentina fue Carlos Menem.

La idea de eternizarse en el sillón no es solamente del mundo árabe, pero en todo caso es muy diferente la delegación de un poder heredado de padre a hijo o de esposo/a a esposa/o que cuando esa delegación no se da sino que cada quien tiene su propio peso específico, su propia militancia y su propia identidad. En ese caso, el parentesco es anecdótico y la equiparación, muy forzada.

Argentina no sufre un régimen sahariano, pero las admoniciones que se dirigen sobre todo a la juventud parecieran apoyarse en esa hipótesis: advierten sobre las revoluciones nacionalistas o de izquierda “porque miren como terminan”. La acusación no es tanto por no ser democráticos, sino por expresar una idea nacional o de izquierda. Porque los jóvenes a los que están dirigidos estos sermones no se han manifestado como antidemocráticos, sino que en su mayoría participa en fuerzas democráticas, nacionales o de izquierda, del oficialismo y de la oposición.

Para estos obispos del periodismo opinado, las ideas progresistas de izquierda o antiimperialistas son las que llevan a ese destino. Sin embargo, por acá, las únicas dictaduras que hubo fueron todas de derecha desde el principio hasta el final. Resulta interesante anotar que el régimen de Mubarak en Egipto hace mucho que había dejado atrás el nacionalismo de Nasser para convertirse en un gran aliado de la política norteamericana en la región; que el partido de gobierno derrotado en Túnez era socialdemócrata, afiliado a la Internacional Socialista, por lo cual la reacción europea fue tardía, y que el principal aliado de Khadafi no era Chávez, sino Berlusconi, que se resistió a condenarlo.

En todo caso, resultaría interesante investigar los motivos que llevaron a estos regímenes que en sus comienzos tuvieron mucha popularidad a ser derrocados por grandes movimientos populares. Gobiernos que, además, cambiaron sus contenidos y terminaron haciendo lo opuesto a lo que se habían planteado al empezar.

Esta preocupación por la juventud aparece cuando después de mucho tiempo se produjo un sacudón generacional que llevó a miles de jóvenes a interesarse nuevamente por la política. Por el contrario, los analistas no se preocuparon cuando los pocos jóvenes que se acercaban a ella lo hacían para enriquecerse o cuando varias generaciones renegaron de ella.

A veces el discurso trata de ser aleccionador y desde el cinismo habla de “las ilusiones en falsas revoluciones”. Otras es directamente despreciativo: “Muchachos métanse a la Cámpora que se van a hacer ricos”. O son muy tontos o son muy corruptos. Y también están los que muy al estilo Vargas Llosa hablan de “las buenas intenciones de los fanáticos que, indefectiblemente, desembocan en las masacres”. Todas estas frases se han repetido en las últimas semanas, usando a veces la crisis en Medio Oriente como telón de fondo y otras el debate sobre la invitación a Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro o el furcio de una diputada oficialista que planteó su deseo de una re-reelección.

En forma solapada, y a medida que el fenómeno se hizo visible, se fue abriendo una nueva zona de debate relacionada con la juventud. Los pioneros fueron Mariano Grondona y Marcos Aguinis, cuando equipararon a estos jóvenes con las juventudes hitlerianas. La obsesión por los “fanáticos” sobresale en esas miradas a las que, sin embargo, no les preocupan los “fanáticos” por enriquecerse o por hacerse famosos de cualquier manera, ya que éstos serían los paradigmas aceptables. El hijo de Vargas Llosa, quien ya no es tan joven, aunque en algún momento fue criado como un joven por el escritor, suele residir en Miami y se mueve en ese mundo de valores. Sin nada del talento de su padre, se hizo famoso entre las derechas latinoamericanas con un libro que declara “idiotas” a los que no piensan como él. Pero nadie lo calificará de “fanático” porque va atrás de un negocio: lo que hace tiene un sentido. En cambio, un joven que tiene vocación social, actúa por solidaridad, sensibilidad y con desinterés material o personal, no tiene sentido y sí resulta sospechoso de fanatismo, como el protagonista de El sueño del Celta, la última novela de Vargas Llosa. Seguro que un idealista se convierte en fanático y termina poniendo bombas con el IRA. Por eso, lo mejor es que los jóvenes sólo ambicionen enriquecerse y que sus preocupaciones sociales solamente apunten contra aquello que ponga límites a esa posibilidad. No eduquemos guerrilleros del IRA y sí ciudadanos del libre mercado.

Esa idea no es nueva. En los años de la dictadura y aun durante los ’80 y los ’90, ese discurso se instaló como hegemónico a causa del miedo. El drama de la militancia setentista fue un argumento terriblemente aleccionador. El terror fue tan grande y caló tan hondo que, aun después de que los militares se hubieran retirado, hizo difícil una reflexión serena. Los entusiasmos por la nueva democracia y las esperanzas fueron destellos que se encendían esporádicamente a pesar de todo, para ser apagados por el pragmatismo y el cinismo y volver a aparecer cada vez con menos fuerza hasta la crisis del 2002. Paradójicamente, esa crisis terminó por separar de la política a las nuevas generaciones y, en general, a la mayoría de las personas.

Aunque en lo inmediato no todos se beneficien de la misma manera, a mediano plazo el regreso de los jóvenes que emergieron tras la muerte de Néstor Kirchner redunda en beneficio de la democracia y de todos. Pero están los que se sienten amenazados por ese fenómeno y serán sus principales enemigos, sobre todo en los medios. Cada joven que asome la cabeza como dirigente o como funcionario será puesto bajo la lupa, destripado, denunciado y descalificado, y será atacado por tonto, inepto, fanático o corrupto. Esos jóvenes tienen un desafío muy grande porque a ellos se lo pondrán más difícil. Están obligados a no dejar ningún flanco al descubierto y a demostrar que se puede gestionar o militar desde un lugar distinto al de la vieja política. Ellos tienen la gran oportunidad histórica de construir paradigmas más limpios, más reales y modernos, para una nueva acción política. Implica sacrificio sin estrecheces pero sin grandes retornos materiales. No es una cuestión de vida o muerte, pero tiene el valor supremo de un proyecto que le da sentido a la vida. En muchos aspectos, es la retribución más valiosa.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-163503-2011-03-05.html

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Para el imaginario de los Estados Unidos, el estereotipo principal de latinoamericano es el del inmigrante ilegal. Es el moreno pobre, ignorante, que se ofrece para los trabajos menos dignificados y peor pagos, que no acepta la cultura norteamericana y vive pensando en su lugar de origen. Lo ven promiscuo, familiero, machista. Ese es el latinoamericano que no quieren, el que aparece en las series de televisión como pandillero y narcotraficante y al que le atribuyen responsabilidad por los peores males de su país.

Pero desde los años ’80, un poco a la sombra de la globalización, se fue forjando también el estereotipo opuesto, el del latinoamericano que ellos quisieran que, en principio, se defina por un lugar geográfico que no está en Latinoamérica, sino en Estados Unidos, pero que tiene la mágica propiedad de producir latinoamericanos como ellos quisieran.

No es Nueva York, la gran metrópoli cultural, ni el San Francisco de los artistas y la libertad. Miami, la capital del plástico y las barbies, empezó siendo el lugar de asentamiento de los cubanos que abandonaban su país tras la revolución cubana. Muchos de ellos habían sido funcionarios de la derrocada dictadura de Fulgencio Batista, ex militares y ex policías del régimen que habían perdido sus privilegios y se proponían seguir su lucha contra Fidel Castro desde los Estados Unidos. La CIA captó a muchos de ellos, financió sus actividades, muchas veces dándoles acceso a negocios importantes y muchos en el rubro de la comunicación. De esa manera facilitaron que los más corruptos y derechistas se convirtieran en referentes de la comunidad cubana de Miami que, a su vez, se transformó en la comunidad latina más conservadora y reaccionaria.

