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  MEDIOS Y COMUNICACION

Federico Corbière recupera datos históricos para contextualizar y denunciar la posición editorial del diario La Nación, a raíz de la reciente reproducción en ese medio de un artículo de The Wall Street Journal sobre la Argentina.

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El periodismo es una actividad compleja. Quienes eligen la tinta y el papel, la radio o la televisión como espacio de publicación de noticias saben que deben medir y asumir la responsabilidad de sus palabras. Así como el alcance público de sus análisis y columnas de opinión.

El caudal informativo –en tiempos digitales– reproduce datos con una aceleración constante y vertiginosa. Siempre son presentados como reales y, en gran parte de los casos, terminan naturalizados como propios por parte de la opinión pública.

Entre aquella representación y los hechos suelen crearse agujeros negros, con personajes aún más oscuros que supieron interpelar a los poderes fácticos para fines corporativos. La trama silenciada por más de tres décadas en la conformación de Papel Prensa es sólo una muestra de las tensiones que negocian hasta hoy con la vida y con la muerte.

Eso ocurrió en la primavera alfonsinista cuando la prensa uniformada celebró el retorno a la democracia mientras adecuaba sus modelos de negocios a la nueva etapa y, en la actualidad, con la creación de un clima de época que intenta equiparar al terrorismo de Estado de la última dictadura, con los particularismos de una violencia política que responde espasmódicamente al pasado y sus esbirros, lamentablemente residuales entre las generaciones (de/y) con canas que revisten en las fuerzas de seguridad.

El diario La Nación está de festejo. Esta última semana cumplió 141 años y para celebrar recuperó aquella postura que lo constituyó simbólicamente como “tribuna de doctrina”, a pesar de haber negociado con los poderes de turno en cada etapa golpista de la Argentina reciente.

Para ello, no apeló al grotesco de Cecilia Pando y su Asociación de Familiares y Amigos de los Presos Políticos de la Argentina (AFyAPPA), que defiende a torturadores, apropiadores de bebes y militares asesinos. Esta vez, una sutil orquestación mediática tomó un artículo de The Wall Street Journal, firmado por Mary Anastasia O’Grady, donde la periodista destaca la labor de una joven abogada que con apenas 35 años descubrió que en Argentina hubo insurgencia armada entre 1969 (tiempos de “Onganiato”) y 1979.

Victoria Villarruel es autora de Los llaman jóvenes idealistas (2009) y no tuvo mejor idea que transmutar el nombre del prestigioso Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) –fundado en 1979 y reconocido internacionalmente por su búsqueda exhaustiva para documentar delitos prescriptos y perseguir aquellos de lesa humanidad– con la creación del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas.

Allí, reitera una metodología de investigación utilizada por las Juntas Militares en El terrorismo en la Argentina (1980), publicación en base a recortes periodísticos para justificar el accionar sangriento de Jorge Videla, Emilio Massera, Eduardo Viola, Orlando Agosti, Leopoldo Galtieri y el resto de sus compañías a cargo.

Como en aquel texto utilizado de material pedagógico en los liceos militares hasta hace algunos pocos años, omite el accionar de cuerpos libres policiales conocidos como “Triple A”. También que esos cadetes educados en democracia bajo la “doctrina de la seguridad nacional” son jóvenes oficiales de carrera.

Lo cierto es que un poco antes de la fecha señalada en su calendario celebratorio, el matutino transitó una experiencia previa desde 1862 con la Nación Argentina. Fue la última trinchera política de Bartolomé Mitre, hasta dejar la presidencia en 1868.

De vez en cuando resulta necesario recorrer algunas regularidades históricas cuando se habla de periodismo faccioso, libertad de prensa, medios corporativos, oficialistas, conspirativos o, en algunos casos, infames.

* Docente-investigador Iealc-UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-160295-2011-01-12.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

A través de una mirada sobre la historia, los personajes políticos y los periodistas, Federico Corbière reinstala un debate sobre poder político y poder comunicacional.

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Aquel relato de Rodolfo J. Walsh sobre la muerte de un soldado raso durante los enfrentamientos militares en la sublevación del 9 junio de 1956 –consecuencia del golpe encabezado por Pedro E. Aramburu– sigue resultando estremecedor. Primero, porque se trata del recuerdo de un joven escritor todavía inmune a la indolencia de la crónica periodística; segundo, porque las agonías expiatorias del conscripto que no comprendía su suerte ocurrían al otro lado de una persiana. En el umbral de un santuario privado en el que pasaban los ruidos de metralla, frente a un cuartel en las calles de La Plata que servían de campo de batalla. Era el prólogo de Operación masacre y de una tradición que marcaría el destino de no pocos periodistas.

