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  OPINION


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El 23 de diciembre, organizado por la Asociación Madres de Plaza de Mayo, se llevó a cabo el juicio ético a la Iglesia cómplice de la dictadura militar. Se resaltó que el juicio no era a toda la Iglesia ni era contra la fe o contra el cristianismo, sino contra la Iglesia cómplice. Se recalcó que hubo otra Iglesia comprometida, cuyos militantes fueron perseguidos, secuestrados, encarcelados, torturados y “desaparecidos” como todos los militantes populares. En el juicio expuse conceptos centrales de una verdadera Teología de Mal, que ya había expuesto en Teología y dominación y que, por diversos motivos, habían pasado inadvertidos. Varios me expresaron asombro y horror. Me parece, pues, importante reproducir algunos conceptos entonces publicados, previa readecuación al momento presente. Ello echa un poco de claridad sobre los hechos aberrantes que salen a luz a raíz de los juicios a los máximos responsables del genocidio.

Los crímenes de la dictadura militar fueron impulsados por una determinada mística del soldado cristiano que ha sido coherentemente mantenida por los vicarios y el provicario castrense, en el período que va del ’76 al ’83. La concepción de la presencia de “Dios en el soldado”, que defendía el provicario Victorio Bonamín en 1976, es la misma que está presente en la concepción de los militares argentinos como “soldados del evangelio” que sostiene el vicario castrense José Medina en 1982.

Tanto Bonamín como Medina son buenos exponentes de esta concepción del militar cristiano. Pero tal vez sea el vicario y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Adolfo Tortolo, la voz más autorizada. Sus conceptos al respecto son sobrecogedores y permiten en cierta manera comprender la “furia mística” de ciertos militares como Videla. “El cristiano toma en sus manos –como hombre que vive su conciencia sacerdotal– el don de la vida natural y la ofrece a Dios destruyéndose o inmolándose en reconocimiento de la infinita majestad de Dios y en prueba de su entrega definitiva al Ideal. Esto nos lleva a la ofrenda en aras de un Ideal cuya raíz es Dios; al servir a la Patria hasta morir por ella.”

Ya tenemos los conceptos que fundamentarán la mística del soldado cristiano, capaz de morir y de matar: la “Infinita Majestad de Dios”, Dios todopoderoso, el cual exige destrucción o inmolación. Dios es un Ideal que se alimenta de la destrucción de la vida natural. Necesita sangre. De Dios deriva la Patria, que viene a ser una encarnación divina; en consecuencia un Ideal que solo vivirá de inmolación y destrucción.

“El amor a la Patria es sagrado [...] Cristo amó a su Patria, sojuzgada entonces por Roma. Dignificó y santificó de este modo el valor de la Patria. El amor a la Patria, que debe ser generoso y leal en cualquier hombre, debe serlo doblemente en el cristiano. Si morir por la Patria es dulce para cualquier hombre de bien, más dulce lo es para el cristiano que contempla el universo a la luz de la fe, y a la luz de la fe considera el Ideal de la Patria. Este amor a la Patria debe darse en grado eminente y heroico en quienes integran las Fuerzas Armadas de una Nación.” Un amor “en grado eminente y heroico” a un Ideal que exige inmolación y destrucción puede ser terrible, puede llevar a la furia de la destrucción “más allá del bien y del mal”.

Continúa el vicario castrense: “La vocación militar está signada por el riesgo permanente. Riesgo que la Fortaleza espiritual dinamiza y nutre. En las Fuerzas Armadas debe darse una clara y decidida vocación a la muerte como ideal inherente a su más entrañable Ideal Militar, condición ‘sine qua non’ para vivir el sentido heroico de la vida y para realizarse con el plasma que plasma héroes”. La “Fortaleza espiritual”, es decir, la mística que proporciona la legitimación teológica que realiza el vicariato, “nutre y dinamiza” el “riesgo permanente” de los militares, ese jugarse siempre al borde de la muerte que los caracteriza, porque al Ideal Militar le es inherente la vocación a la muerte. Allí está presente la Iglesia con su teología de la muerte para sostener espiritualmente a los caballeros de la muerte.

Pero el vicario castrense no deja de seguir internándose en estas profundas sendas de la mística de la muerte: “El héroe está hecho de renuncias personales, de grandeza de alma, de fe integral, ajena a toda servidumbre espuria. El héroe está situado inmediatamente después que el santo –sin olvidar que todo santo es héroe– así sea héroe con el heroísmo de la humildad y del silencio”. El texto habla de por sí. El héroe, o sea, el militar, viene inmediatamente después del santo, o sea del sacerdote, sin olvidar que todo santo o sacerdote es héroe o militar, el santo y el héroe, la cruz y la espada, la Iglesia y el Estado. El sacerdote u hombre de Iglesia es un santo-héroe y el militar un héroe-santo, anverso y reverso de la misma realidad, con hegemonía del santo pero que sólo puede hacerla valer con la fuerza del héroe.

Luego viene la estremecedora conclusión: “No es necesaria la efusión de sangre para ser héroe. Basta vivir el terrible cotidiano, sin dejar de cultivar la perspectiva de una senda que exija la efusión de sangre”. Creo que no es necesario agregar nada más. Aquí está en toda su trágica dimensión lo sustancial de una Teología de la Dominación, que se manifiesta crudamente como Teología de la Muerte, que sirvió para mantener el espíritu de los militares que sólo mediante un genocidio creían poder volver atrás la historia para revivir los supuestos idílicos tiempos de la perfecta unión entre la cruz y la espada.

La Teología de la Dominación en su versión más acabada de la Teología de la Muerte desarrollada por los vicarios castrenses, con su correspondiente mística del soldado cristiano, debía ser aplicada por los capellanes militares, cuya labor era, como la definió Bonamín, “formar espiritualmente y doctrinariamente a los cadetes y soldados”. Monseñor Antonio Plaza, al estrenarse como flamante capellán de la policía bonaerense, la de Camps, aseguró que la Iglesia brindaría “fortaleza espiritual” a los integrantes de los cuadros policiales y a sus familias “para templarlos ante la adversidad”.

Los capellanes militares junto con los integrantes de las Fuerzas Armadas y policiales, en los centros clandestinos, en sus relaciones con las familias de los militares, eran la cruz junto a la espada, el espíritu que animaba a la materia, lo sagrado que daba sentido a lo profano, es decir, a los secuestros, torturas y desapariciones. En efecto, de acuerdo con la mística que se deriva de la concepción del Dios mayestático que exige inmolación y destrucción, el capellán Mackinnon podía invocar a Dios “para que nuestro uniforme no tenga otra mancha que la de la sangre propia o ajena derramada por una causa justa; porque esta sangre no mancha, dignifica”.

Esta acción mostró su eficacia en los centros clandestinos. Hay testimonios sobre la existencia de interrogadores cursillistas, además del conocimiento que tenemos de la existencia de toda una brigada que llevaba el nombre de “Colores”, el himno del cursillismo, cuyo representante principal, apellidado precisamente Colores, se caracterizaba por la manera en que gozaba las torturas. Había militares que en los centros clandestinos usaban el rosario, militares torturadores que se consideraban cruzados, inquisidores, enviados de Dios en contra de los diablos; torturadores que interrogaban sobre la fe de sus víctimas; y por supuesto la continua proclamación de “los valores occidentales y cristianos” por los que se lucha.

* Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-159425-2010-12-28.html

  OPINION


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Tenemos en nuestra retina grabada la escena de Néstor Kirchner, tras recibir el bastón de presidente y jugar con él, como un niño travieso, sumergiéndose en la multitud para dar y recibir abrazos, inaugurando de esa manera el movimiento nacional, popular y latinoamericano en una nueva versión. No lo vimos entonces, pero eso era lo que inauguraba Néstor en el cercano o lejano 2003, según quién lo mire. Ese movimiento que Néstor ponía en marcha es el que Cristina retoma. Muestra clara de ello es el primer acto público que realiza tras la muerte de su esposo, pues se dirige directamente a los obreros de la fábrica Renault. El líder y el pueblo en relación directa y dialogal por sobre las instituciones, característica fundamental de los movimientos. ¿Qué son, pues los movimientos?

Los movimientos están constituidos por vastos sectores sociales populares que constituyen lo que en nuestra práctica política hemos denominado siempre como campo popular. Hablamos de sectores populares más bien que de clases sociales porque en las sociedades en las que se conforman los movimientos populares no se dan, entre los diversos grupos sociales, los contornos nítidos que son propios de las clases sociales.

Así, en nuestra sociedad es muy difícil ubicar en una clase social propiamente dicha a los cuentapropistas, a los villeros, a los que tienen trabajo temporario, a los desocupados. Esto no significa negar la existencia de las clases sociales, sino tomar cuenta que éstas se encuentran desdibujadas, con contornos confusos. Los sectores englobados por un movimiento van desde la clase obrera ocupada, a los trabajadores desocupados, a los villeros, pasando por los abigarrados y vastos sectores medios hasta los empresarios medianos. Si hay algo ambiguo, sumamente complejo, es todo lo que incluye el nombre de “clase media”.

En segundo lugar, los diversos sectores sociales para construir el movimiento se unen alrededor de grandes ejes que expresan sus problemas fundamentales y los de toda la nación. Así, cuando se forma el peronismo en la década del ’40, algunos de esos grandes ejes fueron la construcción de las organizaciones gremiales de los trabajadores, las obras sociales, la industrialización, la nacionalización de los resortes fundamentales de la economía, el voto de la mujer y otros.

En tercer lugar, los movimientos surgen de abajo, en un proceso de lenta gestación, alrededor de necesidades comunes de los sectores populares que se expresan en los grandes ejes que acabamos de citar. El proceso de gestación, en un determinado momento, encuentra la manera de expresarse, de salir a la luz y conformarse orgánicamente. El peronismo sale a la luz pública de una manera inesperada, el 17 de octubre de 1945.

Desde un punto de vista es correcto decir que nadie lo preparó. El 17 de octubre fue la reacción espontánea de los sectores populares ante la agresión de las clases dominantes. Pero desde otro punto de vista, se debe decir que tuvo un largo proceso de preparación. Desde la crisis del movimiento yrigoyenista al que suplantó, venía gestándose en las entrañas del pueblo.

En cuarto lugar, en la conformación del movimiento es esencial el surgimiento de un líder, un conductor que exprese cabalmente el sentimiento, los anhelos, las reivindicaciones, las utopías del pueblo. El líder no se elige, surge y se legitima por su accionar, su comprensión del proceso, su capacidad de dialogar con el pueblo.

Los partidos en cambio se conforman alrededor de determinados principios que se establecen en documentos que elaboran sus dirigentes. La pertenencia al partido depende de la adhesión a los mismos. Los partidos se constituyen desde arriba. Para formar un partido basta la voluntad de algunos ciudadanos. Naturalmente que el partido tendrá éxito si de alguna manera expresa intereses de las clases que lo componen, pero ésta es otra cuestión.

Cualquier grupo de ciudadanos con voluntad política puede formar un partido. Ello es absolutamente imposible si se trata de un movimiento. Por ello, es correcto decir que a los partidos se los forma, se los crea, mientras que los movimientos nacen por las necesidades de los sectores que los conforman, pero triunfan sólo cuando encuentran los instrumentos necesarios para ello. Nos referimos a las estructuras, las organizaciones, los análisis, etc. Los movimientos pueden ser ahogados en su mismo nacimiento si los sectores populares capaces de conformarlo, al salir a la superficie, no encuentran la manera de organizar su fuerza numérica. Sólo cuando ésta logra organizarse se puede decir que surgió el movimiento que venía gestándose.