Algunos de esos cubanos captados por la CIA se convirtieron con su apoyo en importantes empresarios. Otros fueron agentes que la CIA usó para realizar todo tipo de tropelías durante la Guerra Fría. Se habló de que estuvieron involucrados en grandes asesinatos, como el del presidente John Kennedy, y participaron en la Operación Cóndor en América latina, en el entrenamiento de terroristas nicaragüenses y paramilitares salvadoreños, en el golpe de Pinochet y el asesinato de Letelier, en Automotores Orletti y el asesinato del general chileno Prats en Argentina, y realizaron atentados terroristas en Cuba y la Venezuela de Chávez. Esa es la matriz ideológica del latinoamericano que ellos quisieran, la que se presenta como antítesis del espalda mojada que llega fundamentalmente de México, Puerto Rico y Santo Domingo. A los dos estereotipos los usan para los trabajos sucios. El inmigrante, el trabajo físico, y el miami-adicto, el ideológico.

Al final de la Guerra Fría, la proyección ideológica de Miami se fue transformando. Siguió siendo la comunidad latina más reaccionaria del mundo, pero las dictaduras militares habían pasado de moda y ellos se reacomodaron a esa nueva realidad. Durante la época de las dictaduras de los ’70 y ’80, Miami había empezado a convertirse en un centro de atracción turística para un sector de las capas medias y altas de los países que soportaban esas dictaduras. Encontraban un lugar atractivo, pero también un ámbito ideológico que les daba cobijo, justificación y apaño.

Con los años, aquellos cubanos que habían sido convertidos en empresarios por la CIA fueron más importantes que los agentes de la Guerra Fría. Crearon ONG con filiales en todo el continente para fiscalizar democracias y contrabandear ideología y llevaron sus negocios a esos países, donde pasaron a tener influencia. Con la ayuda de los medios de comunicación locales y trasnacionales –en muchos de los cuales tienen intereses–, Miami se fue convirtiendo en un centro turístico importante, pero también en una especie de Meca ideológica para ese derechismo naturalizado que dice renegar de la política pero que simpatiza con el autoritarismo y el capitalismo salvaje. Es el lugar donde se cocinan los discursos contra los gobiernos populares latinoamericanos en función de un esquema de libre mercado y admiración por la gran potencia. Por obra de alguna falla cósmica (o hegemonía cultural en este caso), los viejos promotores y aliados de las dictaduras latinoamericanas pasaron a convertirse en fiscales de la libertad de prensa, de la transparencia política o de la institucionalidad democrática.

Esos son los dos estereotipos de latinoamericano que los norteamericanos proyectan: el inmigrante pobre al que rechazan y el latino al que apadrinan por su servilismo y su falta de sentido nacional propio. El miami-adicto desprecia a su propio país, al que compara todo el tiempo con los Estados Unidos, y quisiera nacer otra vez como norteamericano. De la misma manera, menosprecian a cualquier gobierno de sus países que no exprese el mismo deslumbramiento que ellos sienten por los Estados Unidos. Todo lo que pasa en sus países les parece ridículo, producto de la ignorancia, de la falta de apego al trabajo o de la falta de educación. Algunos son tan elementales que escriben libros con pretensiones periodísticas o sociológicas con esa mirada.

Cuando la carga del avión de la Fuerza Aérea norteamericana fue retenida en Ezeiza la semana pasada, una parte del país pareció actuar como Miami-adicto y razonar con esas pautas. Como lo que piensan las personas en general no tiene difusión, esa categoría (una parte del país) abarca en realidad sólo a los grandes medios y algunos de sus periodistas, y a los políticos de la oposición. En Argentina, los Miami-adictos son una minoría que se siente superior al resto. Juzga que por vacacionar en Miami ha sido tocada por el aura del amo, frente a las mayorías que son despreciadas ya se sabe por qué.

Por su nivel socio-económico y sus intereses culturales, muchos de los Miami-adictos son lectores de La Nación, que fue el diario que difundió la primicia del avión norteamericano detenido en Ezeiza con una nota corta publicada en su edición del viernes pasado, y otra más completa el sábado, en las que daba cuenta del episodio en sintonía con la visión norteamericana de lo sucedido. La versión que transmitió La Nación dejaba muchos interrogantes abiertos que provocaban la curiosidad periodística. El domingo, en el artículo de tapa de Página/12, Horacio Verbitsky dio otra versión de los hechos, que finalmente fue la que se confirmó, porque el famoso listado de artículos que debían entrar a la Argentina no coincidía con los que traía el avión.

Pero lo más extraño del asunto es que periodistas que trabajan en los grandes medios calificaron de “prensa adicta” a Página/12 por publicar información que ellos también tendrían que haber conseguido y no lo hicieron. Fue más periodístico buscar esa información y publicarla, como hizo Página/12, que desjerarquizarla porque no se ajustaba a sus versiones, como hicieron ellos. Y lo más sorprendente de todo es que algunos periodistas “famosos” que usaron esa fórmula para calificar a Página/12 lo hicieron desde La Nación, que a partir de entonces publicó sin chistar ni cotejar las versiones que provenían, a todas luces, desde las posiciones estadounidenses. Habría que ver entonces a quién sería “adicta” La Nación o esos periodistas.

Sin aprender de los tropezones, la mayoría de la oposición aceptó nuevamente que los grandes medios le impusieran la agenda. Con la excepción de Ricardo Alfonsín, que aclaró que sin estar en conocimiento de los hechos, en cualquier caso, en territorio nacional, los Estados Unidos debían cumplir las leyes argentinas, todos los demás siguieron el libreto granmediático Miami-adicto. Se preocuparon por los intereses norteamericanos y cuestionaron duramente la decisión aduanera. Los grandes medios sobreactuaron la defensa de los intereses norteamericanos y acusaron al gobierno nacional de haber desatado una grave crisis con la potencia del Norte. Y los políticos de la oposición, encabezados por el Peronismo Federal, por el macrismo y el radical Ernesto Sanz, movieron la boca para decir lo mismo, como reviviendo las viejas épocas de las “relaciones carnales”. En todo caso, es previsible lo que harían si alguna vez llegan a la Casa Rosada.

Cuando fue evidente que el Departamento de Estado de los Estados Unidos no quería convertir el incidente en una crisis grave entre los dos países y le bajó el tono a la discusión, los grandes medios que habían sobreactuado el enojo norteamericano dijeron entonces que era el Gobierno el que había sobreactuado su posición. Fue una voltereta en el aire que también obligó a sus seguidores de la oposición a cambiar: de pronosticar hecatombes pasaron a acusar “sobreactuación”, un cargo muchísimo menos atractivo para la campaña electoral.

En la Argentina, el fenómeno Miami-adicto está circunscripto a un grupo social reducido, si bien sus esquirlas, aunque dispersas, están presentes en el sentido común hegemónico. Hay un sentimiento lógico bastante generalizado de rechazo a esa actitud despreciativa de lo propio, cuyo destino no es la superación, sino la derrota. Una derrota de la identidad y la cultura –que no está planteada en las relaciones diplomáticas, sino en las culturales–, que expresa la aceptación de una actitud subordinada para vivir de las migajas de la prosperidad que se envidia, renunciando ex profeso a esforzarse para lograr la prosperidad de la comunidad a la que se pertenece.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162671-2011-02-19.html

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La crisis política en la Unión Industrial Argentina expuso la pobreza de opciones en un sector con tanto peso y cuyo escaso margen de maniobra se convierte en un lastre para el resto de la sociedad.

Muchas veces en los balances históricos subyace una especie de desazón generalizada sobre la suerte de la Argentina. Se piensa que le tendría que haber ido mejor y, en general, le echan la culpa al populismo o al sindicalismo, como hizo el escritor Mario Vargas Llosa. Son dos lugares comunes del pensamiento hegemónico en el país. El gran escritor peruano es un político pequeño. Los lugares comunes que evita con inteligencia en su obra los colecciona hasta el aburrimiento en su discurso tan latinoamericano-Miami-residente.