Encabezados por el general Juan José Valle –tres días más tarde– otros 26 militares caerían fusilados en la cárcel de Las Heras; sería el comienzo de la investigación sobre las otras ejecuciones en José León Suárez horas antes de dictarse el “toque de queda”, y, también, el motivo de una frase en la que Juan D. Perón habría señalado el carácter efímero del poder de los medios, puesto que había asumido con toda la prensa en contra y su salida –en noviembre de 1955– ocurría en una situación inversa.

A casi 55 años de ese comienzo de dictaduras sangrientas, el debate sobre el poder de los medios sigue vigente. Pues el poder político y el comunicacional han puesto en la agenda del mercado cultural periodístico el –ya residual pero necesario– cierre de un ciclo histórico, con el paso por la Justicia de asesinos octogenarios –y no tanto– y niños apropiados adultos, algunos de los cuales no quieren dejar de serlo por la posición acomodada resultante del coro a Videla (en los ’70) y las nobles odas dedicadas a Benito Mussolini (en los ’40).

Esa frase de Perón a propósito de la tensión entre política y medios hoy tiene su escenario en un esquema comunicacional mucho más complejo. Y obliga a revisar los cambios de una prensa gráfica que supo ser la estrella, cuando los soportes audiovisuales eran complementarios a su encuadre de la realidad.

Así las cosas, la prensa “uniformada” de los ’60 y ’70 se autoproclamó “independiente” con el retorno a la democracia, para transformarse en los ’90 en un sistema concentrado y corporativo al que sus propios dueños denominaron “multimedios”.

Con ellos volvió la sátira política incisiva. Pero terminado el período de Tato Bores y su faro con peluca y frac, llegaron los gritos de niños terribles como Mario Pergolini, que una vez crecidos eligieron la noticia picaresca y sin profundidad –más allá de inventar con CQC un formato de noticiario cómico de una efectividad absoluta–.

A esos gritos de la moda se mezclaron los de Marcelo Tinelli, quien desde otro lado del humor, considerado ingenuo, usó su show televisivo como formador de opinión para la reelección de Carlos S. Menem; para mostrar un Fernando de la Rúa arteriosclerótico, y la más reciente batalla retórica de un “Gran Cuñado” que banaliza a la clase política, por lo cual sus grandes triunfadores son las figuras fabricadas en consultoras de imagen.

Incluso en plena crisis de 2001, América TV eligió a un discreto Jorge Rial –que transitaba el primer año del exitosísimo Intrusos del espectáculo– para comentar los sucesos que terminaron con casi 40 muertes, en las jornadas del 19 y 20 de diciembre.

Lo cierto es que para algunos pastores de un periodismo ajeno a la cobertura testimonial, su objeto no es informar sino entretener y vender puntos de rating, a instancias de una intrincada red (no social) de negocios multimedia.

No resulta casual que los noticieros televisivos –columna vertebral de todo canal de aire– se asemejen a los programas de entretenimiento, aunque la información sea presentada como denuncia novelada.

Tal descentramiento en los medios no apela a la non-fiction para la reconstrucción de los hechos, prefiere funciones cercanas a un gore realista de famosos bailando por un sueño, policías en acción o médicos heroicos que transitan en ambulancia por un mundo de marginados.

Se trata de producciones casi cinematográficas más cercanas a la muestra descarnada del sufrimiento explícito en Hostel, distinto de esos realizadores de la nouvelle vague que a fines de los ’50 supieron adelantar con el salto de eje en la mirada algunos problemas comunicacionales de la sociedad de masas –hoy recuperado por el cine independiente norteamericano y algunos directores británicos–, en donde aflora la soledad en medio de tanto ruido.

La época de Operación masacre sirve para entender los contrastes actuales entre el poder político y el comunicacional, porque tiene un denominador común: la circulación de información. Los tiempos de Walsh eran los de la denuncia por entregas –muchas veces clandestina– y de proyectos colectivos. En la actualidad el de las redes sociales menos comprometidas que escapan a ese poder negociado entre políticos y empresarios, y encuentran en Internet un eventual espacio de libertad.