- Los frentes y las agrupaciones políticas. Los frentes están constituidos por diversas agrupaciones políticas. Estas diversas agrupaciones se unen mediante un pacto, contrato o alianza que se realiza de acuerdo con un determinado programa, en el cual se especifican los límites precisos del frente, determinados por los objetivos que se persiguen. El frente puede ser hecho tanto para concurrir a una elección o para enfrentar determinado problema, como para plantearse objetivos de mayor profundidad. Pero cada sector o agrupación conserva su propia identidad, su propia libertad para actuar en todos aquellos problemas que no figuran expresamente en el programa conforme al cual se construyó el frente.

El movimiento es una unidad, actúa como un todo en todos los problemas fundamentales, aunque son admitidas las corrientes internas. Esto es sumamente importante. La unidad como un todo del movimiento puede degenerar en la dictadura corporativa si no se respetan las diferencias. Debe ser unidad en la diferencia, totalidad dialéctica de universalidad y particularidades. El frente, por el contrario, actúa unitariamente sólo en los problemas explícitamente contenidos en el programa que se ha pactado.

Vemos así al movimiento como una etapa distinta al frente. En el movimiento los diversos sectores sociales encuentran la manera de superar sus diferencias circunstanciales y unirse en todo aquello que les interesa vitalmente. No significa ello que el movimiento descarte al frente. Ello no puede ser, porque es prácticamente imposible que todos los sectores confluyan en el movimiento. El movimiento se planteará el frente con los sectores populares que no han entrado en él.

- Yrigoyenismo y peronismo. En la Argentina moderna, la que entra en la órbita del capitalismo iniciando su proceso de industrialización, los sectores populares siempre que lucharon eficazmente por sus intereses, lo hicieron en movimientos populares. Así aconteció con el yrigoyenismo y el peronismo. Ello no significa menoscabar o desconocer las luchas por la liberación que diversos sectores populares libraron en el seno de otras agrupaciones políticas, sino sólo señalar que los sectores populares pudieron reivindicar eficazmente sus derechos cuando se organizaron en vastos movimientos populares.

El primero de estos movimientos en la Argentina moderna fue el yrigoyenismo. Formado a fines del siglo pasado, llegó al poder a principios de este siglo, para entrar en crisis en la década del ’20, con el triunfo del alvearismo en su seno. Esta crisis tiene un lento y largo desarrollo que encuentra su solución recién en la década del ’40, cuando los sectores populares, con su fuerte componente obrero, logran organizarse en un nuevo movimiento, o logran pasar a una nueva etapa superior a la anterior.

El peronismo es este nuevo movimiento. Su gestación y lento desarrollo abarca desde la década del ’20 a la del ’40. El 17 de octubre constituye su salida a la luz, su emergencia a la superficie, “El subsuelo de la patria sublevada”, como diría Raúl Scalabrini Ortiz. Ese 17 de octubre no fue un milagro. Fue repentino, inesperado, pero conoció una larga gestación que sólo esperaba el momento oportuno para aparecer.

El movimiento repentinamente salido a la luz logra imponerse porque el trabajo de Perón, de Evita, de los integrantes de Forja y de otros compañeros le habían preparado los instrumentos necesarios. En la década del ’50, el peronismo entró en crisis como movimiento popular, como movimiento de liberación. La crisis se prolonga hasta la década del ’70, en la que finalmente se resuelve con la derrota del proyecto de liberación en su seno.

Por largos años el grueso de los sectores populares tuvo en el peronismo su referente político natural y la mayoría de sus cuadros populares se alistaron en sus estructuras para lograr eficacia en sus reivindicaciones. Finalmente, en los ’70, el proyecto de liberación es derrotado en el seno del peronismo. Ello creó la necesidad de que surgiese la nueva etapa del movimiento popular.

- Kirchner y la pueblada de diciembre de 2001. La pueblada del 19-20 de diciembre de 2001 significó un quiebre profundo en la conciencia de gran parte de los sectores medios que se unen, de esa manera, a los sectores populares que ya venían resistiendo con sus MTDs, piquetes, marchas, y cortes de ruta. El movimiento popular estaba ahí pero sólo en-sí, como diría Hegel.

El grito que atruena en Plaza de Mayo y se expande por las calles, plazas y parques de Buenos Aires y de otras ciudades del interior es “¡que se vayan todos!, ¡que no quede ni uno solo!”. En ese grito se expresa el quiebre el neoliberalismo, de los partidos políticos que lo habían asumido y, con ello, un rechazo visceral a la política. Como nunca se marcha, se forman grupos, surgen asambleas en las que se debate política al mismo tiempo que se rechaza la política.

De esa manera se tiraba al bebé, o sea, la política, con el agua sucia, es decir, los partidos políticos y los dirigentes políticos, responsables de la debacle. Poco a poco el movimiento se va apaciguando. Las asambleas, numerosas, bulliciosas, llenas de debates, al principio, se van apagando. A los tres años sólo quedan algunas, mientras que los políticos a los que se los conminaba a irse, volvían. Quedó la sensación muchas veces expresada de que no sólo no se fueron, sino que volvieron todos.

¿Fue ésa entonces una pueblada fallida? ¿No quedó nada de ella? Hubo alguien con un olfato político especial que leyó correctamente lo que había sucedido en 2001, y ése fue Néstor Kirchner. Por caminos azarosos llega a la presidencia en 2003 e inmediatamente comienza dar respuestas a los problemas que se encontraban implícitos en el “¡que se vayan todos!”. Limpieza de la Corte Suprema, descabezamiento de la cúpula militar, política de derechos humanos, no represión de la protesta social. Podemos seguir con las medidas, profundizadas luego durante la presidencia de Cristina, pero ello no es necesario. Lo que sí es necesario es tener claro que de lo que se trataba era de retomar el proyecto nacional, popular, latinoamericano, destrozado cruelmente desde la dictadura militar genocida con su culminación en la nefasta década del ’90.

Es el proyecto nacional y popular autocentrado, es decir, que mira en primer lugar al mercado interno, lo que supone industrialización, plena ocupación y amplio desarrollo de la cultura a partir de la promoción y defensa de la escuela pública en todos sus niveles. El proyecto no se restringe a los meros límites de la nación. Esta es la patria chica que sólo se podrá realizar en el horizonte de la Patria Grande Latinoamericana. Los pasos que se dieron en ese sentido son más que evidentes y prometedores.

¿Qué pasa entonces con las instituciones? Estas son instrumentos necesarios del movimiento. Si éste es vigoroso también lo serán las instituciones. Cuando se hace la prédica del salvataje de las instituciones, de hecho lo que se pretende es la derrota del movimiento. Quieren instituciones sin movimiento popular, es decir, instituciones que sirvan de pantalla a los grandes intereses monopólicos que se pretenden democráticos.

Es revelador ver a nuestros defensores de las instituciones, de la calidad institucional, asaltar las comisiones de la Cámara de Diputados para luego proclamar, como lo hizo Pino, que se trata de un “día histórico”. El triste espectáculo de la legislatura, obediente a las órdenes de la profetisa de los Apocalipsis, tratando de poner obstáculos a la gestión de gobierno es la realidad de los defensores de las instituciones o de la calidad institucional.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157310-2010-11-22.html

  EL ADIOS A KIRCHNER


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El 27 de octubre me encontraba en México, cuando mi sobrina Vanesa me anuncia la terrible noticia que acaba de recibir, vía telefónica: “Murió Kirchner”. No, no puede ser. Sentimiento terrible y profundo de bronca, de injusticia. Dolor por la pérdida irreparable, por estar lejos y no junto al pueblo, con el pueblo, que sin duda habrá de mostrar todo su agradecimiento y el juramento de estar junto a Cristina para continuar y profundizar el proyecto de transformación en marcha.

Acudo a Internet y allí no sólo constato lo presentido, sino que la realidad lo supera por default. La Argentina profunda, el pueblo-pueblo, la multitud, no la que piensa Negri, sino la que se construye como “pueblo” se hizo presente, desbordó los espacios para agradecer a Néstor que había sacado al país del infierno, que había reconstruido el Estado, que había revalorizado la política, en una palabra, que había retomado la senda del proyecto nacional, popular, latinoamericano que, después de la gesta del primer peronismo, había naufragado bajo las balas de la Marina y el Ejército.

Del 2001 al 2010 se producen tres puebladas mediante las cuales el pueblo trazó el camino de recuperación de la patria. La primera se produjo el 19-20 de diciembre de 2001 bajo el lema “¡Que se vayan todos!”. Era el hartazgo del pueblo frente a las políticas neoliberales de los ’90. Pueblada condenatoria del neoliberalismo depredador que había dejado al país en la más terrible desolación. Fue una pueblada sin propuesta, se dijo en mil tonos diferentes, es decir, fue algo negativo. ¿Sin propuesta? Hubo alguien que interpretó el acontecimiento de manera diferente y ése fue Kirchner, el pingüino que vino del Sur, entró por la ventana, el único hueco que encontró para “colarse”. No sé qué lecturas de Hegel tenía Néstor en su haber, pero sin duda que Cristina le habría comentado algo al respecto. Pero con lecturas hegelianas o sin ellas, supo ver que dicha pueblada era la primera negación a la que le seguiría la segunda, la cual él se sentía llamado a producir.

La negación de la negación que el pueblo reclamaba mientras inundaba las calles en jornadas intensas significaba terminar con la impunidad, renovar la Corte de la “vergüenza”, limpiar el Ejército, impulsar la política de los derechos humanos, recuperar el trabajo, impulsar el mercado interno, en una palabra, retomar el proyecto nacional, popular y latinoamericano por el que habían luchado los fundadores de nuestra nacionalidad y que el primer peronismo había recuperado en la década del ’40. Ello no podía hacerse sin confrontación, porque un proyecto popular necesariamente choca con los intereses de los grandes centros de poder, que recurrirán a todos los medios para hacerlo naufragar. Una vez que el proyecto nacional mostró cierta consistencia, comenzaron los enfrentamientos más serios, porque el proyecto nacional sólo podía avanzar cercenando intereses de los poderosos.

Vino así el enfrentamiento con las corporaciones agrarias, autodenominadas “campo”. Ese momento fue crucial en la definición del proyecto que divide netamente a la sociedad en dos campos, el nacional y popular y el antinacional y antipopular, el autocentrado en el mercado interno, que mira a América latina como horizonte, y el heterocentrado en el mercado externo que mira al Imperio como horizonte y añora las “relaciones carnales”. La 125, traición de Cobos y restricción mental de “almas bellas” que fingieron votar por un proyecto inexistente mediante, no pasó, pero marcó a fuego la existencia de dos campos antagónicos sobre los cuales había que decidirse. No eran Néstor ni Cristina quienes dividían esos campos. Eran los proyectos de país que ahora se hacían explícitos y ya no valía la “buena voluntad” para dispensarse de participar.

¿Derrota del pueblo? ¿Derrota del Gobierno? Sí, en parte, pero el gobierno de Cristina, en lugar de ceder y entregar las banderas, profundiza el proyecto con las mejores medidas, la supresión de las AFJP, la estatización de Aerolíneas, la Asignación Universal por Hijo y jubilación para 2.500.000 personas. ¿Estaba el pueblo conforme? Según lo que transmitían la televisión, Clarín y La Nación, había un descontento generalizado y una inseguridad que hacía que volver a casa fuera poco menos que un milagro. Llegaron entonces los festejos del Bicentenario y allí se produjo la segunda pueblada. Millones de argentinos llenaron el centro de Buenos Aires, dando el mensaje explícito de que estaban conformes con la marcha del proyecto.