En general, esos balances siempre toman un referente de comparación. Para algunos son los Estados Unidos y últimamente se ha puesto muy de moda mirar con cierta envidia a Brasil, al crecimiento de su economía y la transformación que está produciendo. Los que hasta no hace tanto calificaban a Lula como un subversivo peligroso, ahora lo consideran un estadista y se lo envidian al país vecino.

Y también se da el proceso inverso: los que siempre simpatizaron con Lula en Argentina, le envidian a Brasil sus empresarios. Y no porque esos empresarios sean progresistas o centroizquierdistas, sino porque tienen un proyecto global más o menos homogéneo, desde el cual generan interlocutores bastante representativos desde el poder económico hacia el poder político. Siempre ha sido una característica de la burguesía brasileña, incluso cuando su economía estaba por detrás de la Argentina. Más aún, cuando los militares argentinos daban golpes instigados por sectores económicos siempre derrapaban en Argentina hacia el liberalismo y el desastre. En cambio, en Brasil, las dictaduras, también instigadas por sectores de la economía, fueron de-sarrollistas. No es cosa de terminar envidiándoles también a los militares, que tanto allá como aquí, siempre tenían detrás a empresarios poderosos.

La clase empresaria brasileña tiene una cultura política más desarrollada que sus colegas de la Argentina. Lula en la oposición era visualizado más a la izquierda que la mayoría de los principales gremialistas argentinos. Convocaba a los viejos guerrilleros, a los gremialistas combativos y clasistas, a la izquierda cristiana y a los partidos marxistas. Era el cuco clásico de cualquier burgués. Sin embargo, en las primeras elecciones que ganó, llevó como vice a José Alencar, un empresario multimillonario, vicepresidente de la Confederación Nacional de la Industria de Brasil. En Argentina resultaría impensable una fórmula presidencial con un sindicalista obrero combativo a la cabeza y un multimillonario y dirigente empresario como vice. Es una construcción que no entra en los esquemas nacionales. No existe un sindicalista que tenga esa historia y esa convocatoria. Pero además ninguna organización empresaria especularía siquiera en poner a uno de los suyos como vice de un candidato que no fuera de la derecha liberal, porque ése es el único parámetro por el que se permiten transitar.

A los pocos días de que Lula asumiera la presidencia, los metalúrgicos lanzaron un paro en demanda del diez por ciento de aumento salarial. Al mismo tiempo, Alencar arremetió contra las altas tasas de interés de los préstamos bancarios. Eso fue a los pocos días, pero esas tensiones se mantuvieron durante los dos mandatos, porque Alencar también acompañó a Lula en el segundo período. El punto de síntesis entre esas contradicciones era que les empezó a ir bien a los empresarios y a los obreros, por lo que las tensiones siguieron, pero los dos sectores se avivaron que solos –cada uno por su lado– les iba a ir peor.

Argentina tiene su propia tradición histórica, política y cultural. En algunos sentidos más avanzada que la brasileña, en cuanto a que las transformaciones sociales fueron anteriores. Pero en otros sentidos más atrasada. En este segundo renglón pueden incluirse las intervenciones políticas de los empresarios, la mayoría de las veces con un esquematismo ideológico tan intransigente como irresponsable. Cualquiera tiene derecho a pensar lo que le parezca, pero el peso que tiene cada sector sobre la realidad debería estar en consonancia con su responsabilidad. El ultrismo ideológico martinezdehocista llevó a una masacre en el país y al desastre económico. Pueden pensar lo que quieran, pero no pueden darse el lujo de ser ultras y esquemáticos como si se tratara de una secta de fanáticos, porque tienen demasiado poder y cada uno de sus movimientos provoca consecuencias de fondo en la sociedad.

Hablar con un empresario argentino da miedo. El hombre cree que tiene sentido común y que la mayoría piensa como él y es todo lo contrario. No tiene sentido común y está lejos de lo que piensa la mayoría. Pero más allá del contenido ideológico, lo que asusta es su imposibilidad de ver que comparte un espacio con muchas otras personas que no piensan así, que tienen otros intereses, otras miradas y que está obligado a ser flexible si no quiere agravar las tensiones entre esos disensos.

El empresario brasileño puede ser tan derechista o más, pero sabe que la mayoría de la gente piensa diferente porque mira a la sociedad desde otros lugares menos privilegiados. Aprendieron que un país no es una empresa donde la gente obedece por un salario. Las sociedades en las que están insertas las empresas son mucho más complejas y por eso la política es la que tiene que orientar a la economía, porque es la que da cuenta de esa complejidad. Las ortodoxias económicas de laboratorio, que pueden funcionar o no en una empresa, llevan al estallido de las sociedades y, en definitiva, al fracaso de las empresas que también sufren esa conmoción.

“Con Menem nos sentíamos bien pero nos iba mal, en cambio con el kirchnerismo nos sentimos mal, pero nos va bien” es una frase que se le atribuye a un empresario. Lo mismo con la dictadura: se sentían bien mientras los hacían bolsa.

La interna de la UIA es tan horrible como la de los obispos, donde el arzobispo Jorge Bergoglio representaría la “izquierda”. Y un cavernícola como el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, tiene posibilidad de llegar a la cima del Episcopado. Las cúpulas empresaria y eclesial salen con los tapones de punta y sólo buscan conectarse con porciones muy segmentadas y minoritarias de la sociedad. Desde allí se relacionan en forma beligerante con todos los demás. Ideológicamente son conservadores, pero lo más grave es que no tienen flexibilidad para relacionarse con posiciones distintas.

Se supone que el kirchnerismo ganaría las elecciones si Cristina fuera candidata. Son situaciones diferentes, pero las cúpulas que representan a la Iglesia Católica –la mayoría de los kirchneristas profesan esa religión– y a los empresarios, no plantean opciones que no sean la confrontación para relacionarse con esas mayorías. En el caso de la Iglesia, se queda sin diálogo con la mayoría de sus feligreses. A su vez, los empresarios son los que más se han enriquecido en estos años y están enojados como si el kirchnerismo los hubiera despojado. Acaban de romper todas las marcas históricas en la venta de automóviles, pero si se escucha a Cristiano Rattazzi, el hombre que representa a las automotrices, cualquiera podría pensar que la economía argentina está al borde del colapso.

Hace varios años se llamaba empresario nacional al que tenía intereses en el mercado interno y no con las trasnacionales. Se dijo que en los ’90, esa categoría había dejado de existir. En este momento, la mayor parte del comercio exterior del país es con Brasil en primer lugar y también con los demás países de la región. De esa actividad y de nuevas situaciones que se han creado en estos años tendría que surgir una cultura empresaria diferente, más progresista y volcada a la integración regional. Sin embargo la ideología trasnacionalizada del sector empresario no tiene siquiera el impulso de buscar un pensamiento propio que estructure sus intereses con estas realidades, tienden a la ortodoxia y al sectarismo y son incapaces de dejar de mirarse el ombligo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162216-2011-02-12.html

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Para Elisa Carrió las exequias del ex presidente Néstor Kirchner fueron organizadas por Fuerza Bruta. “Usted se confunde con el Bicentenario”, aclaró, en su almuerzo del miércoles, Mirtha Legrand. “Esa también”, le soltó la candidata de la Coalición Cívica. El tamaño de los mitos urbanos que construyen sus adversarios describe también por regla inversa el tamaño de lo que se quiere denigrar. Todos los cuentos que se inventaron de Perón y Evita se correspondían de alguna manera con la obra que generaron. Los aspectos negativos de cualquier gobierno se critican con argumentos. Los que son más difíciles de desvirtuar son los hechos positivos, que son la causa de cuentos que sólo pueden ser creídos desde el odio. De los Kirchner se ha dicho que Néstor la emprendía a puñetazos con Cristina y que después de la derrota del 28 de junio descargó tanta furia a piñas sobre su esposa que debieron internarla. Se ha dicho que Cristina es bipolar. Se ha dicho que el cuerpo de Néstor Kirchner no estaba en el cajón delante del cual desfilaron decenas de miles de personas.