El poder de los medios siempre fue efímero y circunstancial. Pero a diferencia de aquellos años en los que la prensa gráfica cerraba la agenda diaria con la búsqueda de un horizonte similar al de sus lectores, el carácter difuso de las audiencias ya no es la garantía para preservar ese poder.

El esquema “atrapa todo” del infoentretenimiento multimedia parece nutrirse de ese salto en la mirada, propio de una sociedad sin piso ni rumbo fijo, en la que reinan la incertidumbre y el miedo (no los medios) a perderlo todo.

* Docente-investigador. Facultad de Ciencias Sociales UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-140889-2010-02-24.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Dos enfoques sobre el periodismo. Federico Corbière reflexiona sobre el rol de mediación que ejerce el periodista y los nuevos desafíos que se presentan a partir del desarrollo de nuevas tecnologías. Fernando Ruiz construye una serie de preguntas y respuestas acerca de los directivos de los medios periodísticos y el concepto de calidad.

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No pocas encrucijadas éticas y estéticas son las que afronta el periodista profesional al momento de publicar un artículo. Su rol privilegiado como actor político –propio de un juego mediático de alta exposición y visibilidad– otorga un alto grado de centralidad a su trabajo, en tanto el medio en que éste se desempeñe entre en circulación e intervenga en los procesos de formación de opinión pública.

Como productor de un texto –sea en formato escrito o audiovisual–, el deber ser para el periodista será poner a disposición de un público imaginado un recorte de información que de otra manera no sería conocida. Como parte del oficio tendrá que articularla y darle forma a una materia sobreabundante y dispersa –los datos desordenados que componen la información–, en tiempos donde las nuevas tecnologías multiplican al infinito el acceso a contenidos diversos.

Se trata entonces de un lugar de mediación que implica un doble juego de responsabilidades: internas, en el manejo de las fuentes para la construcción de su objeto periodístico –no visibles para el lector–; y externas, en la presentación final de éste.

Como el periodismo no es literatura, la adhesión a la verdad a los contenidos visibles por parte del lector supone estar implicada en el cumplimiento de esos pasos no visibles en el texto, especialmente, el chequeo de fuentes.

Ahora bien; dadas la inmediatez y multiplicidad de canales de comunicación abiertos en el complejo escenario que presenta Internet, el pasaje de una etapa analógica a la “era digital” ha obligado a replantear a los periodistas los habituales criterios de noticiabilidad: novedad, interés, relevancia, coherencia y proximidad. Y a las empresas a rediseñar, sin un rumbo fijo, sus agendas temáticas bajo formatos cambiantes.

También a repensar qué es considerado verdadero para una sociedad signada por el hipertexto y sus referencias cruzadas. Entre ellas, la figura del llamado periodismo ciudadano en los medios y la adecuación de estos últimos a sus demandas.

En el caso particular de ese objeto construido (la noticia), los periodistas que deben transitar por el formato blog sufren la peor de las penitencias, respecto de la posibilidad de brindar a las audiencias un espacio ampliado de interacción con sus respuestas y opiniones autoeditadas de publicación automática. ¡Hay que responder un sinnúmero de comentarios (siempre parciales)!

Por otro lado, la réplica en los portales de noticias de las lógicas propias a blogs personales genera formas inadecuadas en el manejo de la información periodística.

El concepto cede ante la representación y afecta los modos productivos del periodismo tradicional. Con un desplazamiento de la equivalencia entre verdad y realidad hacia fórmulas de fidelización de audiencias que se concretan por un acto de fe ciega, en lugar de la corroboración de los hechos.

Sin duda, los cambios mencionados abren tópicas ajenas a los lugares comunes en los que históricamente se emplazaron los géneros periodísticos y muestran, además, las transformaciones producidas por el mencionado “periodismo ciudadano” como su máxima expresión.

Se trata de una situación peligrosa porque el chequeo de fuentes cede ante el registro de la toma directa de un celular, que luego puede llegar a ser emitida por un informativo televisivo y presentada como verdad absoluta.

Se puede afirmar en principio que se trata de un estilo de época marcado por la histeria –como la puesta en escena de la vida íntima en la esfera pública– y el marcado individualismo en constante búsqueda de un reconocimiento por el otro.

Los blogs son un emergente del cruce entre la red y el yo, entre la información (bruta) y la noticia aceptada por la opinión pública que mantiene su escenario en los portales digitales. El problema está en el lugar de emplazamiento del periodismo y de sus enunciados donde el método tradicional de construcción de agendas es sublimado. La aceleración del minuto a minuto y una hora de cierre infinita torna efímero el chequeo, la relación con las fuentes y el valor de la información.