Y llega el momento inesperado, la muerte del líder, autor principal del proyecto nacional, popular y latinoamericano. Era el momento en que el pueblo debía hacerse presente en el espacio público para agradecer, pero sobre todo para mostrar que estaba dispuesto a sostener con su presencia y movilización el proyecto transformador que hasta ese momento era compartido por el liderazgo de Néstor y Cristina y que ahora queda en manos de la Presidenta. En ese momento angustioso, con olor a tragedia, el pueblo no falló, como nunca lo hizo en esos momentos en que las circunstancias exigieron su presencia y participación. Masivamente dijo que el movimiento popular había salido definitivamente de las sombras en que la dictadura militar y las depredatorias políticas neoliberales lo habían sumergido, para ser nuevamente protagonista bajo el liderazgo de una mujer que ha dado muestras de la entereza, el valor y la preparación intelectual más que suficiente para ejercerlo.

La participación masiva de los jóvenes nos dice que hemos recuperado la tradición movimientista que ha sido protagonista de los mejores logros tanto de la política interna como de la externa. Los desafíos son grandes y nada está asegurado de antemano, pero las perspectivas son esperanzadoras en la medida en que el pueblo se pone como protagonista.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156550-2010-11-09.html

  OPINION


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Los partidos de izquierda y semiizquierda, llamados de centroizquierda, se sienten en su propia salsa cuando el Gobierno presenta rasgos reaccionarios y represivos. La contradicción aparece entonces con absoluta claridad, sin peligro alguno de confusión. La realidad se enturbia cuando el gobierno de turno presenta rasgos populares o, en todo caso, que benefician a los sectores populares. Dichos partidos necesitan que el Gobierno sea reaccionario. De esa manera, piensan que tienen espacio para su crecimiento, sin ningún tipo de confusión. Los hechos del presente gobierno desmienten esa pretendida realidad. ¿Cómo hacer entonces para que esa necesidad se transforme en realidad, o sea creída como tal? Es allí donde viene en su auxilio Kant, ese gran filósofo de fines del siglo XVIII. Dice Kant al inicio de Fundamentación de la metafísica de las costumbres: “Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad”, es decir, una buena intención. No se trata de hechos sino de intenciones. Son éstas las que cuentan. En consecuencia, todos los hechos deben ser juzgados según sus intenciones.

Para cortar por lo sano, representantes de esos partidos de izquierda directamente afirman que la única intención o voluntad de los Kirchner es “robar”. Con ello, no hay hecho que se salve, pues todos ellos tienen como única intención el robo. El asunto queda así plenamente clarificado. Todos los hechos del Gobierno serán pasados por este tamiz. La política de los derechos humanos en la realidad, independientemente de las intenciones, ha producido hechos que los sectores del campo popular, con los movimientos de derechos humanos a la cabeza, reclamaban insistentemente. Los genocidas están siendo juzgados y condenados, la jefatura del Ejército fue desmantelada, la Corte Suprema de la ignominia fue descabezada y, en su lugar, fueron elegidos miembros de intachables antecedentes. ¿Qué dicen al respecto nuestros kantianos? Todo eso lo hace el Gobierno para tapar sus negocios, para cooptar a los movimientos populares y, en especial, a los de derechos humanos. Además, el juicio a los genocidas ya estaba “en la corriente” (sic!). Mientras practica una política de derechos humanos del pasado, los derechos humanos del presente son pisoteados.

Latinoamérica vive una nueva etapa de su historia. Por primera vez, desde las luchas de Felipe Varela contra la política genocida de Mitre, se habla de la Patria Grande Latinoamericana. El proyecto del ALCA de Bush naufraga en las aguas de Mar del Plata; el Mercosur, con todas sus contradicciones, experimenta verdaderos avances, se forma la Unasur. Por primera vez se unen todos los presidentes latinoamericanos para rechazar el golpe de Estado contra uno de ellos. ¿Qué dicen nuestros kantianos? Por ahí va la corriente y, en todo caso, se trata de “negocios”. Para algunos es peor, pues afirman que la Argentina es el freno para estos avances latinoamericanos.

Viene luego el movimiento “golpista” de las corporaciones agrarias, denominado “del campo”, que sometió al país a un feroz lo-ckout comandado por la “democrática” Sociedad Rural y protagonizado por los Panzers de la Federación Agraria. El problema giró alrededor de la 125. ¿Qué opinaron nuestros kantianos? Que toda la culpa del conflicto es del Gobierno porque las retenciones eran para pagar la deuda externa y, por otra parte, no propuso “retenciones segmentadas”. En realidad todas las propuestas del Gobierno haciendo concesiones a los pequeños productores fueron rechazadas, lo que indicaba a las claras que no se trataba de segmentar las retenciones. Finalmente, se llega a las votaciones en ambas cámaras. En Diputados es donde se lucen los kantianos. El hecho, no la intención, era votar a favor o en contra de la 125. Si se votaba a favor se estaba con el Gobierno; si, en contra, con la Sociedad Rural y sus socios. La intención de nuestros kantianos desmintió el hecho: votaron por las retenciones segmentadas. Lo único bueno, como afirma Kant, es la “buena voluntad” o la pureza de intención. Los hechos son despreciables. Tuvo que ser el jefe de los Panzers de la FA, Eduardo Buzzi, quien finalmente aclarase la naturaleza del conflicto que en vano muchos habíamos denunciado. “La consigna es –afirmó en una reunión de productores agropecuarios– desgastar a este gobierno.”

Viene ahora otra ocasión brillante para que un partido de centroizquierda como Proyecto Sur muestre definitivamente que ha incorporado la buena voluntad a su política de desgaste del Gobierno, con lo que piensa acrecentar su espacio político. Se trata de la votación del 82 por ciento a los jubilados. Como partido de izquierda, Proyecto Sur está a favor de la medida. Por otra parte, sabe, y lo ha dicho su jefe, que aprobar tal medida sin proponer la fuente de financiamiento es una irresponsabilidad. ¿Qué hace entonces? Da el quórum para el debate. Presenta la propuesta de financiamiento. Con ello, su buena voluntad ha sido plenamente demostrada. Ha salvado sus principios. Ahora sabe que si da quórum para la votación se aprobará la propuesta del 82 por ciento que había declarado como “irresponsable”. El dar el quórum está en los despreciables hechos. No tiene importancia. Su buena voluntad está a salvo.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-152376-2010-09-01.html

  OPINION


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El Dios de Bergoglio volvió a empuñar las armas contra un enemigo terrible, el otro, el homosexual, que hace temblar todo el cosmos en el que nos encontramos orientados. Pero no es el Dios de Jesús de Nazaret. Efectivamente, narra el Evangelio de Marcos que Jesús después de la “multiplicación de los panes”, es decir, de la propuesta de la economía solidaria en la región judía, “obliga” a los militantes de su movimiento a embarcarse para trasladarse al otro lado del “mar”.

La travesía se encuentra obstaculizada por fuertes vientos que amenazan con hacer naufragar la embarcación. Como consecuencia de ello, claman por el salvador que se les aparece caminando sobre las aguas, pero ellos no lo conocen, creyéndolo un “fantasma”. Finalmente, Jesús logra apaciguarlos y llevarlos al otro lado, a la región de los “paganos”, para hacer también allí la propuesta de la nueva sociedad.

En el fondo del “mar” se encuentran los terribles monstruos del miedo al otro que pueden invadir nuestro cosmos, hacernos perder el sentido, la orientación. En lugar de los “paganos” ahora nos amenazan los “homosexuales”. Quieren invadir nuestro “cosmos” donde todo está ordenado, donde presuntamente sabemos qué está bien y qué está mal. Para eso está la Iglesia Católica que nos lo dice.

El otro es el monstruo que es necesario matar. Es por eso que el Dios del miedo calza la armadura y declara la guerra. Dice Bergoglio: “Aquí está en juego la identidad y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos”. Otra forma de familia hace tambalear el sentido fijado de una vez para siempre. Entramos en un tembladeral en que nada permanece fijo, todo se tambalea, y esto no puede más que ser obra del enemigo de Dios, el “demonio, padre de la mentira”.

¡Guerra, pues, al demonio! Pero hay que tener en cuenta que la guerra del Dios de Bergoglio no comienza ahora. Comenzó en el origen mismo de la humanidad, en el Edén cuando el demonio, bajo la figura de la serpiente, se hizo presente para destruir el orden estatuido por Dios. Lo dice Bergoglio en la carta en que ordena a la legión de las carmelitas ponerse en orden de batalla: “Aquí también la envidia del demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra”.

“La imagen de Dios: hombre y mujer.” Es el cosmos, el universo con sentido. Todo está ordenado. Cada quien en su lugar. Viene ahora el demonio y amenaza destruir este orden. En lugar del cosmos, el caos. Todo se desordena, todo pierde sentido. El Dios que todo lo ha ordenado no puede menos que salir a dar pelea.

En el siglo XII era el Islam el que ponía en peligro el cosmos, por lo cual desde la cúspide de la Iglesia se ordena la “cruzada” en la que, como dice San Bernardo, “el soldado de Jesucristo mata gustoso a su enemigo y muere con mayor seguridad. Si muere, a sí se hace bien; si mata, lo hace a Jesucristo”.

En el siglo XIV, el Dios de Bergoglio sale a guerrear contra valdenses, albigenses, lombardos y hussitas. Desde el siglo XII, el tribunal de la Inquisición viene funcionando a pleno. El Sínodo de Verona (1184) inculca a los obispos “el deber de proceder en todas las parroquias, mediante un sacerdote y algunos laicos de confianza, a la denuncia de los herejes y a su castigo por medio de la autoridad civil”.

En el siglo XIX, el monstruo que amenaza lanzar el universo al caos se denomina “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” proclamado por la Revolución Francesa. Las condenaciones eclesiásticas apuntan a “la plena e inmoderada libertad de opiniones”, al “delirio” de sostener que “la libertad de conciencia y de culto es propia de cada hombre” que es, en realidad, la “libertad de perdición”.

Pío IX da a conocer un elenco de los errores modernos entre los que figura sostener que “el conocimiento de las cuestiones morales, lo mismo que las leyes civiles, puedan y deban ser independientes de la autoridad divina y eclesiástica”. Pero la perla de los ochenta errores enumerados es la que dice que es un error que debe ser condenado sostener que “el Pontífice romano puede y debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la reciente civilización”.

El otro que hoy amenaza el cosmos es el homosexual, el impuro. El ordenamiento de los estamentos en la sociedad sacerdotal en la que vivió Jesús de Nazaret se hacía en base al valor fundamental de la pureza. Desde la máxima pureza del sumo sacerdote hasta el impuro de los impuros que era el leproso. Este perturbaba absolutamente el orden social, resquebrajaba el cosmos, por lo cual: “Llevará los vestidos rasgados, se cubrirá hasta el bigote e irá despeinado gritando: ‘impuro, impuro’. Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo”. Es la ley sacerdotal establecida en el Levítico. ¿Qué hace Jesús? Se acerca al leproso, lo toca, con lo cual él también se transforma en impuro según la concepción sacerdotal. Pero en realidad cura al leproso, es decir, lo incorpora a la sociedad, con el cual desaparece la impureza, o mejor, muestra que nunca la hubo. El orden sacerdotal se desploma y se construye un nuevo sentido. Una nueva sociedad.