En realidad, fue Mirtha Legrand la que difundió la historia del cajón vacío, aunque después le dijo a Carrió que no creía que Fuerza Bruta hubiera organizado las demostraciones populares de pesar. Pero de alguna manera los dos cuentos están ligados porque se refieren a una especie de gran engaño organizado por una mujer que acababa de perder de manera inesperada a su pareja de toda la vida, y además ese engaño tan maquiavélico estuvo relacionado con los restos del ser querido que acababa de fallecer.

Es estúpido explicar algo tan absurdo, pero el cuento de Carrió dice que en el poco tiempo que pasó entre el fallecimiento de Néstor Kirchner y sus exequias en Buenos Aires, su viuda contrató a Fuerza Bruta y Fuerza Bruta contrató a decenas de miles de extras para que lloraran en la Plaza de Mayo, para que escribieran mensajes en papelitos, para que aguantaran horas y horas hasta llegar al cajón donde estaban los restos del ex presidente, para que esos miles y miles gritaran consignas, recitaran poesías o cantaran al pasar delante del féretro. ¿Y el cuerpo?, ¿dónde podía estar si no estaba en el cajón? A lo mejor está vivo y toda la historia de su muerte sorpresiva fue para que Cristina creciera en las encuestas.

Tanto las leyendas denigrantes como las elogiosas tienen cierta ingenuidad infantil y sus orígenes son difíciles de ubicar, como la de las orgías de Perón con las púberes de la UES o la de las noches de sexo ardiente entre el General y el campeón de boxeo de los medio pesados, el norteamericano Archie Moore, que había pasado por Argentina. Pero en este caso el origen es una candidata a presidente que pone la cara por televisión para iniciar el cuento haciendo polvo cualquier vestigio de su credibilidad. Es un cuento infantil, de una ingenuidad cruel, pero es un cuento increíble y la candidata puso cara de esfinge y dijo: “Alguna vez se va a saber lo que pasó en el velatorio de Kirchner”, con lo que dejó en ascuas a su anfitriona que, ni corta ni perezosa, le exigió que contara lo que sabía.

Nobleza obliga, hay que reconocer que Mirtha Legrand repreguntó, porque la mayoría de los periodistas se hubieran quedado con la cara de misterio de Carrió cuando lanzó su primera frase. Y después, con su veteranía inimputable, le dijo que no le creía. El relato no se puede creer ni haciendo mucha fuerza. Carrió da una versión corrupta de la historia porque le conviene políticamente. La conveniencia personal o grupal es la justificación de todas las formas de corrupción.

En la sociedad se acuñan leyendas sobre vidas, amores y muertes de los presidentes que han dejado una marca en la historia. La mayoría de las veces tienen algún elemento de verdad o tratan de afirmarse en hechos reales, incluso los menos creíbles, como aquellos que inventó la llamada Revolución Libertadora para desacreditar al peronismo.

En el que las inventa o las cree hay un mecanismo tan ingenuo como en sus historias. Igual que un niño impedido de crecer que mira a un adulto como el que nunca podrá ser. Además del odio que las motiva, expresan también cierta fascinación resignada por los protagonistas que los enojan. Hay un complejo de inferioridad en los cimientos de esa mirada frente a la épica que sustentan los cuentos. Porque hay una épica real sobre la que se monta la fantasía. Es la fascinación que siente por Evita el coronel de los servicios de inteligencia que oculta el cuerpo embalsamado, como lo relata Rodolfo Walsh en “Esa mujer”. Ese coronel existió, igual que el ocultamiento del cadáver, en el mismo servicio de inteligencia que estaba generando los mitos contra un peronismo derrocado pero fuertemente enraizado en las culturas populares.

Ingenuamente, el objetivo de esos cuentos era arrancar esa raíz. El mito denigrante como antídoto del mito favorable. Lo más irónico de la situación era que el jefe de la institución que generaba esos cuentos estaba totalmente subyugado por los mitos de esas raíces, sobre todo por el más potente, que era Evita, como lo relata también Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. Mito contra mito, igual que ahora los partidarios del Gobierno se definen irónicamente como “la mierda oficialista”, en aquella época, los peronistas respondían: “Puto o ladrón, lo queremos a Perón”. No creían en las orgías de la UES ni en la encamada con Archie Moore. En el peor de los casos, esos cuentos contribuían a exaltar un nivel de sexualidad, por la que, en realidad, Perón nunca mostró mucho entusiasmo.

Esa leyenda negra tejida sobre las exequias de Kirchner ofrece el primer síntoma de que hay un hecho que desencaja, que produce rupturas y nacimientos, que necesita del mito para ser explicado. Y si para los protagonistas, los que asistieron a la Plaza y a la Casa Rosada, todo fue sorpresivo y desbordante, la leyenda negra deja vislumbrar un sentimiento de sorpresa atrapado en la propia mezquindad de quien ha tejido esa fantasía. Ante sus ojos todo aparece hiperdimensionado de gestos y emociones, con una épica que la deslumbra aunque la rechace. La impresión es tan fuerte que no se asimila y necesita su propia mentira para explicar ese rechazo. Entonces todo lo que ve se tiene que entender como una gran escena teatral, con el poeta Carlino pagado para leer sus poesías o Bauer para cantar el Ave María o el presidente de la SRA de una localidad cordobesa para darle fuerza a Cristina o los mozos de la Casa Rosada para llorar, o los miles de chicos que levantan el puño o hacen la “V”. Todo fue orquestado y guionado por Fuerza Bruta. Es un gran escenario montado alrededor de un cajón que ni siquiera tiene el cuerpo. Sin tristeza, sin lágrimas, sin espontaneidad, sin muerto.

Resulta extraña esa idea del cajón sin el muerto. Siempre hay una apropiación de los cuerpos, como con Evita o los desaparecidos. Hay una disputa por los restos de los que lucharon. Porque los que luchan no pasan inadvertidos, son odiados y son amados y trascienden en esos sentimientos, pero sus restos no tienen resplandores ni secretos. Quizá sus restos simbolicen esos sentimientos que los trascienden.

La leyenda negra circulará en las sobremesas de los countries, en las reuniones de las cámaras empresarias, se seguirá alimentando y de vez en cuando, algún periodista “independiente” dirá otra vez que la gente dice que el cuerpo de Néstor no estaba en el cajón. Otro dirá “Fuerza Bruta” por lo bajo. La leyenda crecerá en detalles y en veneno y con el tiempo hasta se podrá convertir en argumento político. Habrá sociólogos de la izquierda y la derecha académica que estudiarán las barbaridades que hacen los populismos.

Muchos de estos sociólogos se hicieron famosos investigando los mitos populares, es decir, “la estupidez” de los pueblos que generan mitos como los de Gardel, Maradona, Evita o el Che y los cuentos que los rodean. Los pueblos han generado esos mitos o leyendas blancas que enaltecen a esas figuras. Sería bueno que ahora estudiaran el fenómeno inverso. Porque en este caso no ha sido el pueblo el que inventó las historias, sino la “gente de bien”, o “las capas medias y altas blancas y urbanas”, como diría el sociólogo brasileño Emir Sader, o directamente la tilinguería, como le gustaba decir a don Arturo Jauretche. Sería interesante también subrayar que, a diferencia de los mitos populares –que la mayoría de las veces son enaltecedores–, en estos casos se trata de relatos denigrantes. Sobre todo, habría que reconocer que todavía no existe una leyenda para Néstor Kirchner, que sigue siendo un ser humano. Extrañamente, esta vez el antimito ha surgido antes que el mito.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-161786-2011-02-05.html

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Cuando asumió Alfonsín, el respaldo era tan grande que la sensación generalizada era que esa fuerza sería inamovible. Si bien Alfonsín creó un precedente político importante en el radicalismo incorporando nuevos relatos a la liturgia partidaria, perdió fuerza en la sociedad. Y con su muerte recogió respeto por su historia pero no generó un proyecto.