Da igual. Se imprime. Dale que sale (mañana es viejo). En todo caso que lo desmientan...

* Docente-investigador. Facultad de Ciencias Sociales UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-129829-2009-08-12.html

  TEGUCIGALPA, BUENOS AIRES, AMERICA LATINA Y SUS RUINAS CIRCULARES

Honduras y Argentina no sólo están unidas por su antecedente colonial, golpes de Estado y posteriores dependencias económicas, sino por un presente cíclico donde los sistemas democráticos dejan entrever las mismas fisuras de un glaciar a punto de tronar. Puntos de contacto de dos crisis que comenzaron un mismo 28 de junio.

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Opinión

De golpe nos enteramos por los medios de que un presidente recibió la insólita pena del destierro medieval y que en su sillón estaba apoltronado un empresario, por decisión unánime de una Junta Militar.

Nos enteramos de que existía un país en Centroamérica llamado Honduras, entre Nicaragua y Guatemala, pegado a El Salvador, y la sorpresa de un componente cívico-militar que prefirió ceder su soberanía política a los afanes económicos de una pequeña elite con ADN post-neo-liberal.

Días después, circuló un contradictorio documento episcopal donde los representantes de la Iglesia Católica en tierras hondureñas ratificaron su rol de garantes para la ruptura institucional.

En la madrugada del 29 de junio la noticia quedó tapada por los resultados electorales locales y la sorpresa de que aquel “voto no positivo” por las retenciones móviles mostró su espejo en las boletas de los “barones del conurbano”, dejando en un rumbo vacilante a la conducción política y partidaria del gobierno argentino.

También la prensa informó acerca de una fallida gestión con vuelo relámpago de Cristina Fernández, como salida diplomática para cumplir una misión de pacificación regional.

Lo de Honduras fue una operación de cirugía militar elaborada por hombres educados en la temeraria Escuela de las Américas. La experiencia electoral reciente, un desquiciado plebiscito adelantado que devino en una espiral de artificios mediáticos donde ganó la sátira televisiva, montada sobre un escenario de ridiculización de la clase política y al que sus dirigentes asistieron y aplaudieron a falta de propuestas programáticas, con discursos cercanos al grado cero y el infinito.

Parodias y paranoias

Ambos países compartieron parodias. Tanto el envío a Costa Rica del depuesto Manuel Zelaya por el supuesto delito de convocar a una consulta no vinculante para una reforma constitucional, que habilite la posibilidad de una reelección, como la “teoría del caos” (el nosotros o ellos) que espantó sólo a unas pocas viejitas acostumbradas a modelitos clásicos y a las botas altas. Cecilia Pando también se paseó por los medios en su reivindicación genocida.

Pero la paranoia por el desabastecimiento de alcohol en gel y el acopio indiscriminado de barbijos por la mutación de una gripe desconocida dejó fuera de agenda a las noticias internacionales. Y de pronto, pasados los 30 segundos de fama, en un mismo día nos sorprendió de nuevo un gobierno interino en Tegucigalpa que impidió el arribo de Zelaya con un saldo de dos jóvenes baleados transformados en mártires, entre los por lo menos 30 mil manifestantes que lo esperaban; que en China un conflicto étnico dejó 140 muertos y 800 heridos; mientras Argentina pasaba de los 1200 casos comprobados de gripe A H1N1 a una proyección de 100 mil en curva ascendente, informados por un flamante ministro de Salud.

También los medios hicieron un body count con cartelitos similares al recordado riesgo país de 2001. El empresario periodístico Daniel Hadad esta vez no fue de la partida.

No pocas coincidencias se presentan en estos antagonismos. En ambos casos hubo una misma realidad sellada en la incertidumbre de los mercados y el agujero en los bolsillos de ciertos sectores acomodados.

En el Caribe los miedos a un Zelaya eterno que llegó al poder de la mano del Partido Liberal (PL) y terminó sellando su continuidad con el Satán rojo rojito venezolano; en el sur de América, en haber incurrido en el pecado original de pisar el santuario financiero de la soja, en los tiempos efímeros de un “golden boy” que duró apenas un verano en la cartera económica.

Supimos por los medios que el gobierno de facto en Honduras aceptó la mediación del actual presidente costarricense y Nobel de Paz (1987), Oscar Arias Sánchez, aunque éste haya intentado durante su primer mandato (1986–1990) modificar la carta magna para su reelección.