Para Bergoglio y su Dios, el homosexual es el pagano, el musulmán, el valdense, el albigense, en una palabra, el hereje que amenaza a la familia, a la sociedad, esto es, al cosmos en que nuestra vida tiene sentido. Por ello ordena a su tropa ponerse en orden de combate. Es la “guerra de Dios”.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/149672-48040-2010-07-17.html

  DOS REFLEXIONES SOBRE LAS CELEBRACIONES DEL BICENTENARIO


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Una pueblada diferente

Del 22 al 25 de mayo el centro de Buenos Aires fue una marea incontenible de pueblo haciendo estallar sus ganas irrefrenables de festejar, produciendo, de esa manera, una de las grandes “puebladas” que desde mediados del siglo pasado vienen jalonando la historia nacional. Pero se trata de una pueblada “diferente” y si bien cada pueblada tiene su sello particular y es diferente a las otras, ésta lo es de manera especial. En primer lugar, debemos preguntarnos sobre la categoría “pueblo”. Parece que se trata de una categoría borrosa, propia de analfabetos tercermundistas que no entienden que la sociedad está dividida en clases sociales y, de esa manera, mezclan las clases y de un abigarrado de ellas hacen una especie de sujeto denominado “pueblo”. De hecho, diversas agrupaciones políticas que pretenden orientarse con un programa “progresista” se dicen pertenecientes al “centroizquierda”.

Una mirada general a la conformación de las sociedades por el capitalismo en el Primer y en el Tercer Mundo nos hará comprender lo que abarca la categoría “pueblo”. En el Primer Mundo, en su epicentro, allí donde tiene sus raíces, el capitalismo produce una diferenciación clara de clases sociales que se expresan a nivel político, en sus correspondientes partidos. Diferente es su comportamiento en el Tercer Mundo, donde el capitalismo es introducido desde fuera. Aquí las clases se presentan con contornos borrosos, difícilmente articulables en partidos clasistas. La dominación configurada como “oligarquía” se ejerce sobre un conglomerado donde figuran trabajadores ocupados y desocupados, campesinos, villeros, cuentapropistas, empleadas domésticas, trabajadores temporarios, pueblos originarios, comunidades de diverso tipo. Todos estos sectores que sufren las consecuencias de la dominación tienden a conformar el “pueblo”. “Tienden”, porque no necesariamente lo conforman, porque ser pueblo significa ser sujeto-pueblo. Nadie es sujeto sino que se hace sujeto, se crea como sujeto. Esto vale para el sujeto individual y el colectivo, cualquier sujeto colectivo sólo es tal en la medida en que decide serlo. Devenir sujeto, hacerse sujeto, es un proceso continuo, dialéctico. En la medida en que el sujeto deja de hacerse, de ponerse, es llevado por delante, es reducido a objeto manipulable. Las “puebladas” son los momentos en que el pueblo decide dejar de ser objeto, dejar de deslizarse hacia la objetualización y revertir la marcha. Son momentos de refundación.

La historia de nuestro país vista desde abajo es la historia de sus puebladas. Desde mediados del siglo pasado hasta el Bicentenario podemos distinguir cuatro grandes puebladas desde las que el pueblo se rehizo y comenzó una nueva etapa histórica. La primera es la del 17 de octubre de 1945 con que se construye la “nueva Argentina” de pleno empleo, violentamente reprimida en 1955. La segunda tiene lugar en Córdoba, el 29 de mayo de 1969, que inaugura una nueva etapa que triunfa en 1973 y sólo es vencida mediante un verdadero genocidio. Fueron dos puebladas en las que el sujeto-pueblo no sólo ocupaba el espacio público sino que lo hacía con un proyecto, organizaciones y liderazgos capaces de llevarlo a cabo. Diferente es la pueblada que se produce el 19-20 de diciembre de 2001, porque esta vez como en las anteriores se rechazaba un modelo de país, pero no se tenía un proyecto alternativo, no había organizaciones ni liderazgos capaces de encaminar la fuerza popular hacia una construcción positiva. A partir de 2003 con la emergencia de un liderazgo que aparece en forma no prevista, por la ventana, diríamos, comienzan a cristalizar realizaciones que responden a lo que la pueblada había reclamado sin lograr realizar propuestas concretas. Todo el trabajo que habían realizado los movimientos sociales y de derechos humanos, los gremios en los ’90 van dando los frutos esperados.

Llegamos así al 2010, año del Bicentenario, cuando se produce una pueblada completamente distinta. Es la primera en la que no se reclama nada sino que sólo se festeja. Son cuatro días en que un río de pueblo nunca visto inunda el centro de Buenos Aires, festejando, a pesar de la infernal propaganda de la absoluta mayoría de los medios de comunicación en el sentido de que todo está mal y, en consecuencia, de acuerdo en esto con algunos grupos de izquierda, no hay nada que festejar. Un pueblo que, convocado o invitado por el Gobierno, sale a festejar de esa manera, lo hace políticamente. Da risa la torcida interpretación de voceros opositores que interpretan que el pueblo festejando dio un mensaje contrario al Gobierno, diciéndole que no está de acuerdo con su “crispación”. El pueblo bailó, cantó, saltó, dijo a los gritos que está contento, lo que no quiere decir que no tenga críticas o que no hay nada más que hacer. Puede verse la pueblada bicentenaria como la negación de la negación de la pueblada del 19-20 de diciembre del 2001. Esta expresó la utopía en negativo, ¡que se vayan todos! No se trataba en realidad de los individuos que ocupaban los puestos políticos, aunque necesariamente éstos se viesen involucrados, sino de la política neoliberal que había producido el desastre nacional. Ese mismo pueblo, que entonces no encontraba el camino de la recuperación, ahora celebra su encuentro. Si antes reclamó, luchó y fue atrozmente reprimido, dejando treinta compañeros asesinados, ahora celebra por el camino reencontrado, camino que hay que transitar y en muchos aspectos corregir. La lucha seguirá siendo ardua, pero ello no le impedirá festejar.

Nuestra historia siempre estuvo atravesada por dos proyectos antagónicos, uno incluyente y otro excluyente; uno que se mira a sí mismo y este sí mismo es no sólo la patria chica, sino la patria grande latinoamericana, y otro que mira hacia fuera desde la patria chica; uno industrialista y el otro agroexportador. Esos dos proyectos se han mostrado en la pueblada del Bicentenario. Nadie programó que la Presidenta no concurriese al Colón, ni que se realizasen dos Tedéum. La bifurcación se dio por la lógica misma del movimiento. Fue la manifestación de la vigencia de los dos proyectos antagónicos que una determinada “oposición” pretende ocultar con la hipocresía del “consenso”. ¿Acaso la “oposición” expresada por los grandes medios podía festejar, cuando se cansó de repetir que todo está mal, que la inseguridad se ha instalado entre nosotros, que el miedo reina en todas partes?

Lo que bajo la invocación al consenso y a la calidad institucional se quiere ocultar, el pueblo lo ha desocultado, y lo ha hecho de una manera inédita, festiva. Ningún accidente cuando una marea de millones de seres humanos se mueven, se encuentran, celebran, cantan y bailan, es no sólo una maravilla, sino un auténtico milagro que sólo un pueblo feliz puede hacer real.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-146851-2010-06-03.html


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Después de la pueblada del 19-20 de diciembre del 2001, por caminos inesperados, profundos reclamos de los sectores populares comenzaron a ser respondidos en forma positiva desde el Estado que comenzó la titánica tarea de su recomposición. El 2001 nos había encontrado con los restos esparcidos del Estado y con un pueblo que había comenzado su recuperación en los movimientos sociales, pero que no encontraba el rumbo de la recomposición política. Diversas medidas del Gobierno, como la renovación de la Corte Suprema de Justicia, la política de derechos humanos, el descabezamiento del Ejército, la no represión de la protesta social, la anulación de las leyes de impunidad, el juicio a los genocidas, la política exterior orientada en primer lugar hacia los países latinoamericanos fueron mostrando un gobierno que no respondía a los cánones del neoliberalismo que nos había llevado al desastre. Todo ello planteó un problema recurrente para los movimientos o partidos que desde la izquierda o desde lo popular se plantean la lucha por una nueva sociedad liberada. Efectivamente, cuando el gobierno es reaccionario, la tarea aparentemente se facilita. “Aparentemente”, digo, porque el espacio propio aparece con claridad. Es la “oposición”, pero ese espacio queda acotado por lo mismo que lo abre, la “oposición”. No se puede pasar más allá. El terror es ser “oficialista”.

Si el Gobierno no es reaccionario y, por el contrario, muestra aristas claramente populares, como es el caso del gobierno anterior, de Néstor Kirchner, y del actual, de Cristina, menester es demostrar que todas esas medidas son falsas, realizadas con torcidas intenciones. El Gobierno es lo peor que se pueda pensar, es la peor derecha que haya existido en el país. Ya no basta decir que es de derecha, menester es agregarle el adjetivo de “fascista”. Es lo que, distorsionando increíblemente la realidad, dice el discurso de Proyecto Sur. Por otra parte, el gobierno de Kirchner, mirado desde la concepción del movimiento popular, tiene un defecto de origen. No es la expresión de un movimiento popular, sino que es fruto circunstancial de componendas superestructurales. Además, no ha demostrado demasiado interés en impulsar la creación y el desarrollo de las organizaciones populares autónomas. Indefectiblemente, el proyecto nacional con medidas que cada vez más lo acercaban a lo popular iba a chocar con los intereses concentrados que se habían formado en la noche de la década del ’90. Es así que cuando intenta que las superganancias que produce la soja sean recortadas mediante retenciones, las corporaciones agrarias hegemonizan un movimiento “destituyente”, como lo denominara Carta Abierta. Se trata de un golpe de Estado de nuevo tipo.

Esta lucha puso al descubierto la debilidad de la construcción de poder del kirchnerismo y la lucha terminó en la derrota del Gobierno. Es cierto que el proceso golpista o destituyente no logró lo máximo, es decir, la renuncia de la Presidenta, pero logró debilitarlo en gran manera. La culminación se dio en las elecciones legislativas, en las que un conglomerado se alzó con la victoria, anunciando que comenzaba una nueva época, ahora sí “republicana”. Pero, por una parte, el Gobierno no se paralizó sino que, por el contrario, avanzó políticamente, tomando decisiones que favorecen a los sectores populares. Paradójicamente, algunas de las medidas más importantes para los sectores populares las tomó luego de la derrota. Por otra parte, el conglomerado opositor, conformando una especie de renovación de la “unión democrática”, mostró que fuera de oponerse no tiene nada que ofrecer.

La nueva era prometida por los componentes de dicho conglomerado comenzó a ser una realidad, pero no por obra de ellos, sino de los sectores populares que iniciaron con vigor el proceso de reconstrucción del sujeto popular. Nuevas corrientes energéticas comienzan a cruzar el campo popular. Mientras los opositores, en connivencia con determinados ámbitos judiciales, paralizan iniciativas del Gobierno, los sectores populares comienzan a ocupar el espacio que deben ocupar, el espacio público, las calles, los parques, las plazas. La política vuelve a la escena. Se terminó la pasividad, la sensación de estar derrotados. El 11 de marzo, convocados por el Movimiento Evita, los sectores populares hicieron chico al club de Ferro para abarcarlos. Un día después, el 12 del mismo mes, miles de clasemedieros convocados por el programa 6 7 8 inundaron Plaza de Mayo. De esta manera, las dos columnas sociales que conforman el movimiento popular, sectores populares y sectores de clase media, se movilizaron. Estas dos columnas, que nunca debieron estar separadas, marcharon juntas el 15 de este mes en defensa de la ley de medios audiovisuales, mostrando que el movimiento popular comienza a ser sujeto en serio, es decir, ese movimiento multitudinario que se pone como sujeto, que actúa, que decide.

Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/144652-46475-2010-04-27.html

  OPINION


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Tres millones y medio de chicos reciben Asignación Universal por Hijo.

Dos millones de ciudadanos que estuvieron obligados a trabajar en todas su vida en negro, pudieron jubilarse. Cien mil mujeres y hombres integran cooperativas de trabajo. Hemos recuperado nuestros aportes jubilatorios al reestatizar las AFJP. Hemos recuperado Aerolíneas Argentinas. Tenemos una ley de medios audiovisuales democráticas, un verdadero modelo. Tenemos asegurada la provisión de leche, carne, trigo, por los acuerdos del gobierno y los verdaderos productores. La desocupación hoy es del 8 por ciento frente al 23 por ciento de 2001. Las reservas del Banco Central pasaron de 8000 millones a 48.000 millones. Los genocidas siguen siendo juzgados y condenados. Los chicos que fueron apropiados siguen encontrando a su familia. Además, el ALCA naufragó en las aguas del Atlántico marplatense. La participación de Argentina a través de su gobierno fue protagonista en los avances de la integración de Latinoamérica. El golpe contra Evo Morales encontró a los presidentes latinoamericanos, con claro protagonismo de nuestra Presidenta, unidos en apoyo al presidente boliviano.

Todo esto se logró después del desastre provocado por las políticas llevadas a cabo en la década del 90 que epilogaron en 2001 con la destrucción del Estado y de la Nación en la que las provincias quedaron desarticuladas, manejando papeles que figuraban como moneda sin ningún tipo de respaldo real, viéndose obligada la población para poder subsistir a volver siglos atrás recurriendo al trueque directo, como se hacía milenios.

De allí venimos. Los principales causantes de tales desastres hoy conforman lo que pomposamente se denomina “oposición”, y la denominación les cabe perfectamente, porque lo único que los une es eso, el oponerse, tarea que conforma una de las formas de “golpe” de Estado que ahora se llevan a cabo. Se han propuesto que el Gobierno no pueda realizar su tarea, es decir, “gobernar”. Para lograrlo han “asaltado” el Congreso, tarea que fue posible por la incalificable colaboración de un tal denominado “centroizquierda” para el cual el acuerdo logrado fue un “hecho histórico”.

La férrea voluntad política de la Presidenta de avanzar, a pesar de los obstáculos, ha vuelto a encrespar al conglomerado opositor tratando de inmovilizar al ejecutivo. La más exaltada en la tarea es Elisa Carrió que, inmediatamente después de la espléndida exposición que hiciera la Presidenta, azuzaba al conglomerado gritando la necesidad de “unificar la estrategia opositora para derrotar al kirchnerismo –es decir, al Gobierno– en el Congreso”.

Maniatar al Gobierno, frenarlo, paralizarlo, o sea, voltearlo. Esa es la estrategia y para eso la necesidad de unir a ese conglomerado al que sólo une el espanto. Pero la inquieta Carrió encuentra un escollo que es necesario remover, o mejor, ablandar, el “centroizquierda” cuyos vaivenes la sulfuran, y las chicanea: “Si no que después expliquen a la sociedad si son o no cómplices del Gobierno”. Como colofón, utilizó la expresión apocalíptica que en su momento hiciera Carlos Menem, “a los tibios los vomita Dios”.

Problema arduo. Desde la izquierda aliarse a la derecha no puede menos de ocasionar “mala conciencia”. La Sociedad Rural no puede menos de estar agradecida, pues nunca se imaginó lograr tales poderes en el Poder Legislativo.

Las cartas están echadas desde hace rato, por lo menos desde el proceso golpista iniciado para hacer retroceder al Gobierno frente a la pretensión de poner límites a las superganancias sojeras, pero ahora es absolutamente imposible no verlo.

La Presidenta puso en claro lo que para muchos todavía no lo estaba, o, en otras palabras, puso en limpio lo que estaba en borrador. Nos habló de dos países, el real y el virtual. No sé si los términos son los más adecuados, pero dicen claramente lo que quieren decir. Los avances logrados desde el 2003 para acá son negados absolutamente y en su lugar se pinta un país catastrófico. Es el clima con el cual, más el amordazamiento al Gobierno que se pretende hacer desde el Congreso, se pretende culminar el golpe en marcha.

* Filósofo. Profesor consulto Facultad de Ciencias Sociales-UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-142034-2010-03-15.html

  OPINION


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“Ni en el mundo, dice Kant, ni en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad.” Y para que no queden dudas, aclara: “La buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que hayamos propuesto; es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma.” Kant fundamenta la ética de la intención que encontrará su formulación en el principio categórico, que consiste en lo esencial de que todo lo que haga el sujeto debe poder querer que todo el mundo lo haga si se encuentra en esa situación. De esta manera, el comportamiento ético queda desligado de sus consecuencias prácticas. El infierno está plagado de buenas intenciones, según un dicho medieval.

Hegel fue el filósofo que llevó a fondo la crítica a esta desconexión entre la intención y sus consecuencias. La intención se propone siempre lo perfecto, que se expresa en “principios” como “hay que decir siempre la verdad”. No bien comienzas a pensar qué quiere decir ese principio te das cuenta de que en la realidad, es decir, en el contexto humano, social, político, lo que parecía claro se oscurece.

La Iglesia Católica es maestra del principismo, pues sólo de esa manera puede poner al resguardo de todo peligro sus “dogmas”. Lo que pueda sucederles a los seres humanos depende de esos mismos sujetos. Así, por ejemplo, el principio dice que el aborto es un crimen porque atenta contra la vida y, en consecuencia, la mujer que aborta es una asesina. Si de la defensa de este principio que lleva a obstaculizar cualquier legislación que haga al aborto no punible, miles de mujeres abortan en condiciones tales que ocasionan la muerte del feto y también de la madre, ello es culpa de esas mujeres. A nadie se oculta que esto esconde una gran hipocresía. La pretendida defensa de la vida ocasiona la muerte, pero de ello el principista, la Iglesia en este caso, no se hace cargo. La culpa la tiene el otro, o mejor, la otra. Los principios son en realidad orientaciones fundamentales que dan sentido a la vida de los seres humanos y como tales se desarrollan dialécticamente, según “el curso del mundo”, como decía Hegel.

Ello llevó a Hegel a distinguir entre la moral y la ética, siendo la primera la actuación del individuo y la ética el ámbito intersubjetivo y, en consecuencia, político en que se da el comportamiento moral. El desprendimiento de la actuación en relación con sus consecuencias lleva fácilmente a la hipocresía y origina mala conciencia.

Max Weber retomará los conceptos hegelianos, haciendo una precisa distinción entre la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”, pero en realidad nunca se da una sin la otra, pues como seres esencialmente intersubjetivos, lo que hacemos, las resoluciones que tomamos, influyen en los demás. Todo lo que hacemos tiene consecuencias.

Si eso es válido para todo lo que hacemos, lo es mucho más cuando nos referimos a la acción política, porque ésta tiene que ver directamente con lo público. Allí no vale la pura buena voluntad o convicción. Menester es hacerse cargo de las consecuencias y, en este sentido, muchas veces el puro principio puede generar consecuencias que atentan contra el mismo.

Dos casos de nuestra política reciente y actual muestran esto con claridad. Cuando se trató de la votación de la 125, sólo había dos opciones, votar por la positiva, es decir por las retenciones móviles, o por la negativa, es decir estar en contra de las mismas y, en consecuencia, estar de acuerdo con la Mesa de Enlace y en especial con la Sociedad Rural. Pretender, como lo hizo Claudio Lozano, que su voto negativo era por la segmentación de las retenciones es, en el mejor de los casos, un autoengaño, y en el peor, una hipocresía. La pretendida convicción o buena voluntad produjo un acto que favoreció a las corporaciones agrarias.

El caso de la política actual se refiere al tema de las reservas y de la deuda externa. Después del desastre provocado por la política neoliberal de los ’90, el gobierno de Kirchner procedió a una lenta reconstrucción del Estado y, en una situación de debilidad, pudo hacer una quita de un 70 por ciento a la deuda externa y llevar adelante una política económica de crecimiento que permitió tener en reserva 48 mil millones de dólares.

Cuando el Gobierno quiere pagar la deuda con parte de las reservas, todo el espectro opositor se levanta para defender las reservas que ellos, cuando fueron gobierno, habían liquidado. ¿Con qué se va a pagar entonces? Con el presupuesto, es decir, con los ajustes. El centroizquierda liderado por Proyecto Sur también se opone, pero lo hace para sostener la pura convicción de que no se pague la deuda ilegítima. Saben bien que en este contexto tal posición es puramente principista, con la nefasta consecuencia de que, si triunfa, la deuda se pagará con el presupuesto, es decir, con el salario, las jubilaciones, en una palabra con el ajuste. No será culpa de ellos. La culpa la tiene el otro.

Por otra parte, se oculta que lo que está en juego en toda esta movida de la derecha manejada por el grupo Clarín es el desgaste del Gobierno hasta, si es posible, su destitución y, con ello, el fin de la ley de medios, de la política de derechos humanos, la vuelta a las AFJP, el fin de la política latinoamericana de la Patria Grande, la vuelta a las relaciones carnales. De esto el principista no se hace cargo.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-140047-2010-02-11.html

  OPINION


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Mientras Elisa Carrió vuelve de Punta del Este, acusa al Gobierno de “abuso de autoridad” y le recomienda a Redrado hacer caso omiso de la medida ordenada por el Gobierno, Pino Solanas amenaza con una “querella penal” contra la Presidenta y todos sus ministros, Mauricio Macri y Federico Pinedo hacen otro tanto denunciando que “el mensaje que se está dando a todo el planeta es que éste es un país sin leyes”, Carlos Reutemann clama por la preservación de las instituciones, Ernesto Sanz reclama un pronunciamiento del Poder Judicial.

Cualquier argentino mínimamente informado sobre la historia del país no puede menos que haber pensado en la “unión democrática” que había entrado en escena el 3 de diciembre del año pasado. Pero hay otros ingredientes que le dan un sabor picante. Gerardo Morales se pone como el defensor del salario de los trabajadores, lo cual puede ser considerado como el chiste del siglo y Julio Cobos –¡hic Rhodus, hic saltus!–, igual que Carrió, vuelve urgentemente de vacaciones para “brindar las respuestas que correspondan institucionalmente”.

Defensa de las instituciones y calidad institucional constituyen muletillas de quienes no pierden oportunidad, porque toda ocasión es buena para un brindis, en desgastar al Gobierno y su capacidad de llevar adelante la gestión para la que fue elegido. Se reproduce el conflicto que ya conocemos. Precisamente un dirigente ruralista vuelve a aclararnos lo que ya nos dijera Eduardo Buzzi: “La Sociedad Rural y CRA juegan a desgastar al Gobierno en el largo plazo”.

Mientras esto sucede en nuestro país, en Honduras se ha producido un golpe de Estado para defender las instituciones y en Paraguay se está en vías de hacer algo parecido. Hillary Clinton ha dicho que “debemos utilizar lo que se ha llamado el ‘smart power’, el rango completo de herramientas que están a nuestra disposición, diplomáticas, económicas, militares, políticas, legales y culturales”.

