UN TRABAJO SOBRE RELATOS DE HIROSHIMA
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"¿Cuál es el momento de la angustia? ¿Es acaso lo posible de ese gesto con el que Edipo se arranca los ojos, los sacrifica, los ofrece en pago por
la ceguera con la que se cumplió su destino? ¿Es esto la angustia? ¿Es la posibilidad que tiene el hombre de mutilarse? No, es propiamente lo que
me esfuerzo en designarles mediante esta imagen, es la imposible visión que te amenaza, de tus propios ojos por el suelo."[1] Cuando tuvo lugar el
acontecimiento, el 6 de agosto de 1945, Michihiko Hachiya era médico y director del Hospital de Comunicaciones de Hiroshima. En su relato él es un
hombre de ciencia que avanza a oscuras, enfrentando en medio de la devastación un mal desconocido del que él mismo es una víctima. Dirige un
hospital en ruinas, privado de recursos materiales y simbólicos, resignado a consolar y a no poder curar, recibe diversos testimonios de los
sobrevivientes que van llegando. Los testigos que presenciaron desde afuera la explosión de Hiroshima se refieren a ella como el Pikadon (Pika:
"resplandor, destello o luz muy viva". Don: "ruido muy fuerte, estrépito"). La bomba era una novedad, pero evocaba en el imaginario de los
sobrevivientes esos dos avatares terribles del deseo del Otro, la mirada y la voz. Entre los testimonios seleccionamos este breve pasaje que
muestra, de un modo casi sobrenatural, una manifestación amenazante del objeto mirada. " Doctor - me preguntó, algo después, ese mismo visitante- ,
¿cree que el ojo humano puede ver fuera de su órbita? Pues bien, en la estación vi a un hombre a quien se le había salido un ojo y que lo tenía en
la palma de la mano. Lo que me heló la sangre, doctor, fue que ese ojo parecía estar mirándome, la pupila estaba clavada en mí. ¿Le parece que ese
ojo podía verme? Sin saber qué responder, dije: ¿No recuerda si alcanzó a ver su propia imagen reflejada en la pupila? No, no estaba tan cerca.
Afortunadamente, un viejo amigo de Tamashima, el doctor Yasuhara, interrumpió la conversación." [2] Afortunadamente. Es conmovedor cómo el viejo
médico intentó hacer de ese ojo terrible un espejo, algo en lo cual poder volver a encontrar la propia imagen. Más terrible que la bomba es la
voluntad de goce de la que ella es portadora, más allá de la estrategia militar y de la visión política del agresor. Hachiya sabe que esa crueldad
no es ajena a los vencidos, y acaso ésa la razón principal de que el sostén de su ética y su tradición sea el único recurso frente al mayor de los
horrores: reconocer en esa nueva realidad que enfrenta, en medio de toda esa extrañeza, algo demasiado familiar. El ojo siniestro es un
recordatorio de lo que la hybris del siglo XXI no debería olvidar. El mundo ya no es lo que era. Todo cambia, a excepción de lo que importa. La
insondable crueldad del prójimo sigue ahí. 1. Lacan, J.: El Seminario, Libro 10, La angustia, Ed.Paidós,
pág.176. 2. Hachiya, M.: Diario de Hiroshima de un médico japonés --6 de agosto/30 de setiembre de 1945--, Turner, Madrid, 2005, pág.114. * En
Virtualia nº 21. Publicación virtual del la EOL.
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-28065-2011-03-31.html
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