Cuando asumió Carlos Menem, otra vez la sensación era de una escena fundante. Esa alianza del peronismo con las clases altas proyectaba un poderío imbatible. Después de diez años, esa sensación se desvaneció. Quedó su obra de gobierno como herencia para un sector del peronismo en la actualidad minoritario, pero que mantiene una latencia indiscutible porque fue la experiencia más importante de la derecha en democracia. El interés de las clases altas en capturar otra vez al peronismo para sus políticas le confiere actualidad permanente. El menemismo fue fundacional porque así inauguró la posibilidad de transformación del peronismo en un gran partido conservador. Aunque el apellido genérico esté desprestigiado, se puede hablar de proyectos “menemistas”.

La ilusión fundacional de la Alianza, en cambio, se había perdido antes de llegar al gobierno. Cuando Fernando de la Rúa ganó la primaria anuló las esperanzas. La Alianza llegó sin ilusión y se fue peor, sin respeto ni proyecto.

El kirchnerismo, en cambio, llegó corto de todo. Perdió en primera vuelta con el menemismo y aunque hubiera ganado la segunda, ya asumía golpeado. No había ninguna ilusión en la sociedad, sino todo lo contrario: escepticismo y desconfianza hacia cualquier político y gobierno. Y además, la mayoría de los votos con los que había perdido en primera vuelta eran prestados por el duhaldismo, ni siquiera eran suyos.

Todos los demás fueron de más a menos. En el caso del kirchnerismo fue al revés, de menos a más. No había ilusiones previas. Se crearon las ilusiones con la gestión o con la política. Cualquier explicación que se le dé, lo real es que la ilusión llegó después de que asumiera el gobierno. En los casos anteriores, ya fuera por impotencia o por ubicación ideológica, las ilusiones de las personas que los votaron se fueron mochando con la gestión.

El menemismo fue un imán para yuppies y empresarios. En cambio, el alfonsinismo y el kirchnerismo tuvieron el mérito de atraer a sectores importantes de la juventud, lo cual implica también responsabilidad para sostener ese enganche. En el caso del alfonsinismo, casi todos los dirigentes jóvenes de aquella época se mantuvieron en la militancia. En el caso del kirchnerismo el futuro de esa militancia juvenil es una incógnita porque es muy nueva. En la mayoría de los casos, o empezaron su militancia tras la muerte de Néstor Kirchner o en la crisis del 2001.

El alfonsinismo, a través de esa juventud y de la propia trayectoria de Alfonsín, recibía una tradición forjada por los jóvenes de la reforma universitaria de los años ’60 y ’70 y de un sector progresista que había sido muy minoritario, casi marginal, en el radicalismo de las décadas anteriores, en las que había primado fuertemente el conservadurismo balbinista. En ese sentido, le dio más peso en la vida partidaria a un sector que antes no decidía.

El kirchnerismo reúne también dos vertientes: las de los ex jóvenes setentistas y los ecos de la militancia del porteñazo del 2001. Pese a ello, es un proceso en el que no se reivindica la guerrilla de los ’70 ni el “que se vayan todos” del 2001, aunque muchos de ellos sean los mismos actores. Y sin embargo sus nutrientes provienen de esas culturas políticas sobre la base de una síntesis de esa contradicción a partir de la reivindicación de una actitud social de compromiso y solidaridad para un proceso de transformación. De esa manera cambia también la vida interna del peronismo, que tras la muerte de Perón y la dictadura se había desbalanceado por el exterminio de muchos de sus cuadros de recambio más lúcidos y combativos.

Es difícil precisar hasta dónde llegarán los efectos en la vida interna del peronismo porque todavía es un proceso en desarrollo, pero si se toman en cuenta los antecedentes, sobre todo que el proceso se da a partir de la gestión, se podría decir, al menos, que no será tormenta de verano. El antecedente de una gestión que ha sido convocante les da ventaja sobre los demás agrupamientos que sólo tienen situaciones parecidas bastante más lejos en sus historias partidarias. Sobre esa base también es muy posible que entonces se funde una nueva tradición política.

Pero hay una parte de la historia que todavía no ocurrió, sobre todo este año y –en el caso de que gane las elecciones– los cuatro años siguientes. Es mucho tiempo en blanco para un proceso que recién comienza, pero los tiempos parecen medirse más rápido para los opositores del kirchnerismo. Todos apuestan a que el Gobierno sufra un fuerte desgaste hasta octubre. Una especie de tratamiento intensivo de desgaste con cortes de rutas y vías, más invasiones de terrenos, más inflación e inseguridad.

Para el peronismo federal, sobre todo para Francisco de Narváez, un referente nuevo que no terminó de consolidarse en el PJ, estas elecciones pueden ser las últimas si no consigue retener los mismos electores que tuvo el 28 de junio, cuando le ganó en la provincia de Buenos Aires a Néstor Kirchner. De Narváez está obligado a pensar que el gobierno finalizará muy desgastado porque es su única chance. La tropa que juntó Eduardo Duhalde, por su parte, ve con cierta perplejidad la estrategia de su jefe. Algunos dicen que en realidad no quiere ganar ni participar, sino tan sólo garantizar en las listas un espacio protagónico para su mujer. Esa tropa heterogénea no tendría así candidato y su inercia puede llevarla a reproducir aquella alianza menemista con las clases altas, con la diferencia de que esta vez no tendría candidato propio y tendría que marchar detrás de un presidenciable extrapartidario como Mauricio Macri.

Francisco de Narváez, que no puede ser candidato a presidente, no está muy lejos de esa misma encrucijada. A ese sector del peronismo, la mesa inclinada los lleva hacia el macrismo, recorriendo un camino que ya hicieron los menemistas porteños de Miguel Angel Toma. Este sector no se siente incómodo en el rincón que le asignó el macrismo, desde donde aguarda un, improbable por ahora, cambio de suerte para la derecha peronista. Mientras aguardan ese momento, en realidad están viviendo un proceso más estratégico, que es la conformación de una fuerza electoral importante del centroderecha. Los peronistas que se fueron del peronismo no tienen tiempos largos ni medianos y el escenario que se les plantea para sobrevivir en este momento es unirse a Macri, disputar un espacio de resguardo y esperar el 2015.

De los peronistas que se quedaron, habrá muchos que se alinearán ideológicamente con el kirchnerismo, que tiene muchos de los rasgos históricos premenemistas del peronismo, y otros simularán hacerlo, también a la espera del 2015. Allí estará la confrontación de fondo y no tanto con los que se fueron. Según lo que suceda en los próximos años podría ser allí también donde se comience a reconfigurar una nueva alternativa popular de poder como construcción estratégica, sumando a los sectores kirchneristas no peronistas.

En lo que hace a la perduración del kirchnerismo, es indiscutible que en ocho años generó un relato vigoroso en lo simbólico y en el plano de los hechos. Tal como está planteado ya en este momento, tiene todos los elementos que alimentan una experiencia política que trasciende su instante. De lo que pase en los próximos años dependerá la fuerza de esa proyección: si se convierte en hegemónica en el campo popular, si sólo será un factor más en ese campo o si durará hasta la primera derrota.

Quedaría conformado así un escenario con los tres lugares principales ocupados por el radicalismo y sus aliados en el centro del espectro político; en el centroderecha el macrismo con sectores de partidos provinciales y la derecha peronista, y un centroizquierda con el PJ kirchnerista junto a sus aliados no peronistas.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-161397-2011-01-29.html

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El movimiento pendular del peronismo continuó a pesar de la desaparición física de su líder, el general Perón. Pero no fue una característica solamente del peronismo, porque los radicales también tuvieron sus corrimientos. Las diferencias entre Alfonsín y De la Rúa fueron bastante más pronunciadas que las que había entre Alfonsín y Kirchner o entre Menem y De la Rúa.

Cada vez que el péndulo cambiaba de lado, un sector quedaba a la intemperie. En el peronismo le pasó varias veces a uno y otro sector más a la izquierda o más a la derecha. Si el perdedor de ese momento se armaba de paciencia y esperaba la vuelta del péndulo, lograba una nueva oportunidad. Si se iba, siempre perdía, quedaba fuera de la disputa por el poder. Es una característica incómoda, antipática y hasta políticamente incorrecta porque obliga a la convivencia entre quienes a esta altura de la historia ya tienen muy pocas cosas en común.