Los casos de Cobos y Redrado, aunque no son iguales, presentan, sin embargo, características semejantes. En ambos casos se pretende que quien ejerce una función política lo hace a nivel personal, y no respondiendo a un proyecto político que necesariamente es colectivo, y depende en un régimen presidencial, de la política fijada por la Presidencia.

Cobos llega a la vicepresidencia por el voto popular, pero este voto estuvo dirigido a un proyecto político. En la medida en que no sólo ha dejado de compartirlo, sino que se transforma en cabeza de la oposición, debe renunciar. No hacerlo y seguir hablando de defensa institucional es pura hipocresía. Como lo insinuaron Mariano Grondona y Hugo Biolcati en amigable conversación, Cobos está allí esperando que la manzana le caiga en las manos, mientras la oposición sacude el manzano con todas sus fuerzas.

En el caso de Redrado, en cambio, su designación como presidente del Banco Central no provino del voto sino del poder político. En la medida en que deja de responder al proyecto político por el cual fue designado, no le quedaba otra que renunciar. Lo contrario es destruir la concepción misma de lo político, transformándola en una cuestión personal, como ha hecho Cobos, que antepone una pretendida cuestión de conciencia sobre el proyecto político.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-138309-2010-01-11.html


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En el despacho del segundo piso del Palacio Legislativo que ocupa el jefe de la bancada radical, Oscar Aguad, no faltó nadie. Efectivamente, junto a los ilustres representantes de la CC, del PRO, del PJ-PRO y del socialismo, estuvieron Claudio Lozano (Sur), Eduardo Macaluse (SI) y Miguel Bonasso. ¿Y Libres del Sur? Nadie se asuste, pues nos aclaran que “el centroizquierda no debe ser funcional al Gobierno”, porque ése es el peligro. La derecha, la de la Sociedad Rural, la del PRO, es “democrática” y el Gobierno, del cual anteriormente era aliado, no lo es.

El “centroizquierda”, categoría política, es correspondiente a “clase media”, categoría social. Son categorías ajenas a las luchas populares que jalonan nuestra historia y al pensamiento nacional que las expresa. Es sabido que la clase media es, por una parte, sádica hacia los de abajo y masoquista hacia los de arriba, y bascula desde un extremo hacia el otro, buscando siempre el sol que está arriba, a la derecha.

“La conciencia desgraciada –dice Hegel–, desdoblada en sí misma debe (...) necesariamente puesto que esta contradicción de su esencia es para sí una sola conciencia, tener siempre en una conciencia también la otra, por donde se ve expulsada de un modo inmediato de cada una, cuando cree haber llegado al triunfo y a la quietud de la unidad.”

La conciencia desgraciada va hacia la derecha, o sea, hacia dios si se trata de la experiencia religiosa, o hacia los valores fijados por la tradición y, al no poder identificarse plenamente con esa derecha, bascula hacia la izquierda, hacia su particularidad plena de deseos terrenales que afean su pretendida pureza.

Los dos extremos entre los que basculan nuestros centroizquierdistas –salvo la digna posición de Sabbatella– son la derecha (CC, UCR, PRO, PRO peronismo, Clarín, La Nación y sus respectivos canales) y el Gobierno y sostienen que el peligro es la hegemonía del Gobierno. Por lo cual hay que hacer alianza con la derecha, que asegura la “calidad institucional”. Quienes hasta hace poco, muy poco, fueron aliados del Gobierno, son ahora quienes rehúyen como de la peste su contacto, pues se ha transformado en un verdadero demonio.

Decía Hegel, comentando el comportamiento de la “conciencia desgraciada”, que ésta no puede ya realizar las funciones animales, es decir, comer y copular, como algo normal, sino que en ellas “el enemigo se manifiesta bajo su figura peculiar, constituyen más bien objeto de un serio esfuerzo y se convierten precisamente en lo más importante. Pero como este enemigo se produce en su derrota, la conciencia, al fijarlo, en vez de ser liberada de él, permanece siempre en relación con él y se siente siempre manchada”.

Para la conciencia desgraciada, los actos comunes de su naturaleza se transforman en el enemigo. El esfuerzo por ayunar y por observar el más estricto celibato hace que ante su imaginación se presenten los manjares más exquisitos y las mujeres más hermosas y descaradas. Para el centroizquierdista, el esfuerzo por separarse del Gobierno –sobre todo si hasta hace poco era aliado del mismo– inflama la imaginación que ve en él los más terribles fantasmas. Para rechazarlos se acercará lo más posible a la pureza que se encuentra a la derecha, lo cual produce el efecto psicológico señalado por Hegel de que estos fantasmas quedan fijados.

Por ello, en el debate sobre la composición de las comisiones en Diputados, “la oposición se plantó como un solo bloque UCR, PJ disidente, CC, PRO, GEN, socialistas, juecistas, Proyecto Sur y SI”. La posición de estos dos últimos centroizquierdistas no nos puede extrañar, pues son los mismos que votaron junto a la Sociedad Rural en contra de la resolución 125.

Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/136986-44151-2009-12-15.html

  DOS REFLEXIONES TRAS LA APROBACION DE LA LEY DE SERVICIOS AUDIOVISUALES


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La democracia dentada

Por Sandra Russo

La ley de medios audiovisuales es muchas cosas además de la herramienta que nos permitirá sumar a las voces que ya conocemos muchísimas otras. No es el control remoto el que nos da libertad. La información no se consume como una cerveza o un champú que se eligen en la góndola del supermercado. La ley tiene más que ver con la oferta de más góndolas conteniendo muchas otras variedades de pensamiento y puntos de vista, que con el zapping tradicional. Ese zapping no es, hoy, un pasaje a la diversidad. Sin ir más lejos, el multimedios más grande ha tachado a Telesur de sus ofertas. No está en la góndola. Los dueños del supermercado han decidido que esos contenidos no serán puestos a consideración del abonado. Si eso lo hiciera un gobierno, sería censura. Si lo hace el sector privado, ¿cómo se llama? La ley de medios es un pasaje al acto democrático de una especie que no hemos conocido. Representa de manera precisa, también y por oposición, qué tipo de democracia tuvimos. Tan apacible. Tan domesticada. Cada parche, cada decreto, cada reforma de la vieja ley de radiodifusión tuvo su correlato de democracia desdentada. El poder se viene concentrando igual que los medios, y su eje es el poder económico. Para ser solamente crítico de un gobierno, como prefiere el rubro del “periodismo independiente”, y como quisieron muchos ejes argumentativos durante el debate, primero hay que lograr que el poder político sea en este país lo suficientemente libre del poder corporativo.

La política que conocemos, de la que nos brotan los prejuicios, la que chorrea clichés y abunda en prácticas horribles fue la que le manejó las riendas a esa democracia amable del bipartidismo por la que ahora vuelve a predicar Eduardo Duhalde. Claro que teníamos un país previsible: se gobernaba para los factores de poder y se acataban los ajustes del FMI. Ningún sobresalto, salvo la pobreza estructural que no salió de la nada, sino del golpe de Estado del ’76 y de la Escuela de Chicago. A la derecha no le importa la pobreza, toda vez que la crea.

Lo que quiero decir está anudado a un sentimiento muy íntimo, pero colectivo. Tiene que ver con una certeza, una predisposición, un ánimo de cambiar las cosas. Muchísimas personas que suelen identificarse con eso vago que se llama progresismo participan de ese sentimiento. Que hay que cambiar las cosas. Que lo que vivimos todos los días está fundado en algo injusto. Que de verdad hay que repartir más, que hay que ponerles límites a los poderes que desde que llegó la democracia le han ido sacando uno por uno los dientes para que sea inofensiva. Hay quienes creemos que la democracia puede ser un sistema regido férreamente por las reglas que fija nuestra Constitución, pero que eso no implica resignar el ansia, el anhelo, el deseo de un cambio. Y un cambio que toque estructuras. Algo que haga que las cosas sean otras. Ese ánimo es el que inspira a los Foros Sociales: “Otro mundo es posible”.

La ley de medios rozó esa zona. La zona erógena de la democracia. La que con tropiezos, alianzas, negociaciones, militancia, bases y voluntad política es capaz de morder un pedazo de torta para ponerla al servicio de todos.

Ya hemos visto y escuchado con creces a los que primero se azoraron y después se excusaron en el “todos queremos una ley de la democracia”. Ninguna ley de la democracia, ni siquiera la de una democracia mansa y domesticada, podría admitir que un solo grupo maneje 240 licencias.

La concentración de medios es combatida en todo el mundo, en estos días, a la luz de saberes que hoy también se han puesto dientes. Fueron las Ciencias de la Comunicación y sus entrecruzamientos con otras disciplinas sociales las que desenmarañaron los mecanismos de control de opinión pública capitalistas. No es casual que desde los medios y la reacción conservadora se siga machacando con el viejo fantasma del Estado que prohíbe expresarse a la oposición. Dan el ejemplo de Venezuela, pero eso no sucede en Venezuela. Los medios privados insultan tanto a Chávez como aquí se insulta a la Presidenta. Eso no está ni estará prohibido. Espero que tampoco esté prohibido reconocerle a la Presidenta, incluso desde el orgullo de género, la entereza y consecuencia con la que llevó adelante lo prometido en la campaña electoral.

Con esta ley, la democracia se vivifica tanto que vuelve a ser una herramienta para cambiar las cosas. Será útil recuperar esas preguntas que quizá quedaron atascadas en muchas biografías: ¿qué queremos que cambie? ¿Cuánto? ¿Para qué? Habrá que tenerlo presente de aquí en más. Porque finalmente de eso se vuelve a tratar todo: de acción y de reacción.


Lecciones de la batalla por los medios

Por Rubén Dri *

La larga y exitosa batalla que dieron los sectores populares y el Gobierno para dar a luz la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual dejó algunas enseñanzas que será bueno tener en cuenta para futuros combates.

- Se construye desde abajo. Una ley de la democracia se construye democráticamente. Nos referimos a una democracia real que hoy se denomina “participativa”, lo cual en principio es redundante, porque si no hay participación no hay democracia. Pero no está de más el adjetivo por cuanto generalmente la democracia se ha vaciado de contenido al ser sólo “representativa”. La democracia necesariamente es representativa, porque la democracia directa como la pensó Rousseau se ha demostrado inviable como él mismo lo sabía, cosa que dejó aclarada en las propuestas que formuló para su aplicación en Córcega y Polonia. Pero si “sólo” es representativa se vacía de contenido. En efecto, la participación del pueblo que debiera ser el verdadero sujeto de la misma se reduce a poner periódicamente un voto en un sobre. Democracia es kratos del demos, es decir, “poder del pueblo”. Este, como sujeto colectivo actuando, debatiendo, decidiendo y proponiendo las leyes, velando por su aplicación, es el que hace que la democracia sea una realidad y no una mera formalidad.

Recurriendo a la figura espacial, la “representación” conformada por los poderes del Estado se encuentra “arriba” y los movimientos sociales, “abajo”. El “arriba” en las democracias puramente representativas tiende a separarse totalmente del “abajo”, transformándose en un cuerpo con intereses propios. Cuando ello sucede, se aprueban leyes que no sólo nada tienen que ver con los intereses populares, sino que los contradicen. Es lo que sucedió en los ’90 cuando se aprobaron las vergonzosas leyes denominadas de “flexibilización laboral”.

