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EL CAMINO PARA ENFRENTAR LA CRISIS ALIMENTARIA


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En su libro Colonos y Cuestión Agraria en Australia, McMichael señaló: “La llave al desarrollo del capitalismo industrial en la Australia colonial se dio con la resolución política de la cuestión agraria a favor del capitalismo urbano. La ausencia de una resolución como ésta en muchos de los países del Tercer Mundo ha derivado en la ausencia de un mercado interno desarrollado e integrado.”

¿La situación que usted describe se ajusta al caso argentino?

–Es una buena pregunta. A ver, a diferencia de Australia, la Argentina fue colonizada originalmente durante el período de la España feudal, dando origen así a una oligarquía reaccionaria de tipo exportadora. Por el contrario, Australia fue colonizada durante el período del liberalismo británico, cuando la política económica que guiaba los parámetros de la ocupación de la tierra por parte de los colonos no favoreció a las oligarquías terratenientes de entonces. En Australia esto fue vital para que la cuestión agraria se resolviera en el siglo XIX, y lo hizo a través de la construcción de un Estado nacional liberal. Hecha esta observación, y llegado a este punto del siglo XXI, la resolución política de la cuestión agraria en países como la Argentina requiere de la eliminación o el debilitamiento del poder de las clases agroexportadoras, clases que por cierto combinan sectores terratenientes reaccionarios con corporaciones globales de los agronegocios.

En su libro explica el conflicto que se libró en Australia en el siglo XIX entre los productores de lana de la oligarquía pastoril orientados al mercado de exportación y al monocultivo, y las fuerzas sociales que buscaban la construcción de un Estado-nación capitalista autónomo y moderno. ¿Ese conflicto tiene semejanzas con el que se desató en 2008 en la Argentina?

–En efecto, me recuerda la lucha de aquella Australia. No obstante, hay una diferencia en los orígenes de las oligarquías y en los patrones de poblamiento y entrega de tierras entre los dos países que quisiera remarcar. En el caso australiano, se dio durante el ascenso de la hegemonía británica en su forma liberal, ascenso que imprimió rasgos característicos a la colonización. El tipo de ocupación de tierras permitió desde un comienzo la conversión de los colonos en mano de obra y no en propietarios.

–¿Este fue el motivo por el cual la oligarquía agraria de Australia fue menos reaccionaria y poderosa que su par de la Argentina?

–Sí. Esta sería con toda seguridad una explicación y tiene que ver con el análisis de Marx en lo referente a la “colonización sistemática” (como la ocurrida en Australia). La otra explicación se relaciona con la composición específica de la denominada “oligarquía pastoril” australiana, la cual incluía a los squatters, o colonos ilegales, quienes si bien ocupaban las posesiones de la Corona (más allá de las fronteras), en realidad no eran dueños de la tierra. En fin, ambas cuestiones hicieron que la oligarquía pastoril en Australia fuera absolutamente más endeble que las oligarquías beneficiadas con las leyes semifeudales de entrega de tierras en la Argentina durante la colonización española. En otras palabras, las fuerzas reaccionarias que participaron del conflicto vinculado a la cuestión agraria en la Australia colonial fueron más débiles que las oligarquías latinoamericanas y, específicamente, que las de las regiones húmedas de la América del Sur.

¿Qué hay de las materias primas que producían? Es decir, que los productos de exportación fueran lana, algodón o trigo, ¿acaso no determinó también el poder relativo de las oligarquías en Australia y la Argentina?

–En gran parte sí. Visto como commodity planetario, la lana no fue tan significativa como el algodón u otros cultivos para los antiguos regímenes en América en general y en América del Sur en particular.

¿Cómo se lucha por la soberanía alimentaria con la presencia de estas oligarquías vinculadas al agro?

–Derrotar el poder comercial y político de las clases agrarias oligárquicas implica movilizar a la sociedad civil para transformar la política estatal hacia el sector, de tal manera de sostener y ampliar los derechos de la tierra y los subsidios a los pequeños y medianos productores. Implica también desarrollar políticas alimentarias netamente populares –incluyendo la creación de reservas nacionales de alimentos– que favorezcan a los agricultores familiares y permita redirigir la producción alimentaria desde una visión focalizada a alimentar a consumidores distantes, por otra focalizada a proveer de nutrientes y alimentos a la población local


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/subnotas/4507-882-2010-08-01.html

  LA LOCURA, LA MISERIA Y LA ESPERANZA


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Proponerse la liberación del loco sería muy triste; sería volver meramente al rol de psiquiatra. Nosotros queremos ser psiquiatras pero, sobre todo, queremos ser personas comprometidas, militantes. O, quizás mejor, queremos transformar, cambiar el mundo a través de nuestro lugar específico; a través de la miseria de nuestros pacientes, que son parte de la miseria del mundo.