Sobre todo tras la neoliberalización del menemismo, en el peronismo las diferencias son más grandes que entre los radicales. El menemismo les birló una certeza a muchos peronistas: la presencia popular funcionaba como garantía de que siempre sería una barrera contra reaccionarios y colonialistas. El menemismo destruyó ese axioma: no sólo no fue una barrera, sino que convirtió al peronismo en entreguista y reaccionario.

Muchos se fueron cuando ganó el menemismo. Y sin embargo, por esta característica tan antipática, sólo estuvieron en condiciones de disputarle el poder los que de alguna manera se mantuvieron dentro cuidando de no convertirse en abanderados del riojano. Las consideraciones éticas son difíciles de atribuir, porque ¿qué es peor o mejor desde ese punto de vista?: ¿haberse quedado o haberlo desplazado? Muchos de los que se fueron, incluso, contribuyeron a la creación de la Alianza que se convirtió en la continuidad del modelo neoliberal. Algunos fueron menemistas al principio y se retiraron, después fueron frepasistas al principio y también se retiraron. En los dos casos pusieron su aporte aunque se hayan retirado.

Los socialistas, los radicales y en general la mayoría de los partidos más viejos han funcionado de esa manera. Las posiciones de Manuel Ugarte, Juan B. Justo o Pinedo no podían ser más antagónicas en el socialismo, igual que la discusión entre Alfredo Palacios o Américo Ghioldi. Y en los radicales la eterna discusión entre “irigoyenistas” populistas y la “alvearización” conservadora perdura con matices a lo largo del tiempo. Tanto socialistas como radicales, como los peronistas, tuvieron funcionarios de la dictadura y desaparecidos por esa misma dictadura.

Los partidos políticos argentinos no parecen comportarse según el modelo teórico que sostienen sus propios adherentes. Ese modelo, ordenado por afinidades ideológicas, es más prolijo que el de la realidad donde los sectores progresistas, nacionales, populares o de centroizquierda de los distintos partidos tienen más afinidades que con los conservadores o reaccionarios de sus propias fuerzas.

Es difícil juzgar esta realidad que seguramente tiene raíces profundas en los comportamientos sociales históricos de los argentinos, pero lo real es que complejiza aún más los procesos políticos, genera espejismos a izquierda y derecha y además acentúa incertidumbres.

En el caso del peronismo –siempre tan difícil de explicar a los corresponsales extranjeros– fue, con pocos años de diferencia, tanto apogeo del neoliberalismo con el menemismo, como su antítesis con el kirchnerismo. Para bien o para mal, el núcleo de la disputa política en esos años se estuvo dando allí, como si en ese escenario estuvieran representados todos los actores. No era así, pero como sí estaba la mayoría, terminaba por absorber toda la discusión, lo que desequilibra al resto de la sociedad.

Ese proceso se retroalimenta, porque de esa manera es cada vez más importante lo que suceda en el seno del peronismo para definir lo que sucederá en el país en general. Entonces el peronismo aparece, como ahora, muy lejos de los otros partidos. Cuando se dice que no hay oposición, como ahora, es por la sensación de que la discusión del poder político pasa por otro lado.

En este caso, el peronismo ya tiene prácticamente decidido que su candidata será Cristina Fernández, que se posiciona muy por encima de sus competidores más cercanos. No hay grandes incertidumbres sobre los próximos cuatro o cinco años. La disputa interna y de la oposición será por posicionarse, no para ganar. Los que se fueron cuando llegó el kirchnerismo, aglutinados en el peronismo federal, correrán por fuera y contra la experiencia histórica: no hay lugar para los peronistas por fuera del peronismo.

En el peronismo, esta foto se repite no importa cuántas veces ni la experiencia que tengan sus protagonistas. El ex presidente Eduardo Duhalde sabe que nunca ningún peronista ganó por fuera del peronismo. Por fuera no hay discusión del poder para un peronista, sino que hay propuestas alternativas que nunca, por izquierda o por derecha, pudieron trascender ni proyectarse. Por lo menos así ha sido en cincuenta años. Puede cambiar alguna vez y puede juzgarse que es bueno o malo, pero así fue.

El kirchnerismo se movió con ese precepto y supo contener al peronismo al mismo tiempo que trataba de ampliar su base hacia movimientos sociales y sectores progresistas de otras corrientes. Los que se fueron, quedaron aislados, muy corridos a la derecha, asimilados a una imagen menemista que le conviene al kirchnerismo. Con su fama de astuto para la rosca, Duhalde, el más baqueano en las ciénagas partidarias, quedó enredado él solo en ese lugar que será visualizado desde la sociedad con todo lo anacrónico del menemismo y sus alianzas, del viejo sindicalismo y de los caudillos feudales.

Es como si el corralito se lo hubieran armado sus enemigos. Duhalde se exhibe con menemistas residuales, con los defensores de la dictadura, con Luis Barrionuevo y el Tula y con caudillos provinciales como Juan Carlos Romero. Muchas de sus mejores espadas del pasado no pueden entender cómo cae en un lugar que siempre trató de evitar, al mismo tiempo que rifa los últimos cartuchos de prestigio y todo gratis, por nada.

El peronismo que rodea al kirchnerismo está en un proceso de transformación. Hay nuevos intendentes en el conurbano que van reemplazando a los viejos dinosaurios y hay un debate con más contenidos políticos. Pero todavía le falta mucho por cambiar, y desprenderse, por lo menos, de prácticas que dejó el menemismo con un travestismo ideológico que terminó de reemplazar a la militancia por los negocios y por un clientelismo apolítico del mismo tipo del que plantean las agrupaciones de derecha que hablan de la “nueva política”.

A pesar de los cambios, todavía arrastra gran parte de esa herencia que genera recelos y distanciamientos. Por eso la irrupción de la candidatura de Duhalde, en un lugar que hasta parece caricaturesco, disimula bastante las falencias del otro lado. No es Duhalde contra el kirchnerismo, sino el menemismo contra un peronismo que está haciendo impacto en sectores populares, como si todo lo malo se hubiera ido con el peronismo federal. Es una foto del pasado contra un oponente que se visualiza como un sujeto en movimiento, algo que está en desarrollo y por lo tanto puede generar expectativas porque tiene un futuro.

Gran parte de ese futuro se definirá, sin embargo, en esa capacidad de transformación que pueda poner en juego el peronismo, recuperando en primer lugar una organicidad popular y de contenidos que habían sido reemplazados por puro aparato y clientelismo. En ese proceso podrá aspirar a representar una porción de la realidad equivalente a la que representó cuando fue creado. Equivalente y no igual, porque la Argentina de los años ’40 y ’50 era muy diferente de ésta del siglo XXI, que es más compleja en los campos sociales que la componen, en la forma en que se expresan y relacionan y en sus procesos económicos.

Por ese proceso a medias, la incertidumbre se traslada hasta el 2015, cuando Cristina Fernández no tenga re-reelección. La duda es si el peronismo estará en condiciones de ofrecer continuidad al proceso que comenzó en el 2003, o volverá a sorprender con un pendulazo que otra vez deje a muchos a la intemperie y deshaga lo que se hizo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-160941-2011-01-22.html

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El lockout de la Mesa de Enlace aparece desligado del reclamo gremial. El mensaje que emitieron esta semana las entidades agropecuarias es que no van a negociar nada, que quieren otra política agropecuaria y que se vaya el gobierno kirchnerista en general y Moreno en particular. Quieren otro gobierno y otra política.

Cuando fue el conflicto de la 125, los sectores rurales medianos y pequeños habían votado por el kirchnerismo y viraban a una oposición rabiosa que estaba expresada por las patronales del campo. Ahora –algo muy argentino– pareciera que la situación es otra vez al revés: las patronales del campo mantienen una intransigencia furibunda, pero en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, que acompañaron con más fuerza el conflicto anterior, Cristina Fernández mide muy por encima de cualquier otro candidato en las encuestas y ya no se trata del rebote por la muerte de Néstor Kirchner. De alguna manera, la muerte del ex presidente no sólo tuvo un efecto emotivo, sino que al mismo tiempo disparó un fenómeno de revaloración de la gestión.