La “representación” debe responder a los intereses de los representados, pero para que ello suceda éstos deben actuar, hacer sentir su presencia, construir poder popular, poder que vaya de abajo hacia arriba, debatir, proponer. Las leyes serán favorables al pueblo cuando éste haya tenido verdadera participación en ellas. Es lo que ha sucedido con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fue producto de un largo proceso de debate en el seno de los sectores populares, radios comunitarias, pueblos originarios, organizaciones sociales y culturales, asambleas barriales, organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Serpaj, universidades, organizaciones estudiantiles, agrupaciones políticas, en una palabra, todo el espectro del campo popular. Tras este proceso, el Poder Ejecutivo presentó el proyecto a las cámaras legislativas, es decir, a los “representantes”, para que lo debatiesen y terminasen con la aprobación. La objeción de los grupos opositores en el sentido de que no tuvieron tiempo de discutirlo es, pues, una de las peores mentiras que se pudieran haber formulado. Si no lo debatieron, fue porque no les interesó.

De esta manera, en el proceso de formulación de esta ley se ha hecho realidad la relación dialéctica entre arriba y abajo, representantes y representados, en un proceso de creación de poder popular. Con ello se ha dado un gran paso en la superación de la mera democracia representativa hacia la democracia participativa. Depende ahora, en gran parte, que los sectores populares continúen su lucha por hacer de esta ley una realidad viviente que haga sentir un verdadero concierto de voces con tonalidades diferentes.

- La batalla por el lenguaje. En el paso del Estado feudal al moderno fue esencial la función cumplida por el lenguaje, según lo analiza Hegel en la Fenomenología del espíritu. En el Estado feudal el noble obedece pero mantiene a resguardo su propio juicio. Es el “orgulloso vasallo” cuyo lenguaje es el “consejo” por el bien universal. Se reserva su conciencia particular. Para el paso al Estado moderno fue necesario que el noble vasallo cambiase su lenguaje pasando del consejo al “halago”. El vasallo, que en el anterior Estado ejercía el heroísmo del servicio, dispuesto a jugar su propia vida en el campo del combate, pasa a ejercer ahora el “heroísmo de la adulación”, es decir, se transforma en cortesano dándole el yo o la conciencia al Estado y el poder real al yo, de manera que el monarca pudiera decir “el Estado soy yo”.

En la concepción de Hobbes, los hombres se entregan completamente al Estado que lleva el nombre mitológico de “Leviatán”, ese monstruo marino de poderes asombrosos. Pero ese monstruo es, en realidad, una máquina. Le falta la conciencia, el convertirse realmente en sujeto, transformación que sólo puede realizarse por medio del lenguaje. Esa es la tarea que realizan los nobles al transformar el lenguaje del consejo en el de la adulación. La dialéctica de práctica y conciencia, práctica y lenguaje, atraviesa todas las luchas sociales. El triunfo o la derrota en el ámbito del lenguaje tienen consecuencias profundas para el resultado final de la contienda. El momento del lenguaje, que en el paso del Estado feudal al moderno realizan los nobles, actualmente lo cumplen los grandes medios de comunicación, entre los cuales la radio y la televisión junto con los periódicos cumplen la tarea fundamental.

En la lucha que las patronales agrarias entablaron contra el Gobierno y los sectores populares el año pasado, la primera victoria que consiguieron las patronales fue la del lenguaje. De entrada, mediante el monopolio de los grandes medios de comunicación, lograron instalar la idea de que la lucha era del “campo” contra el Gobierno. El “campo” es un símbolo que mueve a la imaginación a dibujar románticas figuras campestres. El campo es el aire puro, lejos de la contaminación de la ciudad, es el frescor de la brisa, el trinar de los pájaros, el perfume de las flores silvestres. Es el trabajador campesino que se levanta con el sol y con él se acuesta. Es el que proporciona el alimento a toda la población. Es todo eso y mucho más. Siendo así, ¿quién puede estar contra el campo? Media batalla ya está ganada. La superconcentración de tierra y riqueza, la explotación de la peonada, las evasiones, la manera como se adquirieron las tierras, las consecuencias para la salud que acarrean los fumigaciones, las superganancias, todo ello queda oculto bajo el manto del “campo”.

En la batalla aún en curso por los servicios audiovisuales, las cosas se presentaron de la misma manera, pero esta vez el Gobierno y los sectores populares no dieron el brazo a torcer en la cuestión del lenguaje. Es necesario tener en cuenta que los grupos sociales y políticos enfrentados son los mismos que estuvieron en la lucha por la cuestión agraria, y la primera batalla se dio en torno del lenguaje. Los grandes medios que estuvieron en contra de la ley en cuestión siempre la nombraron como “ley K” o “ley mordaza” o “ley de control de medios”. De aceptarse este vocabulario, más de media batalla hubiese estado perdida. Los sectores de la “oposición” tuvieron siempre claridad sobre el problema, decididos a dar la batalla por el lenguaje. Pero esta vez, de parte del Gobierno y de los sectores populares no se cedió. La ley siempre fue designada con el nombre que le corresponde: Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esta ley otorga a los sectores populares un excelente instrumento para las futuras batallas culturales. Ya no se escuchará una sola voz que les pone nombre a esas batallas, sino que será un concierto de voces que permitirán a la población contrastar opiniones y hacer su propia evaluación.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-133361-2009-10-13.html

  OPINION


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Como un juego de pinzas, la derecha fascista ha lanzado una gran ofensiva en tres frentes: los sojeros de la Mesa de Enlace liderada por Hugo Biolcati, la Comisión de Educación de la Conferencia Episcopal que dirige Héctor Aguer y el Vaticano que lidera Benedicto XVI. No hay ningún tipo de complot, sino una confluencia de intereses estratégicos.

El avance de las corporaciones sojeras con sus claras intenciones golpistas ya ha sido debidamente aclarado por sus mismos líderes. Tras las elecciones en las que los partidos de la oposición, aliados en general a los intereses sojeros, resultaron triunfadores, proclamaron a voz en cuello que el desgaste producido al Gobierno ya era suficiente como para destituirlo. Pero ahora los sojeros descubrieron una realidad pavorosa, insoportable para su fina sensibilidad social, la “pobreza”. ¡La Sociedad Rural preocupándose de los pobres! Necesitaríamos a Groucho Marx para que nos hiciese un digno comentario al respecto.

A la embestida sojera se unió la eclesiástica a través de la Comisión de Educación de la Conferencia Episcopal Argentina, cuya presidencia ejerce Aguer, un personaje que escaló beneficiado por este avance de la derecha, de la cual es eximio representante. Un manual de educación sexual y prevención del sida elaborado por los ministerios de Educación y Salud fue el objeto de sus iras. Lo tildó de neomarxista, reduccionista y constructivista. El núcleo del problema radica en que el Estado, según la concepción eclesiástica, pretende legislar un ámbito de pura competencia de la Iglesia. Es el ámbito de la sexualidad, núcleo de lo que la Iglesia llama “moral”. De los tres epítetos, el eje de la crítica eclesiástica está en el último, el constructivismo. ¿En qué consiste? En que el sujeto humano no es una naturaleza, es decir, una esencia inmóvil, sino el producto de una creación histórica. Para la Iglesia, el ser humano está constituido por una naturaleza creada por Dios. A ella se encuentra adherido el sexo. En último término todo depende de lo biológico, cuyo funcionamiento no se puede perturbar porque ha sido establecido por Dios. No se admite, pues, que la sexualidad, que no es precisamente el sexo, sea una construcción histórica, cultural. El manual criticado utiliza la categoría de género para pensar la sexualidad como construcción y no confundirla con el sexo. Así se otorga, ¡horror de los horrores!, “carta de ciudadanía a la homosexualidad y sus variantes”. Para los jerarcas eclesiásticos, toda opción sexual que no esté marcada por lo biológico es antinatural y va contra la voluntad de Dios. Así, sus pretensiones espiritualistas terminan sometiéndose a las leyes de la biología. Los maestros de la espiritualidad devienen materialistas.

La crítica de reduccionismo apunta a que el manual, según la interpretación eclesiástica, no lo vincula con “el amor, la responsabilidad, el matrimonio y la familia como proyecto de vida”. El problema que la Iglesia desprecia es que el Estado no sólo debe preocuparse de los ámbitos donde todos esos valores pueden realizarse, sino también de aquellos en los que ello no es posible. Es necesario educar para el amor, la responsabilidad y la familia, pero incluso aquellos que no creen en ellos deben saber cómo cuidarse para no contraer o contagiar el sida; una chica debe saber cómo no quedar embarazada.

Lo más repulsivo de las apreciaciones de Aguer es su afirmación de que el manual “reivindica el derecho a fornicar”. El empleo de esa palabra está destinado a causar horror, rechazo a toda relación sexual que no esté destinada a la procreación o que no esté salvaguardada por el matrimonio. Los jerarcas de la Iglesia son incapaces de admitir que ello puede ser una magnífica manera de manifestar amor y amistad, sin que por eso se esté pensando en el matrimonio o la procreación. Uno no puede menos que pensar en la “envidia sacerdotal”.

Para completar esta ofensiva alzó su voz la autoridad suprema de la Iglesia, Benedicto XVI, llamando a reducir “el escándalo de la pobreza”. Este llamado se hace por la colecta Más por Menos que realiza la Iglesia a través de Cáritas, conducida por Fernando Bargalló. Al reclamo se une Jorge Bergoglio, aprovechando la festividad de San Cayetano, para horrorizarse también él por la pobreza. Se sabe que el problema de la pobreza no se podrá solucionar si no se combate la concentración económica, que impide la justa distribución de la riqueza. Pero Cáritas no hace eso. Su director es el ingeniero agrónomo Eduardo Serantes, que suele dar conferencias en IDEA, donde están los más importantes intelectuales orgánicos de los dueños de la Argentina. Serantes es coordinador del Fondo Agrícola de Inversión Directo, que fue beneficiado —¡oh casualidad!— por el modelo sojero. Es asesor de empresas agroindustriales y directivo de Cazenave y Asociados, una consultora de San Isidro. Pertenecen a la diócesis de Casaretto, que se encuentra al frente de la Comisión de Pastoral Social.

Cuando el intendente Gustavo Posse quiso levantar un muro para separar a los “indeseables” de los “honestos ciudadanos”, ni Serantes ni Casaretto dijeron nada. Aún no habían descubierto a los pobres. Los descubren ahora, al mismo tiempo que Benedicto XVI, Bergoglio y Biolcati. Todo esto no deja de ser una gran hipocresía. Que Benedicto XVI esté “escandalizado” por la pobreza cuando destruyó todos los movimientos que luchaban para terminar con ese flagelo, no puede menos que causarnos asombro. Que Bergoglio esté escandalizado por la pobreza, cuando la Iglesia apoyó el lockout patronal que desabasteció al país para lograr que la riqueza quede en manos de las corporaciones, no deja de ser una flagrante contradicción. Los pobres son utilizados para lograr cuotas de poder.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129931-2009-08-14.html

  OPINION


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“Pero lo que ustedes están proponiendo es como un golpe de Estado”, exclamaba sorprendido un diputado que había votado en contra de la Resolución 125, suponiendo que las corporaciones agrarias eran democráticas. Para aclararle definitivamente los tantos, los chacareros le arrojaron en la cara: “Lo que pedimos es un impeachement”, es decir, echar a la Presidenta. Pero uno se pregunta, ¿costaba tanto darse cuenta de ello? Parece que sí, porque varios diputados del denominado progresismo o del centroizquierda, como se los suele conocer, apoyaron a las corporaciones porque el Gobierno no les otorgaba retenciones segmentadas.