Luego, que el titular del Congreso hondureño, Roberto Micheletti, pertenecía, casualmente, al Partido Liberal y que no estaba muy conforme con el ingreso de ese país, en enero de 2008, al consorcio PetroCaribe, entre otros 17 miembros, que compraban antes de la crisis mundial combustible a Venezuela a precios diferenciales, con una tasa de interés simbólica del 1 por ciento anual. Ni con las negociaciones de un préstamo por 300 millones de dólares con Chávez para gastos en agricultura en la reducción de la pobreza (extrema), frente a los 10 ofrecidos por el Banco Mundial.

Tampoco con la adhesión en agosto de ese año al ALBA (Alternativa Bolivariana de las Américas) y menos aún con el gesto solidario con Bolivia cuando Zelaya dilató la aceptación de las credenciales de un embajador estadounidense, luego de que su par Evo Morales expulsara al diplomático Philip Goldberg por considerarlo parte de la conspiración separatista que, entre otros hechos de violencia, devino en la masacre de Pando, con un saldo de 15 campesinos muertos, 37 heridos y 106 desaparecidos.

Las buenas nuevas mostraron la preocupación estadounidense de la secretaria de Estado Hillary Clinton, cuya actitud humanitaria no estaría relacionada con la ubicación de sus Centros de Seguridad Cooperativa, con bases en Tres Esquinas (Colombia), Iquitos (Perú), Guantánamo (Cuba), Comalapa (El Salvador), Reina Beatri (Aruba), Liberia (Costa Rica), Manta (Ecuador) –por poco tiempo– y, por supuesto, Palmerota (Honduras).

Lo cierto es que de respetarse el sistema democrático, un simple juicio político habría bastado en Honduras para resolver su situación interna. Pero estaba el antecedente del frustrado derrocamiento de Chávez, en 2002, y el más reciente intento de la derecha autonomista en Bolivia.

Aunque América esté unida por su antecedente colonial y las dictaduras setentistas, el caso argentino es distinto. Durante el pasado conflicto del campo diversos intelectuales cercanos al Gobierno instalaron la discusión acerca de un “clima destituyente”. Nunca sabremos si en ese par de opuestos instituyente-destituyente aquel espacio consolidó ese clima sin desearlo, frente al riesgo de un supuesto golpe seco de matices económicos.

De lo que estamos seguros es de la insistencia en el error de cierta parte de la ciudadanía y de sus ruinas circulares, que empezaron con la recorrida del Corpus Christi meses antes de la dictadura en 1955. Sobre ese silencioso componente civil aún queda la duda respecto de la búsqueda de soluciones mágicas en su voto o si existe una verdadera voluntad política en la profundización de un sistema democrático.

Punto y banca

El 28 de junio pasado, el anacrónico golpe en Honduras abrió una nueva partida en el juego de relaciones multilaterales. Esa misma noche en Argentina saltó la banca y el casino flotante de candidaturas “antitraición” dejó ver los aspectos más endebles de un modelo de liderazgos oxidado.

Las reuniones cumbre, patrocinadas desde Washington, para restituir a Manuel Zelaya fueron sólo demostraciones de fuerza en el mapa de relaciones internacionales de un gobierno más preocupado por su situación bélica en Oriente y la instalación inminente del Escudo Antimisiles, diseñado durante los noventa por gobiernos republicanos –preanunciados en los documentos de Santa Fe IV–.

La convocatoria al diálogo por parte de la presidenta Cristina Fernández, el pasado 9 de Julio, una bonita página para la celebración del Día de la Independencia, que abrió otro mazo de cartas en la búsqueda por recomponer su poder licuado en el Congreso a partir de diciembre, con el llamado a un Consejo Económico y Social, que tendrá como tallador entre empresarios, banqueros y sindicalistas a su incondicional ministro polivalente Aníbal Fernández.

Un jefe de Gabinete obligado a resolver en esa suerte de unidad de cuidados intensivos cómo aplacar el rol de los 13 agrodiputados y los bloques opositores aún dispersos, que podrá optar por llevar a ese Consejo por dos carriles opuestos: encontrar la fórmula alquímica para discutir en el Congreso Nacional el diseño de políticas inclusivas a largo plazo o repartir cartas marcadas entre los grandes jugadores del mercado, siempre tentados a negociar en pequeños despachos sus intereses sectoriales.

* Licenciado en comunicación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-128249-2009-07-15.html