En el caso de los productores agropecuarios también se debe a que, pese a los oscuros augurios que se autoprofetizaban durante el conflicto, están ahora mucho más prósperos que en aquel momento. Desde que perdió esa pelea, el Gobierno aprendió la lección y fue tomando medidas que beneficiaron directamente a los productores pequeños y medianos. Y los tamberos, que era el sector que más podía mostrar una situación difícil real, se han incorporado ahora a la ola de prosperidad general que beneficia al campo argentino.

Esta Mesa de Enlace no es la misma que la del conflicto. Está menos homogénea. Por un extremo se ha diferenciado la Sociedad Rural y su titular Hugo Biolcati. Por el otro, la Federación Agraria, con Eduardo Buzzi. Sus quejas no tienen la misma convicción porque nadie puede creer ya en un campo victimizado. La Mesa en sí es menos creíble y juega más a la política que a lo gremial.

Desde el otro lado, el Gobierno se cuida mucho de confrontarlos en bloque y se esfuerza por diferenciar las posiciones en cada entidad. Ninguno de ellos estará de su lado, pero trata de no galvanizar con un declaracionismo duro las diferencias que tienen entre sí y crear así las condiciones para que formen otra vez un bloque opositor compacto conducido por la Rural, como fue en el 2008.

Comienza un año electoral y en el dispositivo de la oposición se encuadra una Mesa de Enlace que debuta en la campaña con un paro en la comercialización de granos. El intento es incidir como lo hizo abiertamente en las elecciones de medio término del 28 de junio del 2009 aunque su discurso de confrontación ya no sea tan representativo como durante el conflicto.

La puja por la 125 fue también un laboratorio cultural. Hubo una intervención corporativa de los grandes medios que presentó a los productores como las víctimas de un Estado injusto y autoritario, instalando categorías como “el campo” o “la guerra gaucha”, haciendo una mezcla con los orígenes de la patria, el trabajo esforzado, el hombre sencillo, de palabra honrada y sin doblez. Como durante la guerra de Malvinas, recrearon un paradigma que está latente en el discurso escolar. Hubo un trabajo en la mayoría de los medios corporativos o sistémicos especialmente enfocado en resaltar esos paradigmas más allá del contenido del conflicto. El sujeto victimizado, esforzado y leal, eran las patronales rurales.

Sobre este contexto, el accionar, pero sobre todo el lenguaje ferozmente descalificador y violento de los ruralistas era presentado como el grito desesperado de una protesta legítima. El insulto, el anatema, aparecían como el grito heroico de una batalla que se presentaba como desigual. Tan desigual era que la perdió el Estado. El conflicto señaló la irrupción de un nuevo sujeto que disputaba espacio en el bloque hegemónico. El poderoso dispositivo agroindustrial (“el sector más débil” como dirían equívocamente periodistas “independientes”) surgido en pocos años a la sombra de la soja, el tipo de cambio favorable y la gran performance de las commodities en los mercados internacionales, aparecía en el escenario.

Del lado oficial también hubo exabruptos. La diferencia fue que mientras los insultos y las groserías de las patronales rurales eran recibidos como “chistosos”, los discursos duros del oficialismo eran usados para reforzar la imagen de autoritarismo e ignorancia que construía la corporación mediática sobre el Gobierno.

No se trata de justificar nada. Pero a los grandes medios les gusta repetir las imágenes del ex presidente Néstor Kirchner durante su discurso en el acto de Congreso o la frase de la presidenta Cristina Fernández que calificó de “yuyito” a la soja. Desde el otro lado, lo que se escuchaba como algo natural y gracioso, eran calificativos como: “ladrones”, “yegua”, “ignorantes”, “mentirosos”, “canallas”, “pendencieros”. Uno de los oradores del acto de los ruralistas en Palermo, al que asistió toda la oposición, desde la derecha hasta sectores de la izquierda, equiparó a los simpatizantes del oficialismo con los animales del zoológico.

La sensación en la sociedad quedó expresada poco después cuando con ironía, y un poco de rabia, algunos oficialistas empezaron a definirse a sí mismos como la “mierda oficialista”. A nadie en la oposición se le hubiera ocurrido algo similar porque el nivel de violencia verbal estaba totalmente desbalanceado en la interpretación de la realidad que hacían los grandes medios y sus asociados.

Un conflicto se puede ganar o perder en democracia. Obviamente que los resultados son importantes pero no se trata de vida o muerte. La lacra más perjudicial que dejó esa confrontación fue la naturalización de un discurso altamente violento y descalificador en la política. Cualquiera puede acusar a cualquiera de narcotraficante o ladrón, de dictador o corrupto. Cuando se hace una denuncia en la Justicia se requieren pruebas. Y también el buen periodismo de denuncia se hace con investigación y pruebas y no con rumores ni prejuicios. Pero esa convalidación está dada por el sentido común mediático que muestra como “valentía” lo que en realidad es oportunismo o irresponsabilidad.

El nivel de violencia en el discurso político se ha convertido en un tema central del drama que sufren en los Estados Unidos por las periódicas masacres. El reciente asesinato de seis personas en Arizona, donde resultó gravemente herida la congresista demócrata Gabrielle Giffords puso ese debate en el centro de la atención. La ex gobernadora de Alaska y ex candidata a la vicepresidencia por el Partido Republicano, Sarah Palin, tiene un discurso altamente violento y le gusta usar metáforas en política relacionadas con la caza y con los viejos pioneros –un equivalente gauchesco– que colonizaron su país. Incluso fue filmada y colgó de su página en Internet un video que la mostraba cuando mataba un alce con un tiro de fusil. La cámara seguía al animal a través de la mira telescópica que marcaba a la víctima con una cruz. El disparo se escuchaba al tiempo que surgía una mancha de sangre en el animal que se desplomaba. Palin es uno de los principales referentes del llamado Tea Party que, de una manera todavía bastante inorgánica, expresa a los sectores republicanos más conservadores y cuyos candidatos consiguieron éxitos importantes en las últimas elecciones legislativas.

En su página de Internet, la dirigente derechista había publicado un mapa de los Estados Unidos donde estaban señalados los dirigentes que los conservadores debían desplazar. Cada uno de ellos estaba marcado con un blanco de tiro. Y uno de los blancos señalaba a la baleada Giffords. La elección de los blancos en las múltiples y periódicas masacres en los Estados Unidos es bastante arbitraria, pero cuando han sido políticos o figuras relacionadas con la política, la gran mayoría –Malcolm X, Luther King, los Kennedy, John Lennon, etc.—, han sido progresistas. Y lo más extraño de todo es que los asesinos que presentan al público siempre son desequilibrados. Los terroristas son todos islámicos o de izquierda. Pero los que matan a los progresistas o de izquierda en Estados Unidos no son terroristas ni de derecha, son “desequilibrados”. Un verdadero misterio de la naturaleza.

Argentina tuvo experiencias todavía más duras cuando el discurso político se llenó de violencia como entre peronistas y antiperonistas, con dictaduras militares y guerrillas. Es mentira cuando se dice que hablar no cuesta nada. Las palabras impactan como proyectiles en la conducta de las personas. Por eso habría que desmantelar el arsenal violento que quedó de la falsa “guerra gaucha”, aunque es probable que muchas de esas armas vuelvan a ser usadas en un año electoral.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-160525-2011-01-15.html

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Partidos débiles y caudillos fuertes fue el tono de la política desde el retorno a la democracia. Era un síntoma de la crisis de representación. Los contenidos se iban por un desagüe y eran reemplazados por figuras más o menos fuertes, más o menos carismáticas, con cero convicciones y mucho pragmatismo. El pragmatismo no es malo de por sí cuando se trata de adaptarse e inventar recursos heterodoxos, si se mantienen los objetivos. Como el colesterol, hay pragmatismo malo y bueno. El malo es el que resigna todo con tal de llegar y mantenerse. De este último fue lo que sobró durante las casi tres décadas de democracia.