En la fiesta que las citadas corporaciones organizaron en la Casa Madre, es decir, en la Sociedad Rural, gritaron a voz en cuello sus intenciones golpistas: “Nos decían que les ganemos en las urnas y les ganamos. ¿Qué nos queda por ganar? El problema es que nadie de la oposición se hizo cargo. La pelota está picando y hay que agarrarla antes de que la agarren los Kirchner”.

¿Qué significa agarrar la pelota? ¿Será necesario aclararlo? Pareciera, porque ni el salvaje lockout con que desabastecieron y atormentaron a toda la sociedad, ni las violencias que emplearon contra quienes manifestaban su apoyo al Gobierno, ni la prepotencia y las claras expresiones de sus referentes en el sentido de que buscaban “desgastar al Gobierno” fueron suficientes para que ciertos diputados se dieran cuenta de que estaban tratando con golpistas.

Claro que no se trata de los golpes tradicionales. Por el momento, ésos no son posibles. Ahora los golpes se visten de otra manera, tratando, sobre todo, de que no aparezcan como rupturas del orden constitucional. El golpe en marcha que tiene lugar en Honduras es una demostración palpable de ello. Las múltiples expresiones de las patronales agrarias, acompañadas por otros tantos actos de agresión, ponen en luz clara para quien lo quiera ver sus intenciones golpistas, porque sólo de esa manera pueden hacer que su proyecto se lleve a cabo en forma triunfante.

¿En qué consiste? Eduardo Buzzi, verdadero portavoz de las patronales sojeras, lo expresó con claridad meridiana: “Las retenciones son el impuesto más recesivo y más confiscatorio del país. No existe en ningún lugar en el mundo, pero lo que estamos planteando es una eliminación gradual”, agregando que “la aspiración de todos nosotros es retenciones cero”, el proyecto del país agroexportador.

Es necesario que nos miremos en el espejo de Honduras. Allí los golpistas no dejan de hablar de la legalidad, la Constitución, la democracia y la república. El lenguaje no difiere del empleado por nuestros patrones estancieros, que pretenden ser ellos los custodios y salvadores del país. Apuntan al sometimiento del Gobierno para terminar con un Estado que se atreva a tener alguna pretensión de meterse en sus negocios.

Las palabras que Buzzi ha ido desgranando a lo largo del proceso golpista señalan los objetivos con claridad. En su momento avisó que se habían “pintado la cara”, aclarando en otra ocasión que lo habían hecho para ir desgastando y erosionando desde donde se pueda a este gobierno.

Es necesario frenar la brutal embestida de esta nueva derecha que tiene en los patrones agrarios a su avanzada visible, lo que sólo será posible con la más amplia unidad de los sectores populares, democráticos y progresistas. Llorar después no servirá para nada.

* Filósofo, profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129568-2009-08-07.html

  SOBRE LA REVOCACION DE LA EXPULSION DE CUBA EN LA OEA Y SUS IMPLICANCIAS


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Cuba, la OEA y las palabras

Por Ricardo A. Guibourg *

En 1962, Cuba fue expulsada de la OEA. Dijeron que porque no era un país democrático. Varios de los Estados que la expulsaron estaban entonces gobernados por regímenes autoritarios, en tanto sangrientas dictaduras fueron impuestas en otros durante el resto del siglo XX. ¿Qué significaba “democrático”?

Un poco antes, en 1954, el gobierno elegido de Guatemala fue acusado de comunista. En una reunión internacional, su canciller pidió que se definiera “comunista”. Se le respondió que cualquiera sabía lo que eso quería decir. Inmediatamente se instauró en Guatemala un régimen dictatorial que, seguramente, no debía ser comunista.

Ahora, la OEA acaba de revocar la expulsión de 1962. Algunos de los Estados americanos acusan a otros Estados hermanos de ser algo así como comunistas y no faltan los que son calificados por sus opositores como dictatoriales. Cuba sigue siendo como era y, por su parte, es el único Estado americano que se autocalifica como comunista.

Acerca de episodios como éstos, cada uno tiene sus juicios y sus preferencias. Yo tengo los míos, que no pretendo hacer valer aquí. Pero, cualquiera sea la posición de cada uno, es preciso admitir que, así como la primera víctima de la guerra es la verdad, la víctima constante de la política es el lenguaje, porque deja de ser medio de comunicación y entendimiento para convertirse en arma arrojadiza.

La potencia ofensiva y defensiva de las palabras reside en su contenido emotivo: no en el significado que les asignen los diccionarios, sino en su capacidad para despertar sentimientos en la mente de las personas, aun con independencia de aquel significado.

“Libertad”, “democracia”, “igualdad”, “dignidad”, “justicia” son palabras que acarician el alma. Pero, cuando intentamos atribuirles una definición efectivamente operativa y no un mero trueque de palabras bonitas, encontramos azorados que su significado ha sido tan manipulado que ya casi no existe: cada uno designa con esos vocablos lo que más le gusta, mientras otros, desde posiciones diferentes, llaman caos a la libertad, ficción a la democracia, miseria a la igualdad, hipocresía a la dignidad y opresión, impunidad o burla a la justicia. Todos queremos poner las cosas en su lugar y llamar a cada situación por su nombre; pero para eso tendríamos que reconocer primero que es preciso reconstruir los significados, para que podamos entendernos y, con ese requisito, apreciar si estamos de acuerdo o en desacuerdo, y en qué puntos lo estamos.

Ojalá éste fuera un problema puramente lingüístico: hay profundas controversias filosóficas que lo mantienen abierto, como una herida del pensamiento, y hace tres mil años que menospreciamos esas controversias, sin resolverlas, porque queremos ir “a lo práctico”.

Pues bien, estamos ante los resultados de la práctica: cualquiera sea nuestra opinión, intentemos resolver estos galimatías de los últimos 55 años. Si no podemos, acerquémonos por un rato a la reflexión filosófica.

* Director de la maestría en Filosofía del Derecho de la UBA.


La llama de Latinoamérica

Por Rubén Dri *

“Las secciones aisladas de la América serán siempre entidades políticas insignificantes, incapaces de inspirar respeto (...) en cambio unidas se bastarán a sí mismas para la defensa de su autonomía e independencia” (De la proclama de Felipe Varela, noviembre de 1866).

Era la década de la denominada “guerra de la Triple Alianza”, en realidad de la destrucción del Paraguay de Estanislao López que Inglaterra necesitaba para evitar que el Paraguay se convirtiese en el foco de la creación de la Patria Grande Latinoamericana. Felipe Varela se levanta en contra de la guerra genocida que el mitrismo ha entablado en alianza con el imperio brasileño. En Pozo de Vargas, el 10 de abril de 1867, las huestes de Felipe Varela y Santos Guayama son derrotadas, concluyéndose así el rosario de derrotas del proyecto nacional y popular que comenzara con la traición de Urquiza en Pavón (1862) en territorio nacional. El epílogo final de estas derrotas que sumirán a nuestra América en la dependencia del imperio británico primero y norteamericano después, tendrá lugar en Cerro Corá el 1º de marzo de 1870.

Desde entonces, por mucho tiempo se apagó la llama de la Patria Grande Latinoamericana encendida por los padres fundadores, Artigas, San Martín, Bolívar, Martí, Sandino. Esporádicamente, como en la época de Yrigoyen y sobre todo del primer peronismo, esa llama volvía a encenderse, para apagarse después. Parecía que estábamos condenados a ser primero la granja británica, denominada “granero del mundo” y luego satélite del coloso del Norte. Pero el 16 de diciembre del año pasado, Cuba, la heroica defensora de la independencia y la dignidad frente al imperio, entra a formar parte del “Grupo Río”, el órgano de consulta de los países latinoamericanos sin la injerencia de los Estados Unidos. Es éste un hecho histórico en el proceso de reconstrucción de la Patria Grande que soñaron los padres fundadores.

Este hecho había sido precedido por una serie de acontecimientos y acciones que mostraban a las claras que América latina y el Caribe marchaban en dirección hacia la segunda independencia. En este sentido, el acontecimiento más significativo fue la creación de Unasur y su acción mancomunada cuando la derecha fascista boliviana puso en marcha el golpe de Estado contra Evo Morales.

En nuestra América se habían sucedido los golpes de Estado propiciados siempre por la potencia del Norte, sin que hubiera una acción mancomunada de los gobiernos latinoamericanos en defensa de la democracia en peligro. Es así como Pinochet da el golpe de Estado en 1973 y Videla en 1976, por citar los golpes de Estado que más nos han dolido a los argentinos.

La situación ahora es políticamente muy diferente. Entre los procesos políticos de los distintos países latinoamericanos y del Caribe hay diferencias notorias y contradicciones, muchas de ellas de difícil solución. Un mapa cercano a la realidad política nos dice que hay tres países cuyo proceso político se encuentra en lo que podríamos denominar la vanguardia del proceso de liberación e independencia, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Es en esos países donde el avance de los movimientos populares permite no sólo que se hable, sino que en la práctica se realicen acciones conducentes a un nuevo socialismo, denominado por el chavismo como “socialismo del siglo XXI”. Entre ellos hay naturalmente diferencias, pero sus avances los ponen claramente en la vanguardia de la Patria Grande liberada.

Este es el peligro sobre el que, alarmada, llama la atención la derecha neoliberal. Es Vargas Llosa quien afirma que allí, en Venezuela, se juega el futuro de Latinoamérica y son diputados del PRO, de la Coalición Cívica y del peronismo disidente quienes pretenden impedir que Venezuela ingrese al Mercosur.

En este proceso de integración latinoamericana, la Argentina que comenzó a recuperarse del colapso que significó la aplicación del neoliberalismo en su versión fundamentalista, que explotó en la pueblada del 1920 de diciembre de 2001, jugó un papel nada despreciable. Como símbolos mayores de esta contribución deben citarse la sepultura del ALCA en las aguas del Atlántico que besan las costas de Mar del Plata y el protagonismo en la decisión de Unasur de dar el apoyo de todos los presidentes sudamericanos a Evo Morales, en contra del golpe de la derecha. Es la primera vez en la historia de nuestro continente que se manifestaba tal unidad en contra de un golpe de Estado.

El avance del proceso liberador e integrador de los países latinoamericanos acaba de producir el hecho histórico de la derogación de la resolución que había excluido a Cuba de la OEA. Por primera vez, las conducciones políticas de los países latinoamericanos no se inclinan servilmente ante los mandatos del imperio. Por primera vez, el imperio debió retroceder. No es poco.

A contramano de esta marcha hacia la liberación latinoamericana, la propuesta de volver al FMI, la de impedir la entrada de Venezuela al Mercosur y las votaciones en contra de la nacionalización de Aerolíneas y en general de las nacionalizaciones, hablan a las claras de cuál es el proyecto que anida en las mentes de los integrantes de la dirección del PRO, el PJ disidente y la Coalición Cívica. Eso no es otra cosa que una vuelta al neoliberalismo de los ’90, cuyas consecuencias seguimos sufriendo.

Un triunfo en las próximas elecciones de lo que se llama la “oposición” sería el inicio de un enorme retroceso. Argentina podría comenzar a constituirse en el obstáculo principal para el proceso de construcción de la Patria Grande.

* Filósofo, profesor consulto de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-126415-2009-06-10.html