Cuando decimos no al manicomio, decimos no a la miseria del mundo y nos unimos a todas las personas que en el mundo luchan por una emancipación. En ese momento nosotros no somos más una sociedad de psiquiatría social, o de psicodrama o lo que fuera: somos personas unidas que luchan por una libertad real en el mundo.

Muy probablemente, si estuvieran presentes psiquiatras tradicionales, dirían que yo soy un paranoico, que tengo un delirio de omnipotencia, que quiero dar vuelta el mundo ¡y es verdad! Pero este delirio, que hoy nos incluye a todos nosotros, es un delirio colectivo, una locura generalizada. Sería hermoso que hubiera en el mundo muchas otras locuras como ésta; podríamos decir que el mundo estaría cambiando verdaderamente.

Pero éstas son afirmaciones de principios. El problema está en colocar ladrillo tras ladrillo y esto es lo difícil. Lo más importante es que no estamos hablamos de psiquiatría, sino de la miseria de la vida, porque éste es el verdadero contexto en el que se construye la psiquiatría. Pienso que la pregunta que nos debemos hacer es: si la miseria desapareciera, ¿la psiquiatría seguiría existiendo? En realidad, esto que dije es un poco abstracto, porque la miseria existe y existe la psiquiatría. Justamente por eso debemos, antes que nada, abolir la miseria, para ver qué pasa después.

Dar de alta a una persona que está en un manicomio es verdaderamente un drama. Esta persona ha pasado años y años internada y ahora deberá afrontar la realidad que la ha rechazado y empujado al manicomio. Si una persona entra en un manicomio es porque fue rechazada por la organización social, por la sociedad. Cuando es dada de alta, encuentra una sociedad que no ha cambiado en absoluto. Entonces, esta sociedad la mandará nuevamente al manicomio. Para nosotros, técnicos, es un problema dar de alta a un enfermo, porque se desencadenan reacciones, contradicciones en cadena. Mientras una persona vive en el hospital, se producen cambios muy grandes en la familia, que se reorganiza con independencia de la persona internada. La esposa o esposo encuentran otros compañeros, los hijos no recuerdan más a la madre o al padre. Después sucede que esta persona, ya totalmente extraña al grupo familiar, vuelve a la familia. ¿Qué podemos hacer? ¿Podríamos recrear nuevamente la familia tal como era? Nuestro problema es encontrar una solución de vida para el que es dado de alta, no ya en el grupo familiar, sino en el grupo social.

Para esto, hay que tratar de mostrarle al grupo social quién es la persona que está volviendo. Esta es la dificultad mayor, la que exige mayor habilidad por parte del operador social que, en la miseria extrainstitucional, debe encontrar un lugar para el indeseado. Yo pienso que esta presencia puede ser detonador para una toma de conciencia política por parte de la sociedad, porque, habiendo sido excluida la persona y volviendo a ser integrada, puede presentarse como un espejo de la política de la organización social en la que vivimos, de su significado, de sus valores. Gracias al que es dado de alta, la comunidad puede tomar conciencia de la propia opresión.

Hemos dicho que esa persona, además de estar enferma, tenía carencias sociales, afectivas, psicológicas y humanas: las mismas que cada uno de nosotros tiene. Si analizáramos las carencias que cada uno de nosotros tiene esta noche, veríamos que son carencias de una unidad que hemos perdido o que no hemos tenido nunca. Tenemos un tremendo miedo y nos sentimos reasegurados por el hecho de estar juntos. Imaginen una persona que vivió diez años en un manicomio: nos pide protección y nosotros debemos dársela. Finalmente éste es nuestro trabajo, nuestra habilidad. No es cuestión de hacer grandes elaboraciones psicológicas. Lo importante para esta persona es tener algo de comer, tener dinero, una cama para dormir. Esto lo aprendí de las personas con las que hablé.

Tenemos el optimismo de lograr una solución, de encontrar algo distinto, una esperanza. Pero una esperanza que no debe ser mesiánica, porque el mesías es siempre un falso profeta. La esperanza debe estar en nosotros, como expresión de nuestras contradicciones, porque el otro, el enfermo, es uno de nosotros.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/subnotas/133467-43070-2009-10-15.html