Las internas no fueron importantes, no definían ni movilizaban la vida de esos partidos enclenques que al final presentaban tres, cuatro y hasta cinco candidaturas separadas en la misma elección. La mayoría de las veces se trató de evitar las internas. Con contenidos vagos y ligazones frágiles con sus bases, una interna era nada más que disputa de poder entre dirigentes, con el riesgo, encima, de tener efecto piantavoto. En el PJ no había candidatos porque la figura excluyente había sido Menem. Néstor Kirchner fue candidato en el 2003 después de que varios que estaban antes que él se fueran bajando porque no se animaban o porque no les daba el piné. Kirchner era un desconocido. En la campaña, sus partidarios escribían mal su apellido en las pintadas. En el 2007, el radicalismo fue con Roberto Lavagna, un candidato extrapartidario, que además hasta hacía poco tiempo había sido funcionario del Gobierno. Los demás, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy o Mauricio Macri, eclipsaban a sus propios partidos que apenas aparecían como meros soportes de sus candidaturas.

El carácter de las internas puede ser un síntoma. En un sentido, a los partidos que vienen de ese raquitismo les conviene realizar internas, movilizar a sus bases, reconquistarlas con nuevas figuras y con propuestas convocantes porque de esa manera reconstruyen identidades que habían sido desdibujadas y así recuperan espacio para la política.

Para algunos, el mérito de la recuperación de ese espacio para la política –que de una manera enfática es construcción de ciudadanía– fue de Néstor Kirchner. Para otros se trata de una característica de la nueva etapa, al igual que el viento de cola en la economía. Hay que reconocer que hubo de las dos: la nueva etapa abrió más posibilidades de las que había. Y Kirchner las aprovechó al máximo.

El calor que empieza a sentirse en las internas puede ser ahora finalmente un síntoma de que los partidos despiertan de su larga siesta. El nuevo año los sorprendió en el precalentamiento para la preselección de los candidatos. Socialistas, kirchneristas y el PJ y los radicales están en sus marcas. Desde un punto de vista práctico, el debate interno, la confrontación –que después debe contener a los perdedores–, es más un engorro que un camino fácil. Más simple y seguro sería decidir los candidatos a dedo.

Pero las internas obligan a los partidos a desarrollar una vida orgánica más allá de los dirigentes, una vida que se alimenta con la participación de sus bases, que de esa manera se sienten parte. Para hacerlo, sin embargo, necesitan debatir propuestas y presentar dirigentes creíbles.

El radicalismo siempre ha sido la fuerza más institucionalizada, pero los últimos años de la gestión alfonsinista y después la presidencia de De la Rúa tuvieron efectos devastadores. Se quedaron sin candidatos durante mucho tiempo. Ahora tienen tres y con toda la intención de realizar dos internas. Las primeras entre Ricardo Alfonsín y el senador Ernesto Sanz, y la segunda entre el ganador de la primera y el actual vicepresidente Julio Cleto Cobos.

De la anomia sin cara ni candidatos, ahora tiene tres. De los tres, el único que no se referencia con el Gobierno es Alfonsín. Sanz expresa la línea predominante en el radicalismo de estos últimos años de oposición cerrada, que llevó al partido a un espacio de derecha que es visto con simpatía por los sectores del poder económico. Cobos, el vicepresidente opositor de la Presidenta, tuvo las mismas simpatías que Sanz cuando votó contra la 125, pero su estrella está en baja. El surgimiento inesperado de Ricardo Alfonsín tras la muerte de su padre tiene el rasgo distintivo de que propone un radicalismo que no es el espejo opuesto al oficialismo, sino que busca en el viejo perfil alfonsinista la nueva identidad partidaria. De los tres, Cobos es el único que puede atraer algún voto peronista. De los tres, el promovido en este momento por los grandes empresarios es Sanz. De los tres, Alfonsín tratará de competir en la presidencial convocando la mística del retorno democrático del ’83. De los tres saldrá una mezcla.

A diferencia de los radicales que disputarán la candidatura presidencial, la figura de Cristina Fernández es indiscutible para la reelección en el kirchnerismo, incluyendo a la mayoría del PJ. La ley que establece internas obligatorias es nacional y algunas provincias, como la de Buenos Aires, hicieron la propia. Sin disputa por la candidatura presidencial, el kirchnerismo y el PJ tendrán internas en los distritos donde haya leyes sobre este punto, pero también puede suceder que haya distritos que convoquen a internas sin que exista una norma que se los exija. También hay muchos candidatos. En los últimos tiempos se produjo un principio de confluencias. El centroizquierda kirchnerista comenzó a desarrollar la Corriente Nacional de la Militancia Política y Social, conformada por numerosos dirigentes y organizaciones sociales y territoriales, que propone candidatos en los distritos más importantes. La Corriente Nacional del Sindicalismo Peronista se organizó en todo el país bajo la conducción de Hugo Moyano y disputará espacios en las listas. Un puñado de intendentes se enroló en la Corriente de la Militancia y otros en la Sindical, aunque la gran mayoría no se alineó con ninguna de las dos y sigue siendo la principal fuerza electoral del PJ. En el distrito bonaerense se anuncia una interna entre Daniel Scioli y Sergio Massa; en la Ciudad de Buenos Aires hay tres candidatos en danza: Daniel Filmus, Carlos Tomada y Amado Boudou. En el distrito porteño no hay internas obligatorias. Algunos candidatos piensan en un acuerdo final que los ordene según las encuestas. Pero algunos dirigentes también piensan en la posibilidad de una interna. Lo que gane en institucionalidad y participación el kirchnerismo, se lo resta a un peronismo federal que no tiene estructura. La Corriente de la Militancia postula al ex canciller Jorge Taiana para un lugar relevante en la provincia de Buenos Aires. En Capital respalda a Filmus, en Santa Fe impulsa a Agustín Rossi y en Salta confrontan con el gobernador Juan Manuel Urtubey y el vice Walter Wayar impulsando a Túpac Puggiani, un militante de Hijos, cuyos padres fueron desaparecidos durante la dictadura. En todo el país el kirchnerismo atraviesa una etapa de efervescencia, por lo que habrá debates y puja por las candidaturas.

Las dos principales fuerzas políticas en términos cuantitativos (radicalismo y kirchnerismo-PJ) parecen haber recuperado parte de una vitalidad que venían perdiendo desde hace décadas. Otra fuerza, como la que dirige Martín Sabbatella –el Encuentro por la Equidad y la Justicia Social–, recibió también la ola juvenil que produjo la muerte de Néstor Kirchner, surgió en distritos en los que antes no figuraba y se afianza en el distrito bonaerense. El socialismo santafesino afronta también una dura interna con tres candidatos del Frente Progresista a la gobernación: dos socialistas y uno radical, lo cual, a pesar de la dureza de los cruces, es un síntoma vital.

Con la excepción de Proyecto Sur, que siempre tuvo una actitud de militancia, las otras fuerzas nacionales como el Peronismo Federal y el macrismo expresan otras realidades. En el primer caso porque quedaron afuera del peronismo grande, lo que les achica el horizonte. En el segundo caso porque surgieron con un discurso que desprecia a la política. No les interesa avanzar en ese sentido.

No hay una regla mecánica que explique la relación que podría tener este leve retorno a la política de la militancia y las propuestas, con los resultados electorales. No es que el partido con más vida interna y organicidad será el más votado. Ni siquiera está relacionado con la gobernabilidad, porque en algunos casos la favorece y en otros no. Los beneficios de desarrollar una orgánica se recogen por otra cuerda y están más relacionados con la afirmación de un proyecto, la construcción de ciudadanía a través de la participación y la proyección hacia el futuro. Es construcción democrática.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-160097-2011-01